Ecos de Amor

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Capítulo 9: El latido que no se calcula

​La luz cálida del atardecer se filtraba entre los ventanales del amplio despacho de Eluna en el centro terapéutico. Sobre su escritorio, el expediente clínico de Matts permanecía abierto, lleno de anotaciones minuciosas sobre el tono muscular, la respuesta táctil y la evolución de sus reflejos.

​Sin embargo, los pensamientos de Eluna iban mucho más allá de las métricas.

​Amar a sus pacientes era la fuerza motora de su vocación. Cada niño que cruzaba la puerta de su consultorio traía consigo una lucha invisible, y ella se entregaba por completo a ser ese puente entre su fragilidad y su fortaleza. Pero con Matts... con Matts había algo distinto. El pequeño de ojitos profundos y mirada atenta se le había colado bajo la piel desde el primer instante en que lo sostuvo en brazos para calmar su llanto.

​Había una ternura pura en la forma en que el bebé buscaba refugio en su pecho, una necesidad de afecto tan genuina que despertaba en ella un instinto de protección feroz. Y luego estaba Tristán. La imagen del médico alto, imponente pero roto por dentro, intentando contener un mar de dolor tras una armadura de hielo, no se apartaba de su mente. La forma en que ella lo había defendido frente a la abuela de Matts no fue una estrategia profesional; nació directamente de su corazón, de una empatía profunda que amenazaba con rebasar las fronteras de su rol como terapeuta.

​Un par de golpecitos suaves en el marco de la puerta abierta la hicieron alzar la mirada.

​—¿Aún trabajando a estas horas, mi niña? —preguntó Thomas Carter, entrando al despacho con la calidez paternal que lo caracterizaba. Llevaba dos tazas de café humeante en las manos y una sonrisa serena.

​—Solo revisaba los avances de la jornada, papá —respondió Eluna, devolviéndole la sonrisa mientras cerraba suavemente la carpeta de Matts.

​Thomas caminó hasta el escritorio, le entregó una de las tazas y se acomodó en el sillón de enfrente. Observó el gesto pensativo de su hija, conociéndola demasiado bien como para no notar la agitación que llevaba dentro.

​—Ese no es el rostro de una terapeuta analizando cifras, Eluna —dijo Thomas en voz baja, dando un sorbo a su café—. Te conozco. Traes algo atravesado en el pecho. ¿Tiene que ver con la discusión que hubo esta mañana en la sala de evaluación?

​Eluna suspiró, dejando la taza sobre la mesa. Entrelazó los dedos sobre su regazo y miró a su padre a los ojos, buscando la guía que siempre encontraba en él.

​—Es el caso de Matts, papá —confesó con la voz impregnada de una sinceridad vulnerable—. Y de su padre, el Señor Millers.

​—Escuché un poco de lo que sucedió con la abuela del niño —comentó Thomas, frunciendo levemente el ceño—. Un panorama familiar complejo.

​—Es desolador —admitió Eluna, sintiendo cómo un nudo se le formaba en la garganta—. Ese bebé está absorbiendo todo el dolor de una pérdida que no entiende. Y su padre... Tristán está aterrorizado. Siente que si afloja el control un solo segundo, el mundo se le va a volver a derrumbar. Se ha encerrado en una soledad tan absoluta que se está destruyendo a sí mismo en el proceso.

​Thomas la escuchó en silencio, observando la pasión y la angustia contenida en la mirada de su hija.

​—Te preocupa el bebé, pero también te preocupa él —observó su padre con tono suave, sin juzgarla.

​—Me dolió profundamente ver cómo esa mujer intentaba arrebatarle lo único que le queda —dijo Eluna, erguida, con los ojos brillando por la intensidad de sus emociones—. Amo a mis pacientes, papá. Sabes que me entrego a cada uno de ellos con el alma, pero cuando defendí a Tristán hoy... no solo estaba protegiendo el entorno del niño. Sentí la necesidad absoluta de ponerme como un escudo ante ese hombre para que nadie volviera a lastimarlo.

​Thomas sonrió con infinita dulzura, extendiendo la mano sobre la mesa para tomar la de su hija y darle un apretón reconfortante.

​—Eso habla de la grandeza de tu corazón, Eluna. Siempre has tenido esa capacidad para ver la luz detrás de las grietas de las personas. Pero ten cuidado, mi amor. El dolor de un hombre que ha perdido a su esposa y que vive amurallado puede ser un terreno muy peligroso. Puedes intentar sanar la herida, pero no puedes llevar el peso de su duelo sobre tus hombros.

​—Lo sé —murmuró ella, mirando la taza de café entre sus manos—. Intento mantener la distancia profesional, de verdad lo intento... pero cuando veo a Matts sonreír o cuando noto que la mirada de Tristán busca la mía para encontrar algo de paz, siento que las líneas se borran. No quiero fallar como terapeuta, pero tampoco puedo fingir que no siento absolutamente nada.

​—No tienes que dejar de sentir para ser una buena profesional —dijo Thomas con voz firme y amorosa—. Solo mantén los pies en la tierra. Si el destino te puso en el camino de esa familia, es porque tienes la luz que ellos necesitan. Deja que tu trabajo hable por ti y que el tiempo ponga cada emoción en su lugar.

​Eluna miró a su padre, dejando escapar un suspiro de alivio que le alivió el pecho. Se levantó, rodeó el escritorio y le dio un abrazo apretado en la espalda.

​—Gracias, papá. Siempre sabes qué decir.

​—Siempre voy a estar aquí para ti, mi niña —respondió él, dándole un beso en la mejilla.




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