Aprecié la belleza de la ciudad; el atardecer iniciaba a descender y el cielo se teñía de colores cálidos. Suspiré, quisiera ser tan hermosa como el cielo y que mis sentimientos se aclararan de la misma forma; el lío en mi cabeza iba a destruirme, solo quiero ser feliz. Lo hacía bien, había avanzado, pensaba diferente y mis sentimientos iniciaban a aclararse, pero esa noche, ese breve momento con él había cambiado algo en mí; la paz que había logrado desapareció en segundos y todo cambió.
Jordan había vuelto generando incertidumbre y preocupación, no está bien y sabía que solo yo lo notaría. Hablé con los abuelos; les pedí que estuvieran junto a él; sería lo mejor para todos. Yo no podía hacerlo, me negaba a involucrarme, aunque sintiera un hueco en el estómago al pensar en él.
—Qué hermoso.
Dije en un susurro, tomé la baranda y pegué mi pecho a ella para después inclinarme hacia atrás, arqueando la espalda y mirar la terraza al revés. En ese momento la puerta se abrió, David entró con un cigarrillo en la boca y un encendedor que dejó apagar al verme.
Inclino la cabeza mirándome con curiosidad, ¿por qué siempre ve mi parte tonta? Me incorporé y solté la baranda para acomodar mi cabello, aclaré la garganta un poco avergonzada y él caminó hasta mí intentando no sonreír.
—Definitivamente tendré que dejarlo. —guardó el cigarrillo en la caja y recostó la espalda en la baranda.
—No me molesta —sonrió—. Hablo en serio, puede fumar.
—Hay algo que me gusta aún más.
Vaya, vaya, estaba coqueteando sin descaro alguno. Negué con la cabeza intentando ocultar una sonrisa.
—¿Puedo intentarlo? —David frunció el ceño y señalé la caja en su mano.
—Nunca.
—¿Por qué? —protesté.
—Es malo para la salud.
—Tú lo haces —ladeó una sonrisa.
—Eso no significa que esté bien hacerlo.
—Pero puedo intentarlo.
—No, Rosie.
—Ay, pero qué aburrido. —hice una mueca y arrugué la nariz.
David rodó los ojos y abrió la caja, tomándome por sorpresa. Tomó un cigarrillo y lo tendió ofreciéndolo, mi sonrisa se borró y el pánico se apoderó de mí. ¿De verdad me estaba ofreciendo uno? Nunca he fumado y realmente nunca llamó mi atención.
Pero ¿qué podría salir mal? Extendí la mano y cuando iba a tomarlo, él lo alejó.
—No deberías ceder. —Lo miré confundida. —El hecho de que algo te atraiga no significa que hará bien, debes alejarte de estas cosas.
Volvió a guardar el cigarrillo y reí, claro, no pretendía dejarme fumar, solo usaba mi curiosidad como una lección.
—¿Acaso eres mi profesor? ¿Por qué me reprendes?
—Podría serlo —se encogió de hombros y sonrió.
—No eres tan viejo.
—¿Acaso crees que lo soy? —la sorpresa en su rostro causó gracia.
—No, bueno... no puedo decir que eres joven.
Llevó una mano a su pecho fingiendo dolor, reí y negué con la cabeza.
—Solo tengo veintiséis.
Estás más cerca de cumplir treinta.
—Auch.
Ambos reímos, la conexión entre nosotros es divertida, es algo genuino.
—Dime, Rosie —sus ojos cafés se clavaron en los míos—. ¿Cómo estás?
Tomé aire y desvié la mirada. No quería hablar con él sobre lo que sucedió con Jordan, eso no era correcto.
—El atardecer es hermoso.
—Quizá una dosis de Rosie te haga bien. —Lo miré con sorpresa.
David sacó la barra de dulces de cereza del bolsillo de su pantalón, sonreí al verlo y él se encogió de hombros.
—¿Lo guardaste?
—Siendo honesto, he comprado muchos.
—¿Por qué?
—Porque no puedo fumar, oh no, eso es un delito. —Sus ojos se posaron en mí—. No puedo competir con las chimeneas.
Solté una carcajada y mi rostro enrojeció de vergüenza. David recordaba cada palabra.
—Rosie de verdad, ¿estás bien? En los últimos días he notado algo diferente.
—Por supuesto que estoy bien —negó con la cabeza.
—No mientas.
Suspiré, no quería decirlo, no quería hablar sobre Jordan con él, no quería lastimarlo y si lo hacía, notaría cuánto me importa aún.
—No estar bien está bien, tus sentimientos son importantes.
Lo miré aliviada, su honestidad era un consuelo, aquella mirada cálida, ese semblante tranquilo y solidario era un respiro al caos en mi mente.
—Bien... en ese caso —volví a mirarlo decidida a desviar el tema— podemos hablar de tus sentimientos.
—No Rosie —giró apoyando sus brazos en la baranda, imitándome—. Hablamos de ti, no de mí.
—Vaya, pero ¿qué puede ocultar el joven empresario? —dije en tono misterioso—. ¿Cuál es su pasado oscuro? ¿Qué lo atormenta? ¿Cuál es el motivo de su frialdad con el mundo? —moví los dedos con misterio y él soltó una carcajada que me sorprendió—. ¡Oh! Si sabes reír —dije bromeando y él volvió a reír—, no es tan difícil después de todo.
—Tú lo haces fácil.
—Gracias —reí.
—Entonces, querida Rosie ¿tienes planes hoy?
—Me espera un muy aburrido trabajo grupal —confesé casi como si se tratara de una tragedia.
—¿Puedo ayudar?
—No, de seguro tienes planes.
—Bueno... yo diría que no —lo miré con sorpresa.
—¿No?
—No.
—Wow, es la primera vez que escucho eso, ¿acaso...? —me acerqué y toqué su frente—. ¿Estás enfermo?
David me observó con atención, su temperatura era normal. ¿Por qué no tendría planes? Vivía para trabajar.
—No lo estás —alejé mi mano—. Eso es bueno, no tendrás que trabajar.
David me observaba casi paralizado, golpeé su hombro bromeando y reí.
—¿Ahora eres una estatua? —no respondió—. Oye, ¿estás bien?
Entonces David se acercó, acortando casi por completo la distancia entre nosotros, sus labios a escasos centímetros de los míos, sus ojos observándome mientras brillaban, y sentí mi cuerpo paralizarse. Sus manos acunaron mi rostro, que enrojeció al instante, siendo su contacto algo que seguía alterando mis nervios.
—¿Te he dicho lo mucho que me gustas?
No respondí, olvidé hablar y David solo sonrió de esa forma coqueta que me derretía, sus labios se alejaron de los míos sin haberlos tocado y plantó un beso en mi frente con delicadeza, con cariño.