Dudas del corazón || El arte de sanar

13

David detuvo el auto frente a casa, lo miré con una sonrisa en el rostro y él sonrió de esa forma que me encanta, como si aquel gesto fuera el indicio de algo bueno.

—Yo... —dudé antes de continuar—, quizá debamos ir un poco lento. —desvié la mirada y cerré los ojos llenándome de valor —Siento muchas cosas y eso puede confundirme; de verdad creo que me gustas, pero ha sucedido tanto en tan poco tiempo y temo ser infantil o ridícula. Sé que los sentimientos son importantes; no pretendo jugar o herir los tuyos, pero para evitarlo debo tener claros los míos.

—Lo entiendo.

—Lo siento —admití con culpa.

—No tienes que disculparte —tomó aire—. Además, no eres infantil ni ridícula, la verdad; aunque solo tienes dieciocho, eres una chica bastante inteligente —señaló su cabeza y luego el corazón—; en ambos sentidos lo eres. Yo puedo hacer lo que pidas y, si quieres que lo nuestro avance poco a poco, estoy de acuerdo.

Lo nuestro, oculté una sonrisa mordiendo mi labio. ¿Por qué me emocionaba tanto? Lo nuestro, como si fuéramos oficialmente una pareja, eso suena tan encantador y, siendo honesta, me gusta mucho.

—Bien.

—Buena noche Rosie.

—Lo mismo.

Salí del auto y agité la mano como despedida, entré a casa y mamá me miró con asombro junto a la puerta con una taza de té en las manos. Fruncí los labios y ella me siguió con la mirada.

—¿Quién es? —preguntó en voz baja.

—No es nadie.

—No digas eso, te trajo a casa.

—Mamá.

—Está bien —asintió con la cabeza—. Solo quiero ser cercana, sé que es difícil por lo que pasas y lo respeto.

Ladeé la cabeza sintiéndome culpable y caminé a la sala, dejé caer el bolso y mi cuerpo en el sofá. Ella me siguió y tomó asiento junto a mí.

—¿Te gusta?

—¡Mamá!

—Bien —gruñí.

—No lo sé... —ella abrió la boca sorprendida —No quiero presiones, no va a suceder lo mismo que pasó con Jordan.

—Lamento eso.

—No importa, no pienso en una boda ni nada de eso.

—Es bueno, eres joven.

—Ni una palabra, por favor.

—Bien —levantó una de las manos—, descansa cariño.

—Descansa.

Me levante y subí las escaleras, deje la maleta en la habitación y cambie mi ropa por algo más cómodo, en silencio abrí la puerta y vi a mis hermanos murmurando entre ellos eligiendo un cuento.

—¡Boo!

Ambos gritaron aterrados mientras yo reía a carcajadas, reclamaron molestos y persiguieron por la habitación tirando almohadas y juguetes.

—Pero que cobardes.

—¡Rosie! —se quejaron al tiempo y reí.

—¿Tregua? —extendí las manos.

Ellos se miraron con complicidad antes de tomar mis manos, tumbarme al suelo y golpearme con almohadas. Jugamos un poco antes de leerles un cuento y cayeron dormidos.

Salí del consultorio con un peso menos en el pecho y una extraña sensación de alivio, como si por fin hubiera dejado algo en esa silla frente a la doctora. Hablamos del duelo, de lo que significa realmente soltar a alguien. Me dijo que dejar de querer a Jordan no era traicionarlo, sino empezar a ver con claridad mis propias necesidades, más allá del amor que sentía por él. Porque, en el fondo, muchas de las cosas que extraño solo existen en el pasado.

También le conté sobre David y lo mucho que me gusta, lo que me hace reír y sentir, y cómo parece que el mundo está en paz cuando él está junto a mí. Ella me dijo que está bien sentir algo encantador por una nueva persona, que no debo tener miedo, pero también me advirtió con seguridad que las personas no vienen a completarte, vienen a compartir conmigo. Y esas palabras las guardé como si fuera una semilla que todavía no sé bien cómo cuidar, pero que me gustaría ver crecer.

Papá estaba sentado fuera con el rostro angustiado y los ojos levemente enrojecidos; toqué su hombro, sacándolo del trance en el que parecía estar atrapado. Giró la cabeza observándome con atención y sorpresa, como si verme en este estado fuera algo nuevo, es comprensible, es la primera vez que no salía de allí envuelta en un mar de lágrimas.

—Termino —asintió.

—¿Cómo estás?

—Bien... estás angustiado, ¿verdad?

—No, estoy bien, solo importa que tú lo estés de verdad.

Se levantó de la silla y caminé junto a él a la salida.

—Papá —se detuvo mirándome con atención—, estoy bien... de verdad, en mucho tiempo, por fin me siento bien y lamento hacerte pasar por esto.

—No te disculpes, soy tu padre y siempre estaré cuando lo necesites.

—Papá gracias—él sonrió—de verdad, ahora borra esa cara, me siento muy bien.

—Me alegra, mi niña.

Lo abracé con fuerza. Papá era como mi guardián, siempre estaba allí, listo para protegerme. Intentó con esmero reconstruirme, unió las partes rotas y se esforzó en repararlo creyendo que era la única solución, pero la verdad, en medio del caos en el que caí, pude renacer, mis partes rotas ya no debían ser reparadas, solo debía aprender a ver la belleza en aquellos fragmentos. Todos eran parte de mí y todos eran yo, ahora él lo sabe.

—Te amo papá —sonrió con cariño y asintió con la cabeza.

—Yo también hija.

Subimos al auto, conversamos por el camino haciendo bromas y sobre el futuro lejano donde exigí su compañía. Salí del auto y agité la mano despidiéndome de papá con cariño, cuando el auto desapareció entre las calles, giré, encontrándome con Kaila.

—Buenos días solecito —sonrió y negué con la cabeza.

—Hola.

Desde esa fiesta, Kaila apareció en mi vida como si fuera un personaje nuevo desbloqueado en un videojuego; notaba su presencia, es una chica agradable y ruda, una mezcla poco común entre las chicas de este lugar. Además, es cien por ciento honesta y confiable: una conexión nueva para mí, algo que nunca había podido experimentar antes; ella es como un ángel que llegaba con el don de la honestidad.

—Qué bueno que llegas, necesitaba compañía —entrelazó su brazo con el mío.

Arrastrándome lejos de la universidad.




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