Ecos de Amor

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Capítulo 12: El instinto del médico

Sostener a Eluna en brazos mientras su cuerpo ardía por la fiebre reactivó en Tristán un mecanismo de defensa que creía sepultado. Su mente de científico descartó la parálisis del pánico y dio paso a la precisión fría de un cirujano.

—No voy a discutir esto con usted —murmuró Tristán cerca de su oído, con una voz baja pero impregnada de una autoridad incuestionable.

La acomodó suavemente en el sillón de la sala. Eluna apenas logró asentir, abrumada por la pesadez en sus párpados. En cuestión de segundos, Tristán tomó a Matts con extrema delicadeza, lo aseguró en su portabebés y caminó hacia la recepción.

—Llama a su padre o a su asistente de inmediato —le ordenó a la recepcionista con un tono firme que no admitía réplica—. Carter tiene una fiebre alta que está escalando. Yo la voy a llevar al piso de atención médica en el vehículo, que traigan su bolso ahora.

Sin esperar respuesta, regresó por Eluna. Pasó un brazo por debajo de sus rodillas y el otro rodeándole la espalda, levantándola sin esfuerzo. Sentir la calidez frágil de la joven contra su pecho despertó en Tristán una tormenta interna. No de nuevo. No bajo mi supervisión, se repetía como un mantra implacable. Su instinto posesivo y protector, endurecido por el duelo, exigía tomar el control absoluto de la situación.

En el trayecto en su camioneta privada, Tristán no despegaba la vista del espejo retrovisor para vigilar la respiración de Eluna en el asiento trasero junto a la cuna de Matts. Al llegar a su residencia corporativa, el equipo médico privado que solía monitorear a su hijo ya estaba convocado en la entrada por orden suya.

—Doctor Millers, ¿qué ocurre? —preguntó la médica de guardia al ver entrar a Tristán cargando a la joven.

—Deshidratación severa, picos febriles por encima de los treinta y nueve grados y posible cuadro infeccioso respiratorio —dictaminó Tristán con rapidez clínica, depositando a Eluna en la cama de la suite de invitados—. Preparen una vía intravenosa con antipiréticos y solución salina. Quiero una biometría hemática completa en veinte minutos.

Eluna, con la mirada entreabierta por el sopor de la fiebre, intentó levantar una mano.

—Señor Millers... no era necesario... esto es demasiado... —susurró con la voz quebrada.

Tristán se acercó a la cabecera, se inclinó sobre ella y le tomó la mano entre las suyas. Sus dedos, normalmente fríos y distantes, la sujetaron con una firmeza desesperada que delataba el miedo feroz que llevaba por dentro.

—Guarde silencio, Eluna —le pidió él, con un tono en el que la brusquedad se mezclaba con una vulnerabilidad inédita—. Por una vez en su vida, deje que alguien más se ocupe de usted. No voy a permitir que nada le pase.

Eluna lo miró a través de la bruma del malestar. En los ojos grises de Tristán no había la distancia del científico, sino la devoción atormentada de un hombre que estaba dispuesto a mover cielo y tierra para protegerla. Un suspiro suave escapó de sus labios antes de cerrar los ojos, cediendo por fin al cansancio bajo la guardia incansable del hombre que intentaba sanar a su lado.




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