Dudas del corazón || El arte de sanar

9

Narra Jordan.

Estaba acostado en el sofá, con una almohada bajo la pierna mientras veía televisión, una vieja película que solían pasar en las noches; di un trago al vaso de jugo y dejé caer nuevamente mi cabeza sobre la almohada.

El celular vibró sobre la mesa, lo tomé y contesté la llamada de Peter; escuché gritos y un caos detrás de su voz angustiada.

—Hermano, tienes que venir ahora.

—No quiero.

—De verdad, ven ahora.

—¿Por qué? Estoy bien en casa, deja de molestar y busca alguien más a quien fastidiar.

—Jordan deja de ser tan imbécil.

—Adiós, Peter.

—Jordan, es Rosie.

Me incorporé de un salto. ¿Qué hacía Rosie con Peter? Eso significaba que estaba en aquella fiesta a la que me negué a asistir.

—Bueno, o vienes o la llevo, pero ahora.

Olvidé las muletas y cojeé hasta el garaje, guardé el celular en el bolsillo de mis shorts, encendí el auto y manejé con prisa hasta la casa de Clark, donde Peter me aseguró que sería la fiesta.

Al llegar, fue inevitable no llamar la atención; después de todo, cojeo con una pierna enyesada por el jardín principal, angustiado y desalineado.

Cerca de la puerta, junto a unos arbustos, estaban ellos: Peter discutiendo con un hombre de tez morena, ambos igual de molestos; es el hombre con el cual Rosie había pasado los últimos días. ¿Eran tan cercanos? Rosie no tenía amigos y él era el único en su círculo, eso me inquietaba.

—No irá contigo.

—Hermano tendrá que hacerlo, mira cómo está. —Peter pasó las manos por su cabello.

— ¿Cómo estaré seguro de que no le hagan daño?

—Soy su amigo.

—Aun así, no está bien, yo la llevaré a su casa.

—No, nunca la vi junto a ti y, por lo que sé, ella no tiene amigos.

Un chico bajo de cabello castaño sostenía a Rosie, tenía su cabello mientras ella vomitaba en los arbustos. Me acerqué a ella asegurándome de su estado, al ver su rostro pálido y cómo intentaba mantenerse de pie, noté lo ebria que estaba. Nunca la había visto así, nunca había consumido tanto licor para llegar a este punto. Fuera de sí misma.

—No la molestes —el chico me detuvo al verme cerca de ella—, deja que te supere.

Lo miré confundido. ¿Cómo sabía sobre mi relación con Rosie?

—Ella está bien sin ti—solté un jadeo mirándolo con molestia.

¿El que sabía? No sabía nada de nosotros.

—Bueno, no estaría así de ebria si la hubieran cuidado —protesté.

El chico me observó con desconfianza, hasta que Rosie tiró de mi blusa y capturó el interés de todos.

—Oh, por Dios, ya estoy alucinando.

Cayó de espaldas sobre el chico castaño, quien parecía entrar en pánico sin saber cómo reaccionar, ambos cayeron al suelo, él apaciguando el golpe de Rosie. Miré a Peter, quien la levantó en los brazos asegurándose de que su vestido no se levantara más de lo debido, mientras el chico protestaba que la bajara.

—Detente —dije amenazante.

—Bruno... —dijo ella— Estoy bien, es mi amigo Peter, ¿no es lindo? Es un tonto, pero es agradable.

Contuve la risa; definitivamente Rosie estaba fuera de sí misma, arrastraba las palabras y sus manos caían casi como si la hubieran anestesiado.

—¿Estarás bien?

—Por supuesto, él me llevará a casa.

—Bien —dijo mirándome—. Serás su ex, pero donde le hagas algo...

—Nunca le pasaría algo junto a mí.

Él negó con la cabeza y retrocedió; resignado, giró sobre sus pies. Miré a Peter, él se encogió de hombros mientras Rosie pasaba las manos por su cabello, pareciendo sorprendida.

—Peter no sabía que eras tan guapo, ¡pareces una obra de arte! —el silencio que siguió fue triste—. Me recuerdas a él —dejó caer su cabeza hacia atrás y gruñó—. Dile a tu amigo que es un imbécil.

—¿Por qué? —miré a Peter, que disfrutaba la situación.

—Por hacerme esto, ¿crees que lo merecía?

—No Rosie, pero ¿tú crees que él te ama?

—No Peter, si yo te amara, jamás te haría tanto daño; él solo fue un cobarde.

—Tienes toda la razón. —Peter guiñó un ojo y negué con la cabeza. —¿Acaso tú aún lo amas?

Rosie lo miró en silencio, esa fue su respuesta. No había palabras que reemplazaran aquel silencio que hizo doler mi estómago. Era evidente para mí que sus sentimientos sí habían cambiado, la Rosie que había tenido ocho meses atrás nunca hubiera dudado en decir sí.

Por un momento sentí que mi vida se detuvo, su mirada perdida y su cuerpo colgando en los brazos de Peter me hicieron entender el daño causado. Ella había cambiado para mejor o peor, pero el hecho es que había cambiado y yo no tengo lugar alguno en su vida… ya no más.

Estoy orgulloso de ella, de seguir adelante y no estancarse, de poco a poco soltarlo y seguir su vida, que ella fuera feliz era lo que más me importaba.

Abrir la puerta del auto, Peter me miraba conteniendo la risa mientras yo lo fulminé con la mirada. Dejo a Rosie en el asiento del copiloto.

—Peter, si no le dices lo imbécil que es, juro que te golpearé.

—Siempre dices eso y nunca me has golpeado.

—Porque no lo mereces... aún —agregó haciendo que riéramos.

—Él ya lo sabe, solo Jordan perdería a una mujer como tú.

Golpeó su cabeza con la mano, Peter contuvo la risa y negué con la cabeza. Me acerqué a ella y abroché el cinturón, cerré la puerta y miré a Peter.

—¡Peter! ¡Estoy alucinando! —exclamó Rosie confundida al verme, restregó sus ojos y negó con la cabeza.

—Hermano, suerte —dijo casi con lástima para luego reír.

—Qué gracioso.

—¡Por supuesto!

—Imbécil.

—No, Jordan recuerda que tú eres el imbécil. —dicho eso, se alejó unos metros mientras se burlaba de mí.

Si no tuviera el yeso en la pierna, lo hubiera seguido y golpeado hasta que se arrepintiera de sus burlas.

Subí al auto y conduje con cuidado hasta casa. Rosie balbuceaba cosas sin sentido, como no querer visitar la terraza, ni entrar a la cocina sola, hablaba sobre mí y, aunque me insultaba, también noté cómo luchaba con su corazón y razón.




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