La batalla contra los rebeldes terminó un par de horas atrás, cuando la última aeronave explotó en el aire a causa del ataque de Esteban de Luca. El saldo que dejó la batalla fue bastante negativo para el ejército de la paz. Mientras que de los mil rebeldes que invadieron el olimpo murieron cerca de seiscientos, de los tres mil soldados que mantenía el vigoroso ejército de los Altos, solo sobrevivieron mil doscientos soldados, entre ellos el general Sue, aunque tuvo que ser atendido de gravedad por el corte que tenía en su pecho.
Pero la perdida más grande que hubo esa noche fue la muerte de seis de los ocho Altos. Se encontró el cadáver de todos, menos de Noroeste. Al caer la noche Noreste vigiló con sus guerreros águila los alrededores del Olimpo, trató de no aparentar daño alguno mientras eliminaba a todo el que quedó vivo, fuera aliado o enemigo. No terminaba de creer el enorme daño que causó un reducido grupo de hombres, y mucho menos que hubieran logrado entrar con tanta facilidad.
Se encargaría de hacer pagar a los responsables. Comenzaría por eliminar a su propio equipo de seguridad, reforzar la vigilancia en toda entrada del Olimpo. Después de eso buscaría a cada uno de los rebeldes involucrados y finalmente se haría cargo de Santiago. Los hijos de Isa serian su principal objetivo.
De entre todo el desastre que dejó la batalla solo quedaron de pie algunos edificios. Del continente central permaneció el más importante, en el que Sanit le preparó una habitación a su amo. Los preparativos para su regreso fueron casi perfectos aun con la interrupción de los hijos de Isa y el grupo rebelde, pero para lo que nunca estuvo lista fue para ver a su amo gritar de dolor y retorcerse.
Dunkel gritó desde su cama, se sostuvo el pecho tratando de apaciguar la herida que dejó el último ataque de Marey. Aun sentía en su interior como las llamas lo consumían, aunque no en sentido físico. Liberó su poder sobre su mano y buscó curar la herida, aunque logró calmar el dolor un poco, no desapareció. La puerta de la habitación se abrió con delicadeza, Sanit entró con una bandeja en mano sobre la cual llevaba agua y alimentos para su amo. La mujer dejó las cosas en la mesa de noche junto a la cama.
—Amo, Dunkel, ¿hay algo que pueda hacer por usted? —preguntó Sanit inclinando su cuerpo hacia su amo.
—Quítate esa mascara, Sanit —pidió el hombre acercando su mano hacia el objeto de madera, pero Sanit volteó la mirada.
—Amo Dunkel, esta mascara es una señal de mi vergüenza —respondió la mujer tomando con cuidado la mano de Dunkel—. Por culpa mía fue encerrado durante cientos de años, no merezco siquiera estar delante de usted.
—Sanit, no guardo rencor hacia ninguno de ustedes —respondió Dunkel. Se libró del agarre de Sanit, sostuvo la máscara y tras algunos segundos se la quitó, dejando al descubierto su rostro, uno que comenzaba a reflejar algunas arrugas y perdía el brillo de la juventud—. Los necesito, más en estos momentos.
—Esa mocosa le hizo mucho daño —dijo Sanit ayudando a su amo a recostarse en la cama—. Aun sigo sin entender como fue capaz de dañarla un simple humano.
—No era una simple humana —respondió Dunkel con una sonrisa en su rostro—. Los Animas siguen evolucionando en poder, Sanit. Han logrado lo que hace miles de años era imposible, y que incluso para mí fue muy difícil, controlar la energía de un Ludenk.
—Pero para usted nada es difícil, amo mío.
—Hay muchas cosas que lo ha sido —Dunkel desvío la mirada hacia la ventana—. Traer a los Ludenks ha sido una de ellas. Cuando creé el portal hacia otro universo, y pude pasar a su mundo, me di cuenta de cómo las energías de los Guardianes eran incompatibles las unas con las otras. La energía con la que están hechos los Ludenks contrarresta la mía, y viceversa, se neutralizan hasta desaparecer. La primera vez que pensé que moriría fue cuando me proclamé líder de los Ludenks en su universo, tras derrotar a su rey.
—Pero esta vez es distinto, ¿no? —preguntó Sanit alzando la voz, con la preocupación arrugando su frente—. Se pondrá bien, ¿verdad?
—Si, paulatinamente iré recuperando mi poder —respondió su amo. Con una mano acunó el rostro de su fiel sirvienta—. No solo estoy cansado por la pelea con esa chica, no he podido recuperarme de mi pelea con los primeros hijos de Isa. En unas semanas estaré listo, Sanit, descansaré hasta entonces y después destruiremos a los Guardianes de este mundo.
La pared detrás de Dunkel se partió en pedazos cuando dos manos la atravesaron y lo sujetaron del cuerpo. De un tirón Dunkel terminó atravesando la pared mientras perdía el aire. Fue arrojado al cielo estrellado donde consiguió mantenerse a flote tras flaquear por unos minutos. Observó los oscuros alrededores buscando a su atacante. Sin darse cuenta una espada amenazó con cortarle el cuello, pero Dunkel logró esquivar la mayor parte del ataque, dejando una herida a mitad de su rostro.
Miró a su contrincante regresar al suelo agitando su espada, haciendo algunos malabares con ella y después la clavó al suelo. Dunkel reconoció de inmediato al que alguna vez fue su sirviente, uno de los más prósperos, pero que al final lo abandonó, Melvil. Buscó a Sanit con la mirada, pero la descubrió fuera de combate en su habitación. Alessandra, la expareja de Bloodmon salió del agujero que dejaron él y Melvil al salir de la habitación.
—Alessandra, Melvil, que gusto volver a verlos —descendió lentamente. Volteó a todos lados, una nube de color morado cubría el lugar, misma bruma que salía del interior del castillo, junto a Sanit—. ¿Es alguna clase de veneno?
Editado: 15.10.2026