La sala de juntas principal de las Empresas Cross a primera hora de la mañana era un santuario de cristal y acero donde las ilusiones venían a morir. Las persianas inteligentes filtraban la luz del sol matutino, convirtiéndola en un haz frío y ceniciento que se posaba sobre la mesa de caoba pulida. Alrededor de ella, media docena de directivos secundarios permanecían sentados en riguroso silencio, con las carpetas cerradas y las respiraciones contenidas. Sabían lo que había ocurrido la víspera con Marcus Vance; sabían que el Alfa no toleraba la debilidad, y el aire de la estancia olía a anticipación y temor puro.
Ethan Cross ocupaba el asiento principal al fondo de la sala. Llevaba un traje sastre de corte impecable, corbata de seda negra y el semblante de una estatua de mármol tallada para no mostrar jamás clemencia. En el bolsillo interior de su saco, el reloj de bolsillo con forma de luna creciente guardaba un reposo denso, como si presintiera que la jornada no iba a ser un paseo triunfal.
—La nueva socia que adquiere el paquete mayoritario de acciones preferentes del bloque este está por ingresar —anunció Elena desde la puerta, con su habitual tono pulcro y desprovisto de emociones—. Les ruego guardar la compostura debida.
Las pesadas puertas de doble hoja se abrieron con un chasquido sordo.
Cuando la mujer cruzó el umbral, un murmullo imperceptible recorrió la mesa. Ethan levantó la vista con displicencia, dispuesto a clavar sus ojos fríos en otro peón corporativo al que aplastar en los primeros cinco minutos de negociación. Sin embargo, en el instante en que sus miradas chocaron, un espasmo invisible de sorpresa recorrió sus músculos.
La mujer que caminaba hacia ellos parecía una versión especular de su propio reflejo oscuro. Tenía el mismo cabello negro azabache peinado con absoluta pulcritud, las facciones afiladas como cuchillas, la mandíbula firme y unos ojos de un tono gris acero tan gélido y penetrante que desafiaban el aire circundante. Su porte era imponente, enfundada en un traje sastre entallado de color carbón que parecía gritar que no había venido a pedir permiso, sino a reclamar su parte del trono.
Se detuvo frente al asiento opuesto al de Ethan, apoyando las palmas de las manos sobre el borde de la mesa con una elegancia felina.
—Viktoria Vance —se presentó ella, con una voz baja, magnética y cortantes como cristales rotos—. Supongo que mi reputación literal y financiera me antecede, señor Cross. Aunque, a juzgar por su cara, no esperaba encontrarse con alguien que le devolviera la mirada sin parpadear.
Ethan entornó los ojos, recuperando la compostura con la velocidad del rayo. La rabia inicial por ver a alguien con su misma simetría y osadía se mezcló con un desprecio helado que brotó desde lo más hondo de su soberbia.
—La reputación de la que presume, señorita Vance, suele desinflarse en cuanto se abren los libros contables reales y no los folletos de marketing con los que compró este paquete accionario —respondió Ethan con una calma mortal, cruzando los dedos sobre la caoba—. Pero bienvenida a la firma. Tenga la amabilidad de sentarse antes de que demuestre que su presencia aquí es un error financiero de proporciones cósmicas.
Viktoria arqueó una ceja de manera idéntica a la suya, tomando asiento con lentitud calculada, sin apartar ni un solo segundo sus ojos de los de él.
La reunión comenzó como un duelo de esgrima verbal. Durante la primera hora, Viktoria defendió su posición con una precisión milimétrica, desarmando los argumentos de los directivos secundarios y presentando una serie de propuestas de reestructuración que obligaron a más de uno a tragar saliva. Ethan la observaba en silencio, sintiendo que el engranaje de su mente superior encontraba por fin un contrincante a su altura. Pero su orgullo no le permitía concederle ni una sola victoria moral.
—Sus proyecciones para la filial europea tienen una fuga estructural en el apartado de garantías fiscales —señaló Ethan de repente, deslizando un informe hacia ella con la punta de los dedos—. Un error de aficionado. Supongo que es lo que pasa cuando se confía en asesores de tercera categoría que no entienden el volumen real de nuestra carga tributaria.
Viktoria ni siquiera se molestó en mirar el documento. Apoyó la espalda en el respaldo de la silla, esbozando una sonrisa cínica y afilada.
—No hay ninguna fuga, señor Cross. Lo que ocurre es que usted está analizando las cláusulas bajo un esquema obsoleto de hace cinco años. Mi equipo y yo reescribimos ese marco legal bajo el código de jurisdicción abierta. Pero claro, es comprensible que un magnate acostumbrado a imponer su voluntad a gritos y despidos masivos no entienda de sutilezas jurídicas modernas.
La tensión en la sala se volvió tan espesa que los directivos parecían querer fundirse con las paredes. Nadie le había hablado a Ethan Cross de esa manera en una década.
La mandíbula de Ethan se tensó, marcando una línea rígida bajo su piel pálida. Sintió cómo una oleada de rabia caliente le quemaba el pecho, no solo por la impertinencia de la mujer, sino porque sabía —con la irritante certeza de los números— que ella tenía razón en el cambio legal. Su ego herido buscó de inmediato un punto vulnerable, una grieta en la armadura impecable de su contrincante para destruirla públicamente.
—Usted habla de marcos legales con una suficiencia insoportable para alguien que ni siquiera logró superar el examen de la barra de abogados del estado —soltó Ethan con voz baja, letal y deliberadamente cruel, inclinándose hacia adelante para clavarle los ojos—. Revisé su expediente curricular antes de entrar a esta junta. Tiene la certificación teórica, los créditos y el título colgado en la pared, pero se estrelló estrepitosamente en el examen final de habilitación profesional. Jurídicamente hablando, es una abogada de rango inferior, un paria técnico que no puede litigar en un estrado superior ni defender sus propios contratos ante un juez federal. ¿De verdad pensó que podía venir a mi mesa a dar lecciones de derecho mercantil cuando ni siquiera tiene la barra aprobada?