El caballo avanzaba a toda velocidad por el camino de tierra.
Amara se aferraba a Adrián mientras las ramas de los árboles golpeaban sus brazos y el viento le azotaba el rostro. Detrás de ellos, los sonidos de la hacienda se iban haciendo cada vez más lejanos.
Pero no lo suficiente.
—¡No se detengan! —gritó uno de los hombres que los perseguía.
Adrián miró por encima del hombro.
Varias luces se movían entre los árboles.
Los habían seguido.
—Nos están alcanzando —dijo Amara, intentando controlar la respiración.
—Todavía no.
Adrián espoleó al caballo.
El animal aceleró.
Amara cerró los ojos por un instante.
Nunca había imaginado que algún día estaría huyendo de la hacienda junto al hombre que había llegado a convertirse en el centro de todos sus pensamientos.
Pero tampoco había imaginado que, por primera vez, alguien estuviera dispuesto a arriesgarlo todo por ella.
—Adrián...
—¿Sí?
—Si nos encuentran...
Él no respondió inmediatamente.
—No voy a dejar que te separen de mí.
Después de varios minutos, llegaron a un cruce.
Adrián frenó.
Había dos caminos.
Uno conducía hacia el pueblo.
El otro se internaba en el bosque.
—¿Cuál? —preguntó Amara.
Adrián miró hacia atrás.
Las luces de los perseguidores se acercaban.
—El bosque.
—Pero podríamos perdernos.
—Eso es exactamente lo que necesito.
Tomó el camino más estrecho.
Las ramas comenzaron a cubrirlos y el terreno se volvió irregular. El caballo avanzaba con dificultad, pero poco a poco las voces desaparecieron.
Finalmente, solo quedó el sonido de sus respiraciones.
Adrián redujo la velocidad.
—Creo que los perdimos.
Amara permaneció en silencio.
Por primera vez desde que habían escapado, pudo respirar.
—¿Dónde estamos?
—No lo sé.
Ella soltó una pequeña risa nerviosa.
—Magnífico plan.
Adrián sonrió por primera vez aquella noche.
—Nunca dije que fuera perfecto.
Amara lo miró.
—Estás sonriendo.
—Porque sigues aquí.
La sonrisa de ella desapareció lentamente.
Aquellas palabras le tocaron el corazón.
Horas después encontraron una pequeña cabaña abandonada.
Adrián desmontó y ayudó a Amara a bajar.
—Podemos descansar aquí.
Entraron.
El lugar estaba vacío, pero tenía una chimenea, una mesa vieja y un pequeño espacio donde podían refugiarse.
Adrián encendió el fuego.
Amara se sentó cerca de la chimenea.
El cansancio finalmente comenzó a vencerla.
Adrián se sentó frente a ella.
Durante unos minutos ninguno habló.
Hasta que Amara rompió el silencio.
—¿Qué pasará ahora?
Adrián la observó.
—No lo sé.
—Tu familia nos buscará.
—Sí.
—Y cuando nos encuentren...
Adrián tomó aire.
—No pienso regresar.
Amara lo miró sorprendida.
—¿Estás dispuesto a abandonar tu familia?
—Estoy dispuesto a abandonar aquello que ellos quieren que sea.
Amara bajó la mirada.
—Yo no quiero que hagas eso por mí.
—No lo hago solamente por ti.
Ella levantó los ojos.
Adrián se acercó.
—Lo hago porque cuando te conocí entendí algo que nunca había querido aceptar.
—¿Qué?
—Que tenerlo todo no significa ser libre.
Amara sintió un nudo en la garganta.
—Y yo pensé que tú eras el dueño de todo.
Adrián sonrió con tristeza.
—Quizá sí.
Hizo una pausa.
—Excepto de mi propia vida.
El silencio los envolvió.
Amara extendió lentamente su mano.
Adrián la tomó.
No hubo necesidad de más palabras.
Muy lejos de allí, en la hacienda, el padre de Adrián recibió la noticia.
—Los perdimos.
El hombre permaneció inmóvil.
Su esposa estaba junto a él.
—¿Dónde?
—En el bosque.
El padre apretó la mandíbula.
—Encuéntrenlos.
—Señor...
—No me importa cuánto tiempo tome.
Su esposa lo observó.
—¿Y qué harás cuando los encuentres?
Él la miró.
—Adrián volverá.
—¿Y ella?
El silencio fue largo.
Finalmente respondió:
—Ella también.
Pero su tono dejó claro que no pensaba permitir que Amara regresara como antes.
En la pequeña cabaña, Amara dormía.
Adrián permanecía despierto junto a la ventana.
Miraba la oscuridad.
Sabía que la persecución apenas comenzaba.
Pero había tomado una decisión.
No regresaría a la hacienda.
No entregaría a Amara.
Y si para conseguirlo tenía que enfrentarse a su propio apellido...
Lo haría.
Sin embargo, en algún lugar del bosque, un caballo avanzaba lentamente.
Alguien los había encontrado.
Y no era uno de los hombres de los Montenegro.
Era alguien que conocía a Amara.
Alguien de su pasado.
Y traía consigo un secreto que podía cambiarlo todo.