Ecos de Amor

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Capítulo 5: Fisuras en el santuario

​El llanto de Matts no era el de un bebé con hambre o sueño. Era un gemido agudo, desgarrador, que se clavaba en los oídos de Tristán como un bisturí.

​Tristán caminaba de un lado a otro en la suite, con el rostro pálido y las ojeras marcadas por tres días de insomnio absoluto. La situación había comenzado a salirse de su control de forma alarmante. Al tomar a Matts en brazos, notó cómo el pequeño alternaba entre una rigidez muscular inusual en sus extremidades y una extraña flacidez alrededor de su boquita, lo que le impedía prenderse del biberón. Llevaba horas rechazando el alimento y su cuerpo no respondía a las maniobras habituales de consuelo.

​Sobre la mesa del laboratorio, las pantallas mostraban una batería completa de exámenes: analíticas de sangre, paneles genéticos, resonancias y electroencefalogramas.

​Todo estaba dentro de los parámetros normales. Excelente. Impecable.

​Y eso era exactamente lo que aterrorizaba a Tristán. Como médico, la falta de un diagnóstico claro lo dejaba completamente a ciegas; su mente científica, acostumbrada a resolver ecuaciones y encontrar patrones, colapsaba ante la nada.

​La puerta de la estancia se abrió y Marcus entró, retirándose el estetoscopio del cuello tras haber revisado de nuevo al lactante.

​—Sus constantes vitales están estables, Tristán. No hay infección, no hay daño neurológico estructural —dijo Marcus con firmeza, poniendo una mano pesada sobre el hombro de su amigo—. Los valores médicos están excelentes.

​—¡Entonces explícame qué tiene! —exclamó Tristán en un susurro violento, con la voz quebrada por la desesperación—. ¡Míralo, Marcus! Su musculatura no responde bien, tiene apatía, no quiere comer. ¡No voy a quedarme de brazos cruzados viendo cómo se apaga sin hacer nada!

​—Lo que tiene no se cura con un fármaco en una probeta, Tristán —respondió Marcus, mirándolo fijamente a los ojos—. Tiene un estrés sensorial e inhibición motora por tensión. Matts está absorbiendo todo el ambiente en el que vive: la rigidez, el aislamiento, tu propia angustia reprimida. Necesita estimulación temprana, trabajo de integración motriz. Llévalo con una fisioterapeuta o una especialista en neurodesarrollo infantil.

​—No voy a exponerlo a extraños...

​—¡Tienes que hacerlo! —lo interrumpió Marcus—. Y hazlo pronto, porque si no lo haces tú, alguien más lo va a hacer por ti.

​Tristán apretó los dientes, sintiendo una helada opresión en el pecho. Sabía a qué se refería.

​Apenas dos horas antes, Elena, la madre de Sofía, se había presentado en el complejo. Su visita no había sido de consuelo, sino una embestida fría y despiadada. Ver a su único nieto envuelto en un entorno tan estéril, rodeado de monitores y bajo la supervisión de un padre al que consideraba incapaz de entregar afecto tras la pérdida de su hija, había colmado su paciencia.

​«Es un bebé, Tristán, no uno de tus experimentos», le había gritado Elena en el pasillo, con los ojos llenos de rabia y desprecio. «Lo tienes encerrado en este mausoleo de cristal, sin calor, sin amor, hundiéndolo en tu propia amargura. Si no buscas ayuda profesional adecuada y le das una vida real en las próximas cuarenta y ocho horas, iniciaré un proceso legal para quitarte la custodia de mi nieto. No voy a permitir que destruyas a lo único que me queda de Sofía».

​La amenaza de su suegra resonaba en su cabeza como un reloj de arena que se agotaba. El miedo a perder a Matts, el único lazo físico que le quedaba con el amor de su vida, se mezclaba con el pánico de tener que ceder y abrir las puertas de su castillo blindado.

​Tristán miró a su hijo, quien soltaba un débil quejido mientras apretaba los puñecitos contra su pecho. Su orgullo, su necesidad de control y sus convicciones científicas se desmoronaron en un instante bajo el peso de una sola prioridad: salvar a Matts de las sombras que él mismo había construido a su alrededor.

​Tristán caminó hacia su escritorio, tomó su teléfono personal y, con los dedos temblorosos por la tensión, buscó la tarjeta de presentación que había quedado registrada en el sistema de recepción del laboratorio dos días atrás.

​Pantalla en mano, fijó la mirada en el nombre grabado en la pantalla: Eluna Carter. Centro de Integración y Terapia Infantil.




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