Ecos de Amor

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Capítulo 11: La fragilidad del sol

Las semanas transcurrieron con una fluidez que Tristán no habría creído posible un mes atrás.

Las sesiones de integración sensorial en el centro se habían convertido en el eje de su rutina. Matts no solo presentaba una mejoría motriz sobresaliente —su succión era fuerte, la rigidez había desaparecido de sus extremidades y sus balbuceos comenzaban a llenar la casa de vida—, sino que el propio Tristán se descubría a sí mismo contando las horas para que llegara el final de la tarde.

Estar allí, bajo la mirada serena de Eluna, significaba el único momento del día en que no tenía que ser el presidente de un imperio científico ni el médico infalible. Podía, simplemente, aprender a ser padre.

Aquella tarde, siendo Matts el último paciente en la agenda del centro, la atmósfera en la sala privada se sentía más pausada que de costumbre. Sin embargo, al cruzar la puerta, Tristán notó de inmediato que algo no estaba bien.

Eluna los recibió vistiendo su habitual filipina turquesa, pero esta vez llevaba un tapabocas médico cubriéndole la mitad del rostro. Aunque intentaba mantener la postura erguida, la calidez de sus ojos lucía opacada por un matiz vidrioso, y su piel, habitualmente lozana, mostraba un rubor febril marcado sobre los pómulos.

—Buenas tardes, Señor Millers —dijo ella, su voz sonando levemente amortiguada y rasposa tras el filtro de la mascarilla—. Lamento la protección adicional, amanece un poco quebrantada y prefiero no arriesgar a Matts.

—Si no se siente bien, podíamos haber pospuesto la sesión —respondió Tristán de inmediato, frunciendo el ceño mientras acomodaba al bebé en el tapete.

—Estoy bien, de verdad. Solo es un malestar pasajero —aseguró ella con una sonrisa débil que se intuyó bajo la tela.

Eluna se agachó para iniciar la pauta de estimulación táctil. Marcó con precisión el primer ejercicio de movilización en las piernas de Matts, guiando los brazos de Tristán como de costumbre. Pero al intentar incorporarse para tomar la libreta de anotaciones, un mareo súbito la hizo tambalearse.

Eluna llevó una mano a la pared para sostenerse y tuvo que sentarse bruscamente sobre el borde del sillón contiguo, dejando escapar un suspiro entrecortado. El calor que emanaba de su cuerpo era perceptible a casi un metro de distancia.

Al verla tan vulnerable, un látigo de pánico helado atravesó el pecho de Tristán.

En un segundo, la escena de Eluna debilitada disolvió el presente y lo arrojó de golpe a los peores recuerdos de su vida: el hospital, las luces parpadeantes, la temperatura descontrolada de Sofía y la aterradora sensación de impotencia al ver cómo la salud de quien amaba se desmoronaba sin poder detenerlo. El miedo, amargo y voraz, amenazó con paralizarlo, pero esta vez el instinto de protección le ganó a la culpa.

En un movimiento rápido y fluido, Tristán se levantó del tapete, se acercó a ella y se agachó a su lado sin pedir permiso.

—Señor Millers, no se acerque... puede ser contagioso —murmuró Eluna, intentando apartarse levemente.

Tristán ignoró la advertencia. Con la precisión de sus años de práctica clínica, extendió la mano y posó el dorso de sus dedos directamente sobre la frente descubierta de Eluna. La piel de la joven ardía.

—Tiene más de treinta y nueve grados de fiebre —dictaminó él con una voz profunda, grave y cargada de un control absoluto que no admitía objeciones—. Su pulso está taquicárdico y está al borde de un colapso por deshidratación. La terapia se terminó por hoy.

—Estoy bien, Señor Millers... es solo un resfriado —alcanzó a susurrar Eluna, intentando ponerse de pie para demostrar firmeza, pero las fuerzas le fallaron y sus rodillas cedieron.

Antes de que tocara el suelo, las manos firmes de Tristán la sujetaron por la cintura y la sostuvieron con una fuerza desmedida, pegándola contra su pecho. La fragilidad de Eluna en sus brazos activó en el científico un impulso feroz: no iba a permitir que la historia se repitiera. No bajo su mirada. No cuando se trataba de ella.




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