El primer destello de la aurora comenzó a filtrarse por los ventanales del Complejo Millers, tiñendo la suite de invitados con un matiz azulado y frío.
Tristán abrió los ojos. No había dormido en toda la noche. Había permanecido sentado en el sillón de cuero situado a un par de metros de la cama, vigilando el monitor de temperatura con la cadencia de un guardián silencioso. Con la prudencia y el respeto absoluto que lo caracterizaban, se mantuvo siempre a una distancia cuidadosa, limitándose a verificar de lejos que la vía intravenosa fluyera bien y que la respiración de Eluna se mantuviera rítmica.
Al notar que las pestañas de ella comenzaban a moverse, Tristán se erguía despacio.
Eluna abrió los ojos lentamente. La pesadez febril y la bruma de la noche anterior se habían disipado, dejando únicamente un cansancio residual. Al enfocar la vista, se encontró con la figura erguida de Tristán, quien la observaba con una intensidad serena, manteniendo las manos dentro de los bolsillos de su abrigo.
—Buenos días —habló él en un murmullo grave y rasposo por la falta de sueño, dando un par de pasos cautelosos hacia la cama—. Su fiebre cedió por completo a las tres de la mañana. Las analíticas muestran que la infección está cediendo.
Eluna intentó incorporarse, y aunque aún se sentía algo débil, notó de inmediato que el malestar agudo había desaparecido. Miró la bolsa de solución casi vacía y luego al hombre frente a ella.
—Señor Millers... yo... no sé qué decir —admitió ella con voz suave, acomodándose el cabello detrás de la oreja—. Lamento mucho haber causado estas molestias y haber interrumpido la rutina de Matts de esta manera.
Tristán negó con la cabeza de forma tajante.
—No hay nada que lamentar —dijo él, fijando sus ojos grises en los de ella con un matiz de vulnerabilidad sobria—. Al contrario. Soy yo quien debe agradecerle, Eluna. No solo por lo que ha hecho por mi hijo durante estas semanas, devolviéndole la salud y la calma, sino... por permitirme estar aquí para cuidarla. Fue mi responsabilidad velar por usted anoche.
El uso de su nombre de pila en lugar del habitual tratamiento formal cayó como un susurro cálido entre los dos. Eluna sintió que el pulso se le aceleraba sutilmente ante la franqueza de sus palabras, pero antes de que pudiera responder, unos pasos apresurados resonaron en el pasillo exterior.
La puerta de la suite se abrió y Thomas Carter entró a la habitación con el rostro desencajado por la angustia, acompañado por el personal de seguridad del complejo. Al ver a su hija despierta y en buen estado, soltó un largo suspiro de alivio.
—¡Eluna! Mi niña... —exclamó Thomas, acercándose de inmediato a la cama para abrazarla con fuerza y besarle la frente—. Cuando la clínica me avisó que habías colapsado y que el doctor Millers te había trasladado a su residencia privada, casi me da un ataque.
—Estoy bien, papá. De verdad —aseguró Eluna, correspondiendo el abrazo—. El Señor Millers y su equipo médico me atendieron impecablemente. Solo fue un pico de fiebre por agotamiento.
Thomas se erguía y se giró hacia Tristán. Ambos hombres se midieron con la mirada durante un segundo: el poderoso magnate industrial y el eminente científico.
—Le agradezco profundamente la atención médica y la rapidez con la que actuó con mi hija, Doctor Millers —dijo Thomas con voz firme y educada, extendiendo la mano—. Sin embargo, ahora que su cuadro está estable, me la llevaré a casa. Necesita descansar en su propio entorno.
—Lo comprendo perfectamente, Señor Carter —respondió Tristán, estrechando su mano con respeto formal—. El equipo médico ya preparó las indicaciones para el tratamiento ambulatorio. Mi chofer personal los llevará hasta su residencia para que no tengan ningún inconveniente.
Tras una breve despedida en la que Tristán mantuvo una distancia profesional impecable, Thomas ayudó a Eluna a levantarse y la acompañó fuera del complejo, dejando a Tristán a solas en la suite con el eco de su presencia aún flotando en el aire.
Horas más tarde, en la calidez del amplio departamento de los Carter, el ambiente se sentía sereno y seguro. Eluna estaba recostada en la sala, envuelta en una cobija suave mientras bebía un té caliente de manzanilla.
Thomas entró trayendo un tazón de sopa ligera y se sentó a su lado en el sofá.
—Tienes que tomarte al menos tres días libres del centro, Eluna —le dijo su padre con tono cariñoso pero firme—. No puedes exigirle a tu cuerpo más de lo que puede dar.
—Lo sé, papá... —murmuró ella, mirando el humo que ascendía de su taza.
Sin embargo, su mente no estaba en el cansancio físico. El dilema que llevaba días gestándose en su interior había explotado con una fuerza incontrolable tras los acontecimientos de las últimas doce horas. En la fragilidad de su propio hogar y bajo el resguardo protector de su padre, Eluna no podía seguir ignorando la realidad.
—Papá... necesito pedirte un consejo —admitió con la voz apagada, buscando la mirada de Thomas.
—Dime, mi niña. Sabes que puedes contarme lo que sea.
—Se trata de Matts y de Tristán —confesó Eluna, apretando la taza entre sus manos mientras las lágrimas amenazaban con asomarse a sus ojos—. No son pacientes típicos. Al principio intenté convencerme de que era solo empatía profesional por el caso, pero... hoy me di cuenta de que las barreras se me rompieron por completo.
Editado: 24.10.2026