Subimos al ascensor y, casi como si repitiéramos la escena de una película, las personas entraron empujándonos hasta que mi espalda chocó con David. Esta vez él dejó caer una mano en mi cintura, pegándome un poco más a su cuerpo; la respiración me faltó cuando escuché su risa y su mano cambió de lugar, entrelazándola con la mía hasta que las puertas abrieron.
Subimos al auto negro, abroché el cinturón y David condujo fuera del edificio.
—¿A dónde vamos?
—¿No confías en mí?
—Nunca dije eso.
—Es una sorpresa, sé que te encantará.
Asentí, conversamos por alrededor de treinta minutos hasta que el auto se detuvo frente a un hermoso restaurante con luces frías y ventanales gigantes. Intenté ocultar la sorpresa, pero la sonrisa en el rostro de David que gritaba victoria fue el delatante.
Entramos al edificio; las personas de clase comían y hablaban en voz baja. Recorrí el lugar con la mirada, aún sorprendida. David tomó mi mano, guiándome hasta la mesa donde tomé asiento y él acomodó mi silla; reí un poco nerviosa y él no borraba aquella encantadora sonrisa.
Abrí el menú y noté las opciones; es un restaurante vegano.
—¿Estás seguro de cenar aquí? —asintió, volví a revisar el menú y elegí una ensalada.
Conversamos con una copa de vino hasta que la comida llegó, hablamos de nuestras familias y sobre algunos gustos en común hasta que noté cómo David se obligaba a comer, di un sorbo a la copa y sonreí al verlo masticar la ensalada.
—¿De verdad te gusta la comida vegana?
—Por supuesto ¿Por qué preguntas? —bebió un poco de agua.
—Es obvio que no te gusta. —Bajo la cabeza aceptando la mentira y reí—Hay más alternativas, podemos ir a otro lugar.
—No, sé que te gusta la comida vegana, solo quería que estuvieras cómoda.
—Sí me gusta, pero puedo comer cualquier cosa —me observó confundido.
—Espera —levantó las manos—. ¿No eres vegana? —negué con la cabeza—. Bien —reí.
—¿Por qué creíste que soy vegana?
—Ya sabes, siempre comes este tipo de comida en la oficina.
—No. —Volví a reír y bebí un poco. —Harper es vegana. —Él frunció los labios —Podemos ir a otro lugar.
—Qué tonto —murmuró para sí.
—No podías saberlo, mejor vamos —ladeé la cabeza hacia la salida.
David asintió, terminé la copa de vino y él se acercó a un hombre pidiendo la cuenta. Salí del lugar un poco acalorada, sintiendo cómo el frío de la noche apaciguaba el calor en mis mejillas.
—¿Y ahora? —pregunté y él suspiró.
—Hay un lugar que me encanta, podemos ir.
—¡Por supuesto! —reí y me observó desconcertado—. Perdón, el vino...
—Claro.
Tomó mi mano y sentí el corazón acelerarse, como una tonta enamorada. Abrió la puerta del auto para que subiera y, en cuestión de minutos, mientras hice tontos chistes que él no entendió, llegamos a un pequeño y acogedor restaurante cerca del centro de la ciudad.
Bajamos del auto y la vibra hogareña fue encantadora, un lugar italiano con cuadros y música alegre de fondo, las personas gritaban mientras comían pizza y bebían.
—Es hermoso —dije al tomar asiento en la mesa pequeña.
David tomó asiento junto a mí después de dejar su saco en la silla y remangar un poco la camisa negra, sonrió. Un hombre de altura promedio y delgado llegó saludando con familiaridad a David.
—¡David! finalmente vieni con una bella ragazza —dijo riendo con fuerza.
—Buonanotte, amico mio, Alessandro —giré sorprendida mirando a David —. Ella es Rosie.
—Buena noche bellissima Rosie —acepté su mano y dejó un beso en ella.
—Un gusto ¿Alessandro? —David rio.
—Alessandro —corrigió mi pronunciación con una pequeña sonrisa.
—Oh está bien, puedes llamarme como gustes —dijo el hombre y reí nerviosa—. Sé exactamente qué necesitan, por el momento, disfruten.
Sonreí y el hombre se alejó entrando a la cocina mientras gritaba en italiano. Miré sorprendida a David, quien rascó su nuca.
—Dime qué no entiendes... —Negué con la cabeza.
—¿Dijo algo malo?
—Realmente no, solo gritó algo vergonzoso.
—¿Sí? ¿Qué dijo?
—Es mejor que no lo sepas. —Borré la sonrisa y lo miré con desconfianza.
—¿Dijo algo malo?
—No, pero algo que me pondría en vergüenza —reí.
—Puedo saberlo, si lo llamo y uso el traductor, podría saber qué gritó. —David rio y negó con la cabeza. Saqué el celular de la chaqueta y lo enseñé como si se tratara de un arma: —Puedo hacerlo.
—No —rio con fuerza mientras bajaba el celular—. Dijo que eres hermosa y que por fin un tonto como yo traía a una chica, o por lo menos algo similar —reí.
—Oh ¿cómo puedo agradecer en italiano? ¡Por cierto! ¿Desde cuándo hablas italiano?
—Primero puedes decir Ti ringrazio. Segundo, hablo varios idiomas.
—¿Cuáles? Eso quiere decir que eres el traductor perfecto para los libros que quiero leer, pero no tienen versión traducida.
—Bueno... podría ayudarte con eso.
Rei, un chico joven, trajo una botella de vino y dos copas, David pidió un vaso de agua y el chico asintió llevándose una de las copas.
—¿Puedes decirme algo en italiano? Podría aprender.
—¿Cómo qué?
—Lo que quieras, soy buena aprendiendo.
David pensó un poco antes de sonreír, sirvió la copa de vino mientras decía.
—A volte mi fai paura... perché riesci a vedermi davvero.
Dejó la copa frente a mí y dio un sorbo al vaso de agua.
—Espera, más lento —soltó una carcajada—, así nunca podré aprenderlo.
—Bien, vamos con algo más sencillo. Buongiorno.
Intenté imitar su pronunciación, pero sonó terrible y terminamos riendo mientras seguía enseñándome a pronunciar. El hombre trajo una pizza napolitana en forma de corazón, guiñó un ojo mientras yo solté una carcajada, David lo miró incómodo y frunció los labios.
—Disfruten la cena —dijo sonriendo.
Pasamos la noche riendo y aprendiendo italiano mientras llenamos nuestros estómagos. Noté lo divertido y agradable que era pasar tiempo con David, se sentía bien y diferente, seguridad y confianza en comparación con el caos que solía vivir con Jordan. No podía despegar mis ojos de él, encantada con sus labios al sonreír y ese par de ojos que brillaban con emoción.