Ecos de Amor

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Capítulo 4: Ecos en la pantalla

​La penumbra del salón privado en la residencia de Tristán contrastaba con la tenue luz del televisor de pantalla plana, que emitía un noticiero local en volumen moderado. Tristán permanecía sentado en el sofá de cuero oscuro, balanceando con un ritmo casi autómata al pequeño Matts, quien descansaba plácidamente sobre su pecho, envuelto en una cobijita de hilo.

​A su alrededor, la presencia de sus dos amigos de la infancia —Marcus, cirujano cardiovascular, y Julian, abogado corporativo del holding Millers— lograba romper de forma casi imperceptible el aislamiento en el que solía sumergirse.

​—Sigues manteniendo ese agarre de cirujano, Tristán —comentó Marcus, dando un sorbo a su vaso de whisky mientras lo observaba desde el sillón contiguo—. Si sigues apretando tanto la mandíbula, vas a fracturarte un diente. Relaja los hombros, el niño está dormido.

​Tristán no respondió inmediatamente. Ajustó los dedos alrededor de la espalda de Matts, asegurándose de que la posición de su cabeza estuviera alineada.

​—Está bien así —murmuró Tristán con tono bajo y rasposo—. Si me relajo, pierde el apoyo.

​—Lo que pierde es la capacidad de sentir que su padre no es una estatua de mármol —intervino Julian, revisando unos documentos en su tableta antes de alzar la vista hacia la pantalla—. Por cierto, hablando de movimientos en la ciudad... mira eso.

​El faldón de noticias de la cadena local mostraba una toma en vivo desde el distrito médico. Aunque no se trataba de una recepción ostentosa de la alta alcurnia, la cámara enfócaba un edificio moderno de líneas limpias. La voz del reportero resonó en el salón: «...la inauguración del nuevo centro de desarrollo e integración infantil. Un proyecto independiente encabezado por la reconocida especialista Eluna Carter, que promete revolucionar las terapias de neurodesarrollo con equipamiento sensorial de última generación...»

​En la imagen, Eluna aparecía con su filipina blanca con azul turquesa, sosteniendo unas tijeras doradas junto a un hombre mayor de aspecto firme y sonrisa orgullosa.

​Tristán se congeló. Su mirada quedó fija en el rostro de la joven que, apenas veinticuatro horas antes, había invadido la privacidad de su laboratorio y sostenido a su hijo en brazos.

​—Vaya, la hija de Thomas Carter —dijo Julian, inclinándose hacia adelante—. El magnate del sector industrial. Es nuevo dinero, pero el tipo ha sabido mover sus fichas. Dicen que la chica tiene una lista de espera de meses desde que trabajaba para la clínica central. Diseñó todo el concepto ella misma.

​—El diseño sensorial no es nuevo —intervino Tristán de inmediato, su voz teñida de una frialdad defensiva—. Es solo una reestructuración de espacios táctiles. Nada que un protocolo médico riguroso no pueda superar.

​Marcus soltó una breve carcajada, negando con la cabeza.

​—Siempre tan clínico, Millers. La medicina no solo son algoritmos y fármacos, por más que te empeñes en reducir tu vida a este laboratorio corporativo. A veces el entorno y el enfoque humano hacen lo que una dosis no logra.

​—La ciencia necesita precisión, no intuiciones —replicó Tristán, apretando el agarre sobre la manta de Matts.

​Sin embargo, por dentro, una marea de contradicciones comenzaba a sacudirlo. Las palabras de Marcus chocaban directamente con la imagen que no había podido borrar de su mente en todo el día: las manos de Eluna sosteniendo a Matts con un cuidado casi instintivo, el silencio inmediato que había logrado en el bebé y la serenidad con la que lo había confrontado a él, sin amedrentarse ante su temperamento.

​—Bueno, precisión o no, la prensa le está dando bastante cobertura por el apellido de su padre —añadió Julian, observando a Tristán con detenimiento—. Deberías considerar enviar una representación del área de investigación de la empresa. Sería una buena alianza para los ensayos de desarrollo infantil que tenemos frenados.

​—No —dijo Tristán tajantemente, apartando la mirada de la televisión—. No mezclo la corporación con proyectos independientes sin aval clínico tradicional.

​—Sigues levantando muros para que nada cambie, Tristán —susurró Marcus, mirándolo con cierta pesadez—. Pero Matts va a crecer. Y tú no vas a poder controlar cada molécula de aire que respire para siempre.

​Tristán no contestó. Bajó la vista hacia su hijo, cuyos ojitos comenzaban a entreabrirse lentamente, soltando un pequeño gemido de molestia. El llanto leve del bebé empezó a escalar de nuevo en la penumbra de la sala, y Tristán volvió a erguirse, intentando mecerlo mecánicamente mientras la imagen de Eluna en la pantalla se apagaba para dar paso a otro titular.




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