Bajé del bus y caminé con prisa hasta la entrada, tomé aire llenándome de valor antes de entrar en el edificio; básicamente corrí hasta llegar a la oficina. Agitada y con temor, miré a Harper, quien por primera vez negó con la cabeza al verme y no sonrió.
—Estás en problemas —fruncí los labios y bajé la cabeza—. Ven.
Obedecí, dejé la maleta en el piso y miré a Harper.
—Rosie, son las tres de la tarde, dijiste que llegabas a las once. —su tono autoritario y formal me intimidó. —No puedes hacer estas cosas, sigue siendo un trabajo, somos amigas, pero no significa que puedas hacer lo que te plazca—suspiro—. La reunión de hoy era para hacer un acuerdo; es un museo de arte, ¿sabes lo importante que es?
El teléfono sonó y Harper respondió.
—Lo enviaré ahora. Señor García, Rosie acaba de llegar... sí, así es. Bien.
Miré avergonzada a Harper.
—Lo siento, de verdad fue algo inesperado.
—¿No me dirás qué sucedió? —tomé aire—. ¿Cómo puedo ayudar si no quieres hablar al respecto? —espero una respuesta que no le di—. Como quieras, el señor García quiere que vayas ahora.
Asentí y me levanté, caminé a la oficina; todos me observaban con lástima o quizá desaprobación. No lograba mantener la mirada en alto, solo seguí caminando, mirando mis botines. Acomodé un poco el vestido gris y, llenándome de valor, golpeé la puerta con los nudillos.
David solo levantó la mirada y con un gesto indicó que siguiera. Fruncí los labios. ¿Cómo iba a decirle? ¿Cómo justificaría mi ausencia por Jordan? Arruiné una negociación, en la que David trabajó el fin de semana completo, y la arruiné.
—Buena tarde Rosie —asentí con la cabeza, aún incapaz de mirarlo—. Toma asiento.
Obedecí, nerviosa, y apreté el vestido en mis manos. ¿Qué voy a hacer? De seguro está molesto, igual que Harper. ¿Cómo lo solucionaré?
—¿Estás bien? —asentí con la cabeza—. Rosie, levanta la cabeza y mírame.
No era capaz, sabía que estaba molesto, su tono de voz lo delataba, el temor aceleró mi corazón, sentí un nudo en la garganta y quise llorar.
—Rosie.
Tomé aire y levanté la cabeza dispuesta a enfrentarlo. David me observaba con tranquilidad, no había una mirada severa como la de Harper. Se inclinó hacia delante, observándome con atención.
—¿Qué sucedió?
—Bueno... es que yo... estaba en clases y —mi voz se quebró por el miedo y él no se inmutó— hubo un accidente y fui a urgencias, lo acompañé en el hospital y no noté la hora —pasé en seco—. No podía dejarlo ahí, tiene una pierna rota y creí que tenía una contusión, yo... solo no podía ser cruel y dejarlo a su suerte.
—¿Hablas de Jordan? —asentí con la cabeza aun sin mirarlo.
David lo sabía, sin siquiera mirarlo, lo había notado.
—Lo siento mucho, sé que la reunión era importante, Harper lo había dicho, pero... esto pasó y no pude contenerme. Sé que causé problemas y lo siento, sé que debí ser responsable y no fallar, pero es que... yo no pude.
—Rosie, este es un llamado de atención, no puedes hacer este tipo de cosas solo porque gustes. Entiendo que fue un accidente; sin embargo, debes avisar, no puedes desaparecer y tirar todo, debes ser responsable. Con un mensaje o una llamada explicando la situación hubiera sido suficiente.
—Lo siento —mis ojos se cristalizaron.
No sabía si era porque me sentía culpable o David estaba tratándome como debía ser, sabía que arruinaba su trabajo y eso hacía peor la situación. Me esforcé por contener las lágrimas, pero sentí mi garganta cerrarse.
—En situaciones como esta, donde es imposible evitarlo, lo correcto no es desaparecer, ahora que lo sabes, no tiene por qué repetirse.
—¿Qué? —levanté la mirada—. ¿No va... a despedirme?
—No llores, van a creer lo peor. —limpié las lágrimas que no había notado y sorbí mi nariz— Somos humanos, no robots como suelen creer que soy, todos tenemos inconvenientes, pero también hay un sentido de responsabilidad. Cuando fallas en una labor, afectas a todos, ¿lo entiendes? Que no se repita.
—¿De verdad no va a despedirme? —David suspiró y cerró la carpeta.
—Ya dije que no, eso sería un despido injustificado, es una advertencia.
—¿Y qué pasó con la reunión?
—Hablaremos de eso después, ahora deja de llorar y sal —habló con autoridad.
Asentí con la cabeza aun sin entender lo que sucedió. Me aseguré de no estar llorando y salí de la oficina, todas las miradas estaban sobre mí, intimidándome aún más. Amelia, una de las arquitectas, se acercó con una mirada de compasión.
—Ay, Rosie ¿estás bien? ¿Qué pasó? —me abrazó—. No importa, lo importante es que estás bien. Si el señor García fue duro, no le des importancia.
—No me despidió.
—No puede hacerlo.
—¿Por qué? —ella me miró confundida.
—Bueno... ¿Qué fue lo que dijo?
—Solo me pidió que fuera responsable y avisara cuando algo así sucediera.
Ella rio bajo y miró con ternura, yo seguía sin entender y sintiendo el peso de la culpa en el pecho.
—Rosie ¿por eso lloras?
—No estoy llorando. —ella me acercó un pañuelo. —Bueno, es que me siento culpable.
—Tranquila, él no fue severo contigo, está bien, además lo solucionaron—asentí con la cabeza—. Ven, toma una taza de té conmigo.
Me llevaba a la cocina cuando David salió de su oficina.
—Saldré a una reunión, quiero los informes antes del anochecer, denle prioridad al proyecto del museo y después al resto.
Su forma de hablar y su postura imponente me asustaron; giró sobre sus pies mirándonos con frialdad.
—A trabajar.
Ambas asentimos. Amelia me miró con compasión y volvió a su escritorio, David caminó alejándose y yo tomé asiento junto a Harper.
—¿Qué pasó? ¿Por qué lloras?
—Perdón —confesé—, es mi culpa, lo siento.
—Rosie no tienes que llorar, no es para tanto —sorbí la nariz—. Mejor sube a la terraza, mira la ciudad y vuelves cuando te sientas mejor, está bien.