Dudas del corazón || El arte de sanar

11

Bajé los peldaños del bus, pausé la música y guardé los audífonos en el bolsillo de la maleta.

—Hola Rosie —miré a Bruno, quien me observaba con atención sin expresión alguna.

El fin de semana había llegado a casa para dejar mis pertenencias, no conversamos, solo me miró con desaprobación antes de subir en la camioneta con su amigo. Bruno entrelazó su brazo con el mío y rio.

—¿Cómo está la peor bebedora del mundo?

—¿Tan malo fue?

—Bueno... no fue malo —se detuvo—, fue horrible, Rosie. Nunca, ¡jamás! volveré a cuidar de ti.

Cubrí mi rostro avergonzada, aunque lo intentara, no podía recordar absolutamente nada.

—¿Qué fue lo que pasó?

—Rosie llegamos a las nueve y de la nada te esfumaste —hizo un ademán con sus manos como si se tratara de magia—. Desapareciste, no contestabas y cuando por fin lo hiciste estabas tan ebria que me confundiste con Bruno Mars.

Fruncí los labios para contener la risa mientras Bruno continuaba.

—Sé que somos casi gemelos. En fin, te perdiste, te encontré e iba a llevarte a casa cuando ¡boom! Peter, el gran amigo de Jordan, no me permitió salir contigo —puso una mano sobre su frente—. No tardó ni quince minutos en aparecer y llevarte.

Miré a Bruno avergonzada y él rio para luego revolver un poco mi cabello.

—No puedo negar que me moleste, pero en fin... quiero saber, ¿qué pasó? ¿Lo hicieron? ¿Se reconciliaron? ¿Noche de pasión?

—No digas eso —bufe y rio—. No pasó nada.

—¿Nada?

—Sí, nada.

—¿No es tu ex?

—Eso no significa que tendríamos sexo.

—Ay, Rosie que aburrida.

Lo miré con sorpresa; él volvió a caminar y lo alcancé siguiendo el ritmo de sus pasos.

—¿De verdad no pasó nada?

—Ya te dije que no —me observó con desconfianza y negó con la cabeza—. Espero que no ocultes nada.

—Bruno, hablo en serio, no pasó nada entre nosotros, solo amanecí en su sofá y me fui en la mañana.

—¿Así de simple fue?

—Bueno... ¿Cómo debería ser?

—No lo sé Rosie, algo de drama como... —pausó unos segundos para después imitar mi voz— Perdón, Jordan, volvamos, soy muy feliz a tu lado. O ese tipo de cosas.

—Primero, no quiero volver con él; segundo, no tengo razones para quedarme a su lado; y tercero, mi voz no es así.

Él detuvo sus pasos por unos segundos para sonreír y continuar.

—Bien hecho Rosie, así se hace.

Reímos y conversamos sobre el novio de Bruno, el cual había ocultado bastante bien. Se habían conocido un par de semanas atrás y su conexión fue irrefutable, o eso dijo Bruno.

Caminamos por el pasillo con destino a clase, Bruno se acercó, dejando un beso en mi mejilla, y entró al salón. Yo seguí caminando cuando escuché un grito aterrador.

Me sobresalté y corrí a las escaleras de donde provino el grito; miré aterrada a Jordan, estaba en el suelo con la pierna en un escalón y con sangre que brotaba de su frente.

—¿Qué pasó?

Apareció alguien atrás de mí.

—No lo sé —dije nerviosa, arrodillada frente a él.

—Iré por la enfermera —asentí mirando al chico.

—Jordan, oye, Jordan, ¿me escuchas?

Él abrió los ojos con lentitud y volvió a cerrarlos, mis manos temblaron. ¿Y si causo daño al moverlo? ¿Y si se lastimó algo? ¿Qué hago? Quería llorar, no sabía cómo reaccionar y Jordan no respondía.

—Jordan —golpeé su mejilla con delicadeza, pero él no despertó.

La enfermera llegó junto a dos chicos más, en la camilla de plástico llevaron a Jordan a enfermería. Tomé sus muletas, maleta y celular que habían caído junto a él y corrí tras ellos hasta la enfermería.

Dejaron su cuerpo en la camilla y la enfermera llamó a urgencias, no había forma de saber su estado. Ella pasó un algodón con alcohol por su nariz y despertó, gruñó e intentó sentarse, pero la enfermera lo detuvo.

Converso con él, haciendo preguntas básicas mientras Jordan solo gemía de dolor. Apreté su maleta en mis manos nerviosa y fue cuando él me vio, sus ojos se posaron en los míos con sorpresa y miró a la enfermera.

—¿Qué hace ella aquí?

—Fue quien te encontró.

—No quiero que esté aquí —sus palabras, un clásico golpe en el pecho.

—Alguien debe acompañarte a urgencias.

—¿Urgencias?

Jordan se incorporó mirando desconcertado a la mujer que inició a limpiar la sangre en su frente.

—Sí, debes ir, deben revisar tu pierna y cabeza.

—Estoy bien —dijo alejando la mano de la mujer.

—No lo estás.

—No iré... —suspiró aun sin mirarme—. No lo haré con ella.

La mujer pareció molestarse, puso las manos en su cadera y miró cansada a Jordan.

—Bien, ¿llamo a sus padres?

—Soy adulto.

—Se equivoca, es mayor de edad; eso no lo hace alguien maduro. Su caída fue fuerte, se desmayó; necesita un acompañante; de lo contrario, llamaré a sus padres o ella puede acompañarlo. —La mujer giró su cabeza observándome. —¿No es así?

Pasé en seco, sin reaccionar, sin saber qué hacer. El suspiro de Jordan llamó nuestra atención.

—No.

—Como guste.

La mujer caminó hasta el escritorio y navegó en el computador.

—Yo iré —dije casi en un susurro.

Miré a Jordan, quien frunció los labios, sabía que no quería preocupar a sus padres. El necio se levantó de la camilla, tomó las muletas junto a la pared y salió enojado, ignorando los llamados de la enfermera.

—Qué chico tan necio —dijo con desaprobación mirándome—. Acompáñalo, la ambulancia está por llegar, solo asegúrate de que suba a ella.

Asentí, justo en ese momento entró una chica llorando mientras sostenía su estómago. Pidió ayuda a la enfermera, quien reaccionó con rapidez; miré impactada la escena.

—Ahora.

Reaccioné y salí de la enfermería, caminé en busca de Jordan, no se había alejado mucho, solo unos cuantos metros avanzando por el camino rodeado de árboles, parecía estar mal.

—Oye.

Me ignoró, caminé con rapidez hasta llegar a él, seguía ignorando mi presencia, así que me atravesé en su camino. Jordan se detuvo. Note las gotas de sudor que bajan por su frente mezclándose con la sangre, sus ojos grises achinados mientras su pecho subía y bajaba con rapidez.




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