Dueño de mi Libertad

Capítulo 9: Antes del amanecer

La noche parecía no terminar nunca.

Amara permanecía sentada sobre el pequeño jergón de la habitación donde la habían encerrado. Una lámpara de aceite iluminaba débilmente las paredes de madera.

Afuera, dos hombres vigilaban la puerta.

El traslado estaba decidido.

Al amanecer se la llevarían.

Amara intentaba no pensar en lo que vendría después. No sabía adónde la enviarían ni qué clase de vida encontraría allí. Lo único que sabía era que probablemente nunca volvería a ver a Adrián.

Cerró los ojos.

Y entonces escuchó algo.

Tres golpes suaves en la puerta.

Amara se levantó inmediatamente.

No eran los guardias.

Volvieron a sonar.

Tres golpes.

Luego uno.

Era la señal que Adrián y ella habían utilizado para encontrarse en secreto.

El corazón le dio un vuelco.

Se acercó lentamente.

—¿Quién es?

—Soy yo.

La voz de Adrián.

Amara llevó una mano a su pecho.

—No puedes estar aquí.

—Lo sé.

—Si te descubren...

—No me importa.

Abrió la puerta apenas unos centímetros.

Adrián estaba allí, pero ya no llevaba la ropa elegante que acostumbraba usar. Vestía de manera sencilla y llevaba una pequeña bolsa sobre el hombro.

—¿Qué haces?

—Voy a sacarte de aquí.

Amara negó inmediatamente.

—No.

—Amara...

—No puedes enfrentarte a tu familia de esta manera.

Adrián la miró fijamente.

—Ya lo hice.

Ella permaneció en silencio.

—El traslado sale al amanecer —continuó él—. No voy a permitir que te lleven a un lugar donde no pueda encontrarte.

—¿Y qué piensas hacer?

Adrián miró hacia el pasillo.

—Hay un camino detrás de los establos. Nadie lo utiliza durante la noche.

Amara comprendió.

—Quieres que escape.

—Quiero que estés a salvo.

Ella bajó la mirada.

—Si me voy, te castigarán.

—Que lo hagan.

—No sabes lo que pueden hacerte.

Adrián tomó suavemente sus manos.

—Por primera vez en mi vida, estoy dispuesto a pagar el precio de una decisión que realmente sea mía.

Amara sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—¿Y después?

Adrián tardó unos segundos en responder.

—Después encontraremos una manera de que seas libre.

Amara lo miró.

—¿Cómo?

Él negó lentamente.

—Todavía no lo sé.

La sinceridad de aquella respuesta la conmovió más que cualquier promesa.

No tenía un plan perfecto.

No tenía garantías.

Solo tenía la voluntad de intentarlo.

De pronto, se escucharon pasos.

Ambos se separaron.

—¡Señor! —gritó uno de los guardias desde el pasillo.

Adrián apagó rápidamente la lámpara.

—¿Qué haces aquí?

—He venido a comprobar que todo esté en orden.

Adrián abrió la puerta unos centímetros.

—Puedes retirarte.

El guardia dudó.

—Sus padres ordenaron que nadie entrara.

—Y yo te estoy ordenando que te marches.

Hubo unos segundos de tensión.

Finalmente, los pasos comenzaron a alejarse.

Adrián cerró la puerta.

—Tenemos poco tiempo.

Amara asintió.

Salieron por la parte trasera del edificio.

La noche era oscura y el cielo estaba cubierto de nubes. El viento movía las ramas de los árboles mientras ambos avanzaban en silencio.

Cada paso podía significar que los descubrieran.

Al llegar a los establos, Adrián se detuvo.

—Aquí.

Había preparado un caballo.

Amara lo miró sorprendida.

—¿Y tú?

—Voy contigo.

—Adrián, eso significa que estarás huyendo de tu propia familia.

Él sostuvo su mirada.

—Ya no sé si quiero seguir viviendo bajo sus reglas.

Amara se acercó.

—No quiero que pierdas todo por mí.

Adrián negó.

—No estoy perdiendo todo.

Le acarició suavemente el rostro.

—Estoy eligiendo algo.

Amara cerró los ojos.

Por un instante, olvidó dónde estaban.

Pero un ruido los hizo separarse.

Un caballo relinchó a lo lejos.

Luego otro.

Adrián miró hacia la casa.

Había luces encendiéndose.

—Nos descubrieron.

Amara sintió que el miedo regresaba.

—Tenemos que irnos.

Adrián montó primero y extendió una mano hacia ella.

—Ven.

Amara tomó su mano.

Pero antes de subir, escucharon una voz desde la distancia.

—¡Deténganse!

Adrián giró la cabeza.

El capataz estaba allí.

Y detrás de él había varios hombres.

La escapatoria había sido descubierta.

Adrián ayudó a Amara a subir al caballo.

—Agárrate fuerte.

—¿Qué vas a hacer?

Sus ojos se encontraron.

—Correr.

El caballo arrancó.

Los gritos quedaron atrás.

La hacienda comenzó a desaparecer en la oscuridad.

Pero ninguno de los dos sabía que aquella huida no significaba libertad.

Era el comienzo de una persecución.

Y detrás de ellos...

Los Montenegro ya habían dado la orden de encontrarlos.




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