Ecos de Amor

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Capítulo 3: Murmullos del silencio

​La puerta de la suite privada se cerró con un chasquido sutil, dejando a Tristán sumido en un silencio que repentinamente le pareció abrumador.

​Se quedó inmóvil a mitad de la habitación, con los puños ligeramente apretados. Su pulso, habitualmente frío y calculado, latía con una rapidez desacostumbrada. En sus ojos aún se reflejaba la imagen de Eluna Carter: una mujer joven, de mirada limpia y decidida, que acababa de romper todas sus barreras de seguridad sin apenas despeinarse.

​«Recuerde que para cuidarlo a él, usted también necesita respirar de vez en cuando».

​Las palabras de Eluna resonaban en las paredes de su mente como una acusación implícita. Tristán apretó la mandíbula y caminó lentamente hacia la cuna. Se inclinó sobre la barandilla y contempló a su hijo. Matts continuaba durmiendo en una postura relajada, ajeno al torbellino de emociones que acababa de sacudir el ambiente.

​Tristán extendió la mano, rozando con la yema de sus dedos la mejilla tibia del bebé. Su instinto obsesivo le exigía llamar de inmediato al jefe de seguridad del complejo para reprenderlo por la falla de protocolo, pero una punzada de frustración le frenó la mano sobre el comunicador. Aquella desconocida había logrado en tres minutos lo que sus monitores de última generación y su equipo de especialistas no consiguieron en dos horas de llanto: conectar con la necesidad básica de su hijo.

​Extendió la palma sobre el pecho de Matts para sentir el ritmo constante de su respiración y cerró los ojos un instante. Un pensamiento amargo y recurrente cruzó su mente: Sofía habría amado a esa joven por su calidez espontánea. Él, en cambio, solo sentía una inquietante vulnerabilidad que amenazaba el control que con tanto dolor había construido.

​A varios kilómetros de allí, el ambiente en el centro de la ciudad era completamente opuesto.

​Eluna Carter ajustó las solapas de su filipina blanca con vivos azul turquesa, el uniforme de terapeuta infantil que llevaba años vistiendo en clínicas ajenas, pero que hoy cobraba un significado completamente distinto. El aroma a pintura fresca y madera limpia impregnaba el amplio vestíbulo del nuevo recinto.

​Aunque Eluna ya contaba con un nombre reconocido y una sólida trayectoria trabajando con niños neurodivergentes y condiciones de desarrollo complejas, este espacio representaba su sueño más ambicioso hecho realidad. El local era espacioso, bañado por luz natural gracias a grandes ventanales, y diseñado minuciosamente desde cero.

​Recorrió con la mirada cada rincón: la sala de integración sensorial equipada con columpios terapéuticos, paredes de escalada blanda, texturas táctiles y albercas de pelotas sensoriales; las aulas de estimulación cognitiva con mobiliario adaptado; y los espacios de calma pensados para evitar la sobreestimulación de sus pequeños pacientes.

​—Te dije que los paneles acústicos de madera clara le darían el toque perfecto —resonó una voz firme y orgullosa tras ella.

​Eluna se giró para encontrarse con la figura alta y sonriente de su padre, Thomas Carter. El hombre, cuya reciente fortuna en el sector industrial no había borrado la calidez de sus orígenes, se acercó a su hija con los brazos abiertos.

​—Papá... es increíble. Es exactamente como lo imaginé en mis cuadernos de bocetos —dijo Eluna, abrazándolo con fuerza.

​—Te lo ganaste tú sola con tu esfuerzo y tu talento, mi niña. Yo solo puse la herramienta para que el mundo vea lo que eres capaz de hacer —respondió Thomas, dándole un beso en la frente al separarse—. La prensa local y los especialistas que invitaste ya están llegando para el corte de cinta. Todo el sector médico infantil está hablando de la apertura de este centro.

​Eluna sonrió, ajustándose el gafete profesional prendido al pecho. El episodio de la tarde anterior en los laboratorios Millers y la mirada atormentada de aquel hombre alto en la suite privada aún cruzaban su mente por intervalos, pero hoy era su día.

​Con el uniforme impecable, la pasión intacta y el respaldo incondicional de su padre, Eluna caminó hacia las puertas principales de su nuevo consultorio, lista para cortar la cinta e iniciar la etapa más importante de su carrera, sin sospechar que el destino no tardaría en cruzar nuevamente su camino con el del hombre que intentaba sostener el mundo a solas.




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