El eco de la partida de ajedrez tridimensional en el santuario privado del club cross todavía retumbaba en las cavidades más profundas de mi mente a la mañana siguiente. Las tablas forzadas por la indolencia casi insultante de Orión, sumadas a las pullas cargadas de veneno y doble sentido con las que Dorian intentó acorralarme, habían dejado en mi garganta un regusto amargo de rabia contenida. Un Cross jamás empata. Un Cross jamás retrocede, ni cede un solo milímetro de terreno frente a nada ni a nadie; y mucho menos iba a permitir que la sombra de aquella partida nocturna nublara la nitidez de mi juicio en el corazón financiero de mi imperio.
A las siete y media en punto de la mañana, la suite principal del piso setenta de la Torre Cross era ya una cámara de frío glacial y cristal blindado. La ciudad se extendía abajo como un mapa de concreto y luces parpadeantes bajo una neblina matutina que comenzaba a disiparse. Ajusté los gemelos de plata con forma de cuarto menguante sobre los puños de mi camisa negra, me pasé la mano por el cabello azabache para asegurar que ni un solo mechón estuviera fuera de lugar y me clavé en el reflejo de la ventana. Mis ojos grises, oscuros como el cielo antes de una tempestad, devolvían una mirada impenetrable. En el bolsillo interior de mi saco, el reloj lunar reposaba en una quietud tensa, como una fiera adormecida tras el choque de la noche anterior.
La puerta de mi despacho se abrió con un murmullo imperceptible del mecanismo hidráulico. Elena avanzó sobre la alfombra de lana virgen con la disciplina de un soldado entrenado, sosteniendo la tableta corporativa en sus manos.
—La señorita Viktoria Vance ya ha hecho su ingreso al edificio principal —anunció Elena, con una voz monótona que buscaba enmascarar la inquietud que se respiraba en todo el piso—. Se encuentra en el vestíbulo intermedio revisando los paneles de control de accionistas. Ha solicitado una audiencia formal para esta mañana con el propósito de revisar los anexos del contrato de la división farmacéutica.
Una sonrisa imperceptible, fría como el filo de un bisturí, se dibujó en la comisura de mis labios. El momento de restablecer el orden natural de las cosas había llegado.
—Hágala pasar en cuanto llegue al vestíbulo superior —ordené sin girarme a mirarla, manteniendo los ojos fijos en la nada—. Y antes de que se le ocurra tomar asiento, quiero que coordines con el departamento de archivos centrales. Vas a traer inmediatamente a esta oficina los expedientes completos de auditoría de las filiales de distribución en el cono sur, los balances fiscales no auditados de los últimos cinco años de la rama biotecnológica y todas las carpetas de reestructuración legal pendiente de la planta del este. Quiero todo apilado sobre la mesa de juntas auxiliar antes de que el reloj marque las ocho y quince.
Elena titubeó. Fue un segundo insignificante, una fracción de parpadeo que en cualquier otro empleado habría pasado desapercibida, pero que en mi radar mental sonó como una alarma de incendio.
—Señor Cross... —aventuró Elena, bajando levemente el tono—. La carga de expedientes que menciona corresponde al trabajo operativo consolidado de tres departamentos distintos durante al menos un trimestre. Si le asignamos ese volumen a una sola socia en su primera semana de integración...
—No te he pedido una evaluación de recursos humanos, Elena —la interrumpí. Mi voz no bajó de volumen, pero se volvió de pronto densa, cargada de un peso sofocante que pareció comprimir el aire de la estancia—. Si la señorita Vance presume ante la directiva de poseer la capacidad analítica y la suficiencia jurídica para cuestionar las directrices de la presidencia ejecutiva, no tendrá el menor problema en demostrarlo procesando el equivalente a tres semanas de trabajo en una sola jornada. Ejecuta la orden. Sin objeciones.
—Entendido, señor Cross.
La secretaria inclinó levemente la cabeza y se retiró en silencio. Me quedé solo durante diez minutos, sintiendo cómo la adrenalina helada corría por mis venas. La soberbia no era simplemente un vicio en mi vida; era el cimiento sobre el cual había erigido mi dinastía. Si los cimientos temblaban ante una intrusa, la estructura entera corría el riesgo de colapsar. Victoria Vance creía que podía irrumpir en mi mesa de juego sin pagar el peaje; hoy aprendería el costo real de desafiar a un Alfa.
A las ocho y catorce, Elena terminó de colocar la última carpeta sobre la caoba de la mesa auxiliar. La pila de documentos físicos y dispositivos de almacenamiento cifrado alcanzaba una altura casi grotesca: un monumento de papel, tinta y códigos que habría hecho palidecer a cualquier equipo de abogados veteranos.
Exactamente un minuto después, las pesadas puertas de madera de nogal se abrieron de par en par.
Viktoria Vance cruzó el umbral. Su caminar no contenía ni un gramo de vacilación; era una secuencia de pasos pausados, medidos y felinos que retumbaban con una cadencia firme contra el piso pulido. Vestía un traje sastre de dos piezas en tono gris plomo, perfectamente entallado, con una camisa blanca de seda abotonada hasta el último ojal del cuello, sin la menor concesión a la adornos superfluos. Llevaba el cabello azabache recogido en una coleta tirante y alta, destacando la marcada simetría de sus facciones, la firmeza de su mandíbula y esos ojos de un gris acero tan helado que competían en temperatura con la neblina tras el ventanal.
Se detuvo a mitad de la oficina, sosteniendo un maletín de cuero negro en la mano izquierda. No miró el mobiliario de lujo ni la impresionante vista panorámica; sus pupilas se clavaron de inmediato en mí, como si estuviera evaluando las dimensiones exactas del rival antes de dar el primer paso en la arena.
—Veo que las primeras horas de la mañana no han servido para mitigar la rigidez de su carácter, señor Cross —saludó Viktoria. Su voz era magnética, grave y con ese matiz cínico que lograba raspar mi paciencia—. Aunque supongo que esa pintoresca montaña de expedientes no ha sido colocada ahí para mejorar la acústica de su despacho.