Dudas del corazón || El arte de sanar

10

Narra Rosie.

Caminé arrastrando los pies hasta llegar a la puerta, golpeé la madera con los nudillos torpemente hasta que mi abuela abrió. Negó con la cabeza al verme y ocultó una sonrisa.

—No es divertido.

—Buenos días, Rosie, ¿noche agitada?

Negué con la cabeza mientras ella me empujó dentro de la casa. De seguro no había llegado a medianoche antes de hacer una escena completamente ebria. El desayuno que había hecho Jordan alivió un poco el malestar, pero aun así mi cabeza duele y siento el estómago revuelto.

—Abuelita —dije con un puchero y ella rió.

—Rosie, son las diez de la mañana, ¿acaso no tenías que trabajar?

—No puede ser.

Me quejé arrastrando las palabras y los pies al subir los peldaños de la escalera. No quería saber nada, solo quería que la migraña desapareciera y envolverme en las cobijas por el resto del día.

Abrí la puerta de la habitación y dejé caer mi cuerpo en la cama. Debía esforzarme por ir; Harper tenía que salir de la oficina por un levantamiento de terreno y David recibiría a dos clientes, sin hablar de la lista de tareas que seguro Harper tendría para mí.

—Toma un baño y ve a trabajar.

Me incorporé; ella me miró con una sonrisa en el rostro y un vaso de agua en la mano. Mi abuela es tan bella y atenta; siempre estaba para mí, ella nunca soltó mi mano a pesar de las dificultades, me animó y levantó; ella es la mujer más fuerte y admirable que conozco.

—No quiero.

—Rosie hazlo —ordenó.

Si había algo que ella se esmeró en enseñarnos, es el sentido de la responsabilidad: si me comprometo a hacer algo, debo hacerlo, debo cumplir con mi palabra. Asentí con la cabeza, bebí el vaso de agua y me levanté.

Entré al baño, me desvestí con torpeza y, una vez sentí el agua tibia bajar por mi cuerpo, la pesadez fue desapareciendo, como si curara el malestar que sentía en ese momento. Elegí las prendas más cómodas pero formales que había en el armario y bajé las escaleras.

—Mi niña, te ves terrible —el abuelo dijo riendo.

—No te burles —me quejé haciendo un puchero y él rio.

Tomo los lentes oscuros que estaban en la mesa junto a la puerta y los acomodo en el puente de mi nariz; él sonrió mientras que mi abuela lo miró con cariño.

—Te harán falta.

—Gracias.

Sonreí y los abracé antes de salir de casa; fue cuestión de segundos que el sol irritara mi existencia y unos cuantos minutos en estar frente al edificio de vidrio, al cual me negaba a entrar.

Di un trago al café que compré al bajar del bus; esperaba que la cafeína disminuyera el malestar. Mis pies casi se arrastraron hasta entrar al edificio.

Tú puedes, Rosie, solo finge que nada pasó.

Pase la tarjeta seguido del torniquete, oprimí el botón del ascensor y tomé aire. La cabeza ya no dolía tanto, pero la luz fastidiaba y eso era muy irritante, tanto que por momentos sentía una punzada de dolor recorrer mis ojos. Las puertas del ascensor se abrieron y subí; sin mirar, oprimí el botón y di otro sorbo al café. Masajeé las sienes y bufé; sentía mi estómago revuelto y tenía sueño. Miré el celular que llevaba en la mano; faltaban veinte minutos para las doce.

Oprimí el botón de la terraza y, aunque las puertas se abrieron en el decimoctavo piso, no bajé y esperé. Al abrir nuevamente las puertas, di un paso saliendo del ascensor, al instante, el viento movió mi cabello y sonreí, era justo lo que necesitaba para este terrible malestar.

—Hola Rosie.

Me sobresalté dejando caer el café y el celular al suelo, giré y miré a David, quien mantenía el ceño fruncido. Bufé y levanté el celular que, por suerte, no sufrió daños; en cambio, el café, bueno… no había forma de que volviera al vaso.

—¿Desde cuándo estás ahí?

—Desde que subiste.

—¿¡Y por qué no dijiste nada!?

—Bueno, vamos al mismo lugar.

Rodé los ojos, negué con la cabeza y bufé.

—¿Qué pasó? —señaló las gafas.

—Nada.

—Rosie... —dijo esperando una respuesta que no iba a darle.

—Fue un placer saludarlo, señor García.

Caminé hacia las escaleras intentando huir, pero él me detuvo, pegó su cuerpo al mío, con una mano rodeó mi cintura y con la otra retiró las gafas. Sentí por un momento que el mundo se detuvo y sus ojos curiosos eran lo único que importaba, su mano, que hacía presión levemente juntando nuestros cuerpos, me estremeció e hizo que mi corazón latiera con rapidez, solo hasta que la luz hizo su labor y cerré los ojos irritada. Aquel rayo de luz incomodó mi vista y un corrientazo recorrió mi cabeza, gruñí molesta y me alejé empujando su pecho.

—¿Es resaca?

Le arrebaté las gafas, las usé nuevamente y lo miré con molestia. Recordé que debía salir de aquel lugar y evitar cualquier pregunta, era absurdo que algo como esto sucediera después de lo que dije ayer.

—Señor García—dije como despedida, di un paso y el volvió a atravesarse en el camino.

Pero qué insistente es.

—¿Vienes a trabajar con resaca?

—Disculpe, señor García, pero la verdad no sabía que era así de terrible.

Entonces rio, su rostro de jefe desapareció y vi a David, aquel hombre que solía sonreír conmigo, eso me hacía sentir especial.

—¿Qué tanto bebiste? —preguntó esforzándose por no reír.

—Bueno, no mucho. —Intenté recordar, pero era confuso.

—¿Por qué viniste? ¿Acaso habías tenido resaca antes?

—Nunca. Pero no es gracioso —protesté al ver a David reír.

Ayer estaba molesto y hoy parecía tranquilo. Se burlaba de mi malestar; aunque quería protestar, me detuve, debía mantener la distancia que ayer había marcado.

—Pero que tierna—murmuro.

Lo miré confundida: ¿tierna? ¿Desde cuándo sufrir es algo tierno?

—No es gracioso —dije molesta a la vez que me cruzaba de brazos.

—Bueno... para ti —sacó las manos de sus bolsillos—, es evidente que para mí lo es.

—Ay, pero qué tarado...

Me miró con sorpresa y golpeé mi boca por no saber hablar frente a él, fruncí los labios y di media vuelta buscando una salida, pero las escaleras estaban en la otra dirección.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.