Narrado por Ethan Cross
La oscuridad en el piso superior de cross, el club nocturno más exclusivo de la metrópoli, no era un vacío común ni la simple ausencia de luz; era una atmósfera densa, cuidadosamente administrada y pesada para que el mundo exterior dejara de existir. A través de una gigantesca pared de cristal ahumado que funcionaba como un espejo unidireccional de piso a techo, el bullicio, los graves retumbantes y las luces estroboscópicas de la pista de baile principal —el reino hedonista donde mi hermano Dorian, el beta de la familia, ejercía su dominio sensorial absoluto— se veían como un hormiguero lejano, caótico y frenético. Sin embargo, allí arriba, en el santuario privado de la dinastía Cross, un espacio flanqueado por estantes abarrotados de libros antiguos encuadernados en cuero y tomos de derecho financiero, el único sonido que quebraba la penumbra era el crujido sordo de la madera y el roce milimétrico de las piezas de acrílico sobre el tablero.
Estábamos reunidos alrededor del tablero de ajedrez tridimensional, una compleja estructura de tres niveles principales y cuatro tableros flotantes auxiliares que desafiaba la lógica lineal del juego tradicional. En aquella penumbra sepulcral no había lámparas encendidas, ni candelabros, ni interruptores activos. Las únicas fuentes de luz en toda la estancia eran nuestros propios objetos simbólicos y la intensidad contenida de nuestras miradas.
Mi reloj de bolsillo lunar, extraído de mi saco y depositado con solemnidad junto a mi sector del tablero, emitía un pulso constante de plata oscura. Como el Alfa de la familia, la encarnación viva de la soberbia y la ambición desmedida, estaba acostumbrado a que su luz fuera la fuerza dominante en cualquier habitación. Sin embargo, en esa velada, el fulgor estelar del metal parecía vacilar ligeramente, atenuado por la rabia contenida que llevaba acumulando desde mi encuentro con Viktoria Vance.
A mi izquierda, Dorian Cross, el hermano beta, permanecía inclinado sobre la mesa. Dorian era la representación del apetito, la gula y la lujuria; un hombre que consumía la vida y a las personas con la misma voracidad con la que manejaba sus negocios nocturnos. En su mano derecha giraba perezosamente una manzana dulce, cuya piel carmesí perfectamente pulida desprendía un aroma denso y caramelizado que impregnaba el aire de la habitación. Con cada movimiento que hacía en el tablero, Dorian le daba un mordisco lento, casi obsceno, recreándose en el crujido de la fruta y en el dulce néctar que manaba en la comisura de sus labios.
A mi derecha, en el rincón más penumbroso de la biblioteca privada, recostado de manera lacia y absoluta sobre un amplio sillón de terciopelo negro con las piernas extendidas sobre la mesa baja y los brazos colgando con un desinterés casi mortal, se encontraba Orión Cross, el hermano Omega. Orión era la personificación de la acedía y la pereza profunda. Poseía una mente analítica aterradora, un intelecto superior al de la mayoría de los hombres de negocios de la ciudad, pero vivía sumergido en un aislamiento voluntario, un desapego helado del mundo que lo hacía casi inaccesible. Entre el índice y el pulgar de su mano derecha, Orión sostenía una pluma de metal sin peso. La hacía rotar de forma hipnótica, dejándola flotar en el aire como si desafiara la gravedad, sin ejercer jamás la suficiente fuerza para escribir o marcar el papel.
En esa penumbra abrumadora, nuestros ojos eran los únicos faros capaces de cortar la oscuridad. Los míos, de un gris gélido, cortante y calculador, reflejaban la autoridad del Alfa; los de Dorian, de un tono avellana profundo, brillaban con una avidez inquieta, depredadora y burlona; y los de Orión, de un azul pálido, frío y casi transparente, permanecían fijos en el vacío, completamente desprovistos de emoción.
—Mueve, Ethan —murmuró Dorian con su voz baja, arrastrada y sibilina. Hizo una pausa para saborear el trozo de manzana que acababa de masticar, dejando que la saliva dulce le refrescara la garganta antes de deslizar su caballo tridimensional hacia la plataforma superior—. Aunque, para serte sincero, te noto extrañamente rígido esta noche. Más tenso que de costumbre. Y eso ya es decir bastante para el ilustre Alfa de la firma.
Mantuve la postura: el torso erguido, los hombros alineados y la mirada fija en el entramado de cristal que sostenía las piezas.
—No hay tensión posible cuando se opera bajo la absoluta precisión matemática —repliqué con voz calmada, imperturbable y helada, extendiendo la mano para avanzar mi alfil en diagonal ascendente—. El control no se pierde, Dorian; se ejerce.
Dorian soltó una risa grave y sofocada, un sonido lleno de cinismo que resonó entre los anaqueles de libros. Giró la manzana entre sus dedos manchados y clavó sus ojos avellana en el pequeño reloj de bolsillo que descansaba sobre la mesa.
—Díselo a tu talismán, hermano —señaló Dorian, indicando con la barbilla el metal plateado—. El reloj de la soberbia está parpadeando de forma inconstante. Su brillo ha bajado a la mitad de su intensidad habitual. El pulso lunar parece abrumado, Alfa. ¿Acaso encontraste a alguien que no se arrodilla ante tu chequera?
—No hay nada que no pueda manejar —espeté con dureza, apretando los dientes con suficiente fuerza como para marcar los músculos de la mandíbula. Estiré el brazo y desplacé mi torre dos casillas al frente, haciendo resonar la base de acrílico con un golpe seco contra el nivel intermedio—. Un pequeño contratiempo en la mesa de negociación no altera el resultado final del juego.
Desde las profundidades del sillón de terciopelo, con la cabeza ladeada contra el respaldo en una postura de completa inercia física, Orión emitió una risa tenue, apenas un soplo de aire que dibujó una sonrisa de lado en su rostro pálido. Era la mueca de un Omega que observaba las luchas de poder de sus hermanos mayores desde la distancia de quien no tiene nada que demostrar.