Quitadme estas malditas esposas, Scott. No me mires con esa cara de satisfacción, porque no te queda y porque os conozco a todos los que estáis en esta habitación desde que no sabíais ni limpiaros el culo. A ti, Hunter, te recuerdo chillando en el muelle porque se te cayó la caña al agua, y a Eric Bennett ahí sentado, dándole a las teclas de la máquina de escribir como si estuviera matando moscas, lo vi romperse el brazo intentando saltar el cerco del viejo Miller. Así que ahorraos la pose de autoridad. No me impresiona. No me da miedo el uniforme y mucho menos me das miedo tú.
Sé perfectamente por qué me tienes amarrado a esta silla de metal helada. Se te nota en los ojos, Scott. Llevas veinte años esperando este momento. Veinte malditos años masticando veneno, buscando la menor excusa, el menor tropiezo para meter al viejo Shane Hollander en un calabozo y tirarle la llave al mar. Lo intentaste cuando pasó lo de Ilya, ¿te acuerdas? Oh, claro que te acuerdas. Te pasaste semanas rondando mi casa como un perro hambriento, olfateando el aire, tratando de inventar algo para engancharme. Pero no pudiste. No tuviste con qué. Y has tenido que tragarte tu orgullo todo este tiempo, viéndome caminar por las calles de Little Star, limpiando el patio de los Pike, lavando la ropa de la gente rica, haciendo el trabajo sucio mientras tú te paseabas con tu placa reluciente.
Y ahora crees que finalmente me atrapaste. Crees que este es tu gran día.
«El cartero vio al viejo Shane con un rodillo de amasar en la mano y a la señora Pike tirada al final de la escalera». Eso es lo que tienes anotado en esa libreta mugrosa, ¿verdad? Un rodillo de madera y una vieja muerta con el cuello roto. Para una mente tan corta como la tuya, los números cuadran perfectos: el sirviente resentido, la patrona rica con la que llevaba años renegando, una discusión en la parte alta de la mansión y un empujón. Listo. Caso cerrado para la gran policía de la isla.
Pues escúchame bien, Scott Hunter: eres un imbécil. Eres el mismo idiota rematado que era tu padre y el mismo idiota que fue tu abuelo.
Yo no maté a Jackie Pike.
No me pongas esa sonrisa burlona, Scott, porque te la voy a romper de un guitarrazo verbal si no te callas y me escuchas. Dije que no la maté. Y Dios sabe que motivos no me faltaban. Esa vieja arpía me hizo la vida de cuadritos durante años. Me trató como si fuera de su propiedad, me gritó, me humilló, me hizo fregar pisos sobre mis rodillas sangrando y me pagó una miseria mientras ella se bebía el dinero de su difunto esposo en copas de cristal. Había días en los que apretaba los dientes tan fuerte mirando su nuca que juraba que podía oír mis propios huesos crujir. Así que no te vengas a hacer el sorprendido ni me vengas a hablar de que «no soy un santo». Jamás he dicho que lo sea. Tengo la conciencia más sucia que el fondo del puerto de esta isla y tengo más rabia guardada en el pecho de la que tú podrías aguantar en tres vidas.
Pero a Jackie Pike no la toque. La vieja se cayó sola, o saltó, o el diablo se la llevó de las patas, me importa un carajo. Yo solo estaba ahí porque ella me mandó a buscar esa maldita pieza de madera a la cocina.
¿No me crees? Me da exactamente igual si me crees o no, Scott. Porque no os voy a firmar un solo papel, no voy a estampar mis huellas en ninguno de tus formularios y no vais a sacar una sola palabra de mi boca que no sea la que yo quiera decir. Si queréis entender qué pasó hoy en esa casa, si queréis saber de qué soy capaz y por qué no le tengo miedo a tus barrotes ni a tu jeringa, vas a tener que sentarte en esa silla, mandarle a Eric que traiga una cafetera entera de café negro y cerrar la boca.
Por primera vez en mi puta vida, la gente de esta isla me va a escuchar a mí. Tengo la voz, tengo el tiempo y no me voy a ir a ninguna parte. Vais a escuchar la historia de mi vida completa. Vais a saber quién era Shane Hollander antes de terminar limpiando la mierda de los demás, qué me trajo a esta isla de mala muerte, y cómo se siente pudrirse en silencio mientras el mundo exterior se olvida de que existes.
Servid el café, Scott. Y prepárate, porque si de verdad quieres saber si soy un asesino, vas a tener que tragar duro.
Eso es. Llena bien esa taza hasta el borde, Eric, y no le pongas azúcar ni una gota de leche, que no estoy aquí para tomar el té como las damas de la corte. Déjala sobre la mesa y siéntate de una buena vez.
Míralo bien, Scott. Mírame fijamente a la cara y dime qué ves. Cuesta trabajo creer que este viejo que tienes enfrente, con las manos llenas de grietas, los callos endurecidos por el mango de la hacha y la espalda arruinada de cargar leña de roble en medio de las heladas, alguna vez fue un chico joven, lleno de vida, con la piel suave y un futuro perfectamente limpio por delante. Nací en Montreal, ¿sabías? En un barrio tranquilo donde las chimeneas echaban humo todo el invierno y los niños jugábamos en la calle hasta que se nos congelaban las orejas. Tuve una infancia buena, Scott. De esas infantiles limpias y cálidas que hoy en día parecen no existir más que en las revistas viejas.
Mi padre era un hombre trabajador, de los que no hablaban mucho pero lo daban todo por la familia. Él me llevó a las pistas congeladas antes de que saliera el primer rayo de sol, me ajustaba los patines con una paciencia de santo mientras a mí se me salían las lágrimas del frío, y me decía que yo tenía el talento en las piernas. Y mi madre... Dios la tenga en su gloria, ella se quedaba en la grada más alta envuelta en una manta de lana roja, gritando mi nombre cada vez que mi palo tocaba el disco. Ellos querían que jugara. Me alimentaban los sueños todas las noches en la mesa de la cocina. Me hacían creer que el mundo era gigante y que solo bastaba con patinar lo suficientemente rápido para alcanzarlo. Y yo me lo creí. Vaya si me lo creí. Soñaba con estadios llenos, con el rugido de la multitud y la sirena sonando tras el cristal.