Dudas del corazón || El arte de sanar

6

Los últimos días habían sido complicados, unos más difíciles que otros; es como si estuviera atrapada en una montaña rusa de emociones. La felicidad, euforia y cariño eran constantes, como al subir antes de caer, pero de la nada me golpeaba una ola de melancolía, tristeza y ansiedad, como si quedara atrapada en la montaña justo cuando da un giro quedando de cabeza; es frustrante y aterrador.

Me costaba despertar y salir de la cama, pero me obligaba a hacerlo, mi vida debía seguir, no podía estancarme y sufrir. Ya no quería hacer eso más, desperdiciar mi juventud envolviéndome en la tristeza no valía la pena. Inicié terapia psicológica en el hospital, antes de entrar, cruzaba los dedos y rogaba no encontrarlo. Verlo con la pierna rota me haría llorar aún más. Papá había tenido que acompañarme hecha un mar de lágrimas mientras intentaba soltar todo el amor y cariño que sentía por Jordan. Claramente, la terapia no solo era sobre él, el dolor que causó mi madre y el aislamiento en el que estuve por años simplemente por no adaptarme al mundo había pasado factura a mi cuerpo y mente, por ende, el adaptarme a esta sociedad era algo que debía trabajar con frecuencia.

Observé al chico que caminaba en muletas acompañado de un enfermero que cuidaba de él. ¿Jordan estaría bien? De seguro duele mucho. Negué con la cabeza; preocuparme por él era absurdo y, como si papá leyera mi mente, habló.

—Él ya está en casa. —lo miré y fingí una sonrisa.

—No pensaba en él.

Sus ojos llenos de preocupación hicieron que mi corazón se encogiera.

—No es un mal chico, solo tomó una mala decisión.

—Papá —negué con la cabeza.

No quería hablar de él, suspiré y contuve las lágrimas; parecía una niña. El último año había llorado el doble de lo que había llorado en toda mi vida. Papá me abrazó, su cariño, su apoyo eran lo más importante para mí.

—Está bien, todo mejorará, papá siempre estará para ti.

Asentí, el número que indicaba nuestro turno para pagar los medicamentos recetados apareció en pantalla. Papá se acercó a la ventanilla para realizar el trámite.

Volví a mirar al chico que se acercaba, tomó asiento a unos metros, parecía molesto con la situación, el hombre a su lado lo alentó para continuar. De seguro era difícil, la frustración y el enojo debían ser algo complicado con lo que lidiar, pero Jordan no es un hombre impaciente, de seguro estaría bien.

—Vamos.

Tomé el brazo de papá y caminamos a la salida, papá acarició mi cabello y sonrió.

—Lo estás haciendo bien, ya verás cómo esto va a ser solo un recuerdo amargo.

—¿Por qué amargo? —él miró con confusión—. Estás aquí conmigo, no tiene por qué ser amargo, siempre has confiado en mí y apoyado, eso lo agradezco papá. Todos los momentos junto a ti son memorables.

Papá me miró con ternura y asintió con la cabeza. Apreciaba que me acompañara, había tenido dos sesiones en esta semana y, aunque mis emociones fueran un rompecabezas gigante, papá no me dejó sola. Esperaba una hora sentado en una silla incómoda y me consolaba cuando salía con los ojos rojos de tanto llorar. Definitivamente no hay amor más puro que el de los padres por sus hijos.

Abrí el cuaderno donde apunto, aunque mis compañeros fueran amantes de escribir en los computadores o cualquier herramienta tecnológica que facilite sus estudios, yo soy fiel al lápiz y papel. No quería perder el hábito de escribir, era más sencillo para mí entender los apuntes de esa manera.

—Hola —miré al chico sentado a la derecha.

—Hola —respondí con cortesía.

—¿Puedo molestar?

—Sí.

—Note que eres buena en la clase, tus exámenes tienen buenas calificaciones y, aunque me gusta esta carrera, no soy tan bueno como esperaba —suspiró—. ¿Podrías ayudarme?

Lo observé por unos segundos, sus rizos negros se movían levemente cuando giraba la cabeza, sus ojos brillaban y parecía un niño pequeño, recordándome a mis hermanos. Asentí con la cabeza cuando juntó las manos suplicando.

—Qué alivio —miró su computadora—. Si pierdo el próximo examen, de seguro repetiré la materia —reí—. Mucho gusto, soy Bruno.

—Rosie —acepté su mano con una sonrisa.

El profesor inició la clase antes de que él pudiera hablar; sonreí con amabilidad y centré mi atención en el docente. Al salir, Bruno se despidió agitando la mano.

Caminaba por el jardín de la universidad, observé cómo las hojas iniciaban a crecer en los árboles; el cielo azul estaba despejado, el sol brillaba y parecía que un nuevo comienzo llegaba no solo en la estación, sino en mi vida. Por alguna razón, no sentía mi corazón pesado como antes; solo quise soltarlo, no aferrarme al dolor y por primera vez lo enfrenté.

—Qué bonito —murmuré.

El sol que se colaba entre las pocas hojas y ramas iluminaba mi rostro, sonreí y bajé la cabeza, seguí el camino a la parada del bus. Fue entonces cuando lo vi: los rasguños y moretones que había en su cara hace poco más de una semana habían desaparecido; sin embargo, el yeso en su pierna aún era existente, caminaba con muletas y Haley a su lado mirándolo con angustia.

Pasé en seco y, aunque sentí una punzada en el pecho, decidí ser valiente; levanté la cabeza y con confianza pasé junto a ellos. De reojo vi a Haley hacer una mueca, mientras que Jordan sencillamente ignoró mi presencia. Solté un suspiro al haber caminado unos cuantos metros, giré y vi su espalda, me entristecía verlo así, pero yo ya no debía intervenir.

Volví a caminar alejándome, esperé alrededor de diez minutos antes de que el bus llegase, subí y conecté los audífonos al celular, la música fue un distractor durante los cuarenta minutos en los que estuve sentada observando la carretera. La cantidad de personas y medios de transporte distraían mi mente, ver sus situaciones cotidianas, las que ellos creen que nadie ve, era divertido: un chico chocando con una bicicleta al correr sin mirar, una moto frenando en seco por no controlar la velocidad mientras la chica se aferraba a la chaqueta del hombre con fuerza y él reía, una niña en el asiento trasero llorando a su madre mientras abrazaba su peluche haciendo un escándalo. Todas aquellas situaciones me recordaban que hay algo más en la vida que mi perspectiva del dolor y la miseria.




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