Subí a la habitación, abrí la puerta y, arrastrando los pies dejé caer mi cuerpo boca abajo sobre la cama, cerré los ojos y suspiré cansada.
¿Qué clase de vida es esta? ¿Por qué tantas cosas debían pasar al mismo tiempo? Si seguía así, ¿cómo llegaría a sentir paz? No hay manera; evitar los problemas no había funcionado hasta ahora.
—¡Rosie! —Dereck entró saltando sobre mí.
—¿Qué? —respondí arrastrando las palabras.
—¿Quieres jugar conmigo?
—Dile a Juan.
—No, él ya no quiere jugar conmigo.
—Ahora no Dereck.
Dejó de saltar en la cama; el silencio se tornó incómodo y abrí los ojos. Estaba sentado junto a mí con los ojos cristalizados a punto de llorar, me incorporé mirándolo con preocupación.
—¿Qué pasó?
—Es que... —sorbió su nariz y las lágrimas bajaron por sus pequeñas mejillas —Tú ya no me quieres, siempre estás aquí encerrada, no juegas con nosotros, ni siquiera nos hablas. —levantó la mirada, la tristeza era evidente —¿Qué te hice? ¿Por qué ya no nos quieres?
—No digas eso, por supuesto que los quiero.
—No parece —bufó.
El niño por el cual había arriesgado mi libertad hace más de un año me observaba con una profunda tristeza. De repente, sus ojos me trajeron a la realidad, no solo era yo contra el mundo, ellos también tenían sus días buenos y malos y yo debía estar con ellos, son mis hermanos y quiero protegerlos.
Salté sobre él haciendo cosquillas en su estómago, se retorció y las lágrimas fueron reemplazadas por risas. Aquellas carcajadas me hicieron olvidar la pesadez que había en mi cuerpo y corazón.
—Nunca vuelvas a decir eso.
Dereck escapó de la habitación riendo mientras llamaba a Juan.
Era un golpe con la realidad notar que un niño tenía razón, su visión del mundo era diferente a la mía y de alguna forma cambiaba mi perspectiva. Los amaba, pero me ensimismé tanto en mi dolor que olvidé que necesitaban y extrañaban a su hermana mayor.
Jugué un rato con ellos antes de cenar y subir a la habitación para terminar un ensayo, daba golpes con el bolígrafo en mi cabeza intentando expresar lo que pensaba. La lectura era maravillosa, pero no sabía cómo escribir mis pensamientos en el papel. Terminé rindiéndome antes de apagar la luz y dormir, los últimos días habían sido agotadores, aunque los medicamentos me habían ayudado a conciliar el sueño.
Gire la cabeza estirando un poco el cuello, estaba tensa, hoy entregarían el proyecto final, y el trabajo en la oficina parecía no terminar. Había ordenado la sala de reuniones, fotocopiado cantidades de documentos y hecho recados a todos. Los encargados llegarían en unos minutos y la maqueta había quedado de maravilla, el edificio ovalado era hermoso. No quería esperar para verlo a una escala real.
Serví el agua en la taza, dejé caer la bolsa de hierbas y con una cuchara revolví, teniendo como resultado final un té. Tomé la taza que calentó un poco mis manos y soplé. La puerta se cerró de golpe sobresaltándome, giré encontrando a David con una apática expresión y la mirada perdida.
Dejé la taza en la encimera y lo miré con atención.
—¿Qué sucedió? —pregunté cruzando los brazos.
—Ya suéltalo, dime qué pasó.
—¿De qué habla señor García?
Él suspiró antes de desviar la mirada. Los últimos días había evadido sus intentos de conversación, no subía a la terraza para evitar algún encuentro casual, me limité a obedecer sus órdenes laborales, que fueron bastantes en el último par de días, como si me castigara por ignorarlo.
—¿Por qué me llamas así?
—Es su nombre, estamos trabajando. ¿Qué pensarían las personas si me escucharan hablando informalmente con usted?
—Rosie, nunca has mantenido la etiqueta conmigo.
—Claro que sí —protesté sin estar segura de haberlo hecho.
—Solo dime, ¿qué pasó?
—¿De qué habla?
—No lo sé.
—Si no lo sabe, ¿por qué me pregunta?
Me esforcé por mantener el rostro sereno y serio, aunque en el interior la frustración de David me hacía sentir un poco culpable.
—Rosie... —se acercó un poco, pero manteniendo una distancia prudente —Desde el lunes has actuado diferente, me has ignorado por completo, te limitas a mantener el contacto únicamente por cuestiones laborales. ¿Te incomodó lo que sucedió en la terraza? —mantuve el silencio y él suspiró—. Lo siento, lamento haber actuado de esa forma; es que tú... —tomó aire desviando la mirada— me gustas mucho y no sabes lo difícil que es verte y no poder acercarme.
Mi corazón se heló; no esperaba aquellas palabras. David, el hombre imponente que conocía, hablaba casi en un susurro inseguro, enseñándome una versión que nadie en la oficina conocía. No puedo negar que me emociono, sus palabras, su mirada y la forma en la que volvía a confesar sus sentimientos me hacían sentir querida y eso me gustaba, pero no estaba segura de poder corresponder sus sentimientos.
—Si es por cómo te hablé cuando esas personas llegaron, fue solo para no generar rumores. —en ese momento sentí culpa.
—Oye... —levanto la mirada —No es eso, está bien, si no lo hacía, probablemente seríamos un rumor de pasillo.
—¿Entonces qué es? —tomé aire antes de hablar.
—Sé que está comprometido. —la sorpresa en su rostro era algo nuevo para mí.
Bien, así de difícil es esta situación; yo me encuentro en un proceso de sanación, solo me interesa convertirme en mi prioridad y ser feliz sin la necesidad de buscar aprobación de otra figura masculina. David me atrae, algo en él me mantiene cerca y tienta; sin embargo, no estoy segura de corresponder sus sentimientos, no aún… Además, está comprometido. Creí que no estaría bien solo seguir su juego cuando hay otra persona en su vida.
—No lo estoy.
—¿Sabes? Es incómodo, porque dijiste que yo te gustaba, pero estás comprometido con otra mujer. ¿Eso no es extraño?
—Nunca salí con ella, es difícil de explicar.
—No tienes que hacerlo —fruncí los labios—. Siendo honesta, creo que solo me dejé llevar, no quiero intervenir en tu vida si no estoy lista, no puedo decir que correspondo tus sentimientos y seguir en esto es incómodo. Solo eres mi jefe y yo no quiero causar problemas.