Los tres días de reposo prescritos por el médico transcurrieron con una lentitud sofocante para Eluna. Aunque su cuerpo se había recuperado por completo de la fiebre, su mente permanecía anclada en la residencia Millers, repasando una y otra vez la forma en que Tristán la había sostenido, la devoción desesperada en su mirada y la conversación reveladora con su padre.
El viernes por la tarde, sintiéndose con energía renovada, Eluna decidió salir a caminar por la zona comercial contigua al distrito médico para airear sus ideas antes de retomar sus labores la semana siguiente. El clima era fresco, y la iluminación tenue del atardecer le devolvía cierta serenidad.
Sin embargo, al cruzar la terraza de una cafetería frecuentada por profesionales del sector, una voz conocida interrumpió su paso.
—¿Eluna? ¿De verdad eres tú?
Eluna se giró y se encontró con Fabián Rivas, un cirujano plástico de familia adinerada con quien había coincidido durante sus años universitarios. Fabián no solo había intentado cortejarla de forma insistente en el pasado, sino que guardaba una espina amarga por la forma en que ella siempre mantuvo una distancia insalvable. Para Eluna, el amor era un compromiso sagrado y la intimidad algo reservado para una entrega genuina; una filosofía que chocaba de frente con la visión superficial y casual que Fabián tenía de las relaciones.
—Hola, Fabián —respondió Eluna con cortesía sobria, dando un paso atrás por instinto al notar la forma en que él la evaluaba de arriba abajo.
—Te busqué después de la inauguración de tu centro, pero me dijeron que estabas 'ocupada' —dijo Fabián, acortando la distancia con una sonrisa petulante—. Veo que sigues siendo la misma chica inalcanzable de la facultad... La que prefiere guardar sus principios en un altar en lugar de disfrutar de la vida.
—Mis principios no son un adorno, Fabián. Simplemente valoro mi vida personal de una forma distinta a la tuya —replicó Eluna con voz serena pero firme, intentando dar por terminada la interacción.
Fabián, resentido por la frialdad persistente y acostumbrado a salirse siempre con la suya, dio un paso más y le tomó el antebrazo con cierta brusquedad fingiendo familiaridad.
—Vamos, Eluna, no seas tan rígida. Un café no le hace daño a nadie. Sigues siendo igual de hermosa, pero esta actitud reservada terminará por dejarte sola.
—Suéltala. Ahora mismo.
La voz no vino de Eluna. Resonó con una gravedad profunda, helada y tan cargada de peligro que el aire alrededor de la terraza pareció congelarse al instante.
Fabián soltó el brazo de Eluna casi por acto reflejo y se giró para encontrarse con la imponente figura de Tristán Millers.
Tristán vestía un abrigo largo oscuro sobre su traje formal. Acababa de salir de una reunión corporativa cercana y caminaba hacia su vehículo cuando sus ojos divisaron la escena. Su rostro era una máscara de piedra, pero en sus ojos grises ardía un instinto posesivo y territorial feroz. La sola vista de otro hombre tocando a Eluna sin su consentimiento había destruido en un segundo su prudencia habitual.
—¿Y tú quién te crees que eres para...? —empezó a recriminar Fabián, intentando mantener la postura.
Tristán dio dos pasos al frente, acorralando la presencia del cirujano con su mera corpulencia física y la autoridad aplastante que emanaba de su apellido.
—Soy la persona que no va a repetirlo una segunda vez —dijo Tristán en un susurro bajo, afilado como una navaja—. Si no quieres que tu carrera en este distrito médico termine antes de que acabe el día, te sugiero que te retires inmediatamente.
El peso del nombre Millers y la mirada implacable del científico hicieron que el ego de Fabián colapsara. Tragó saliva, miró a Eluna con rabia disimulada y, sin articular una sola palabra más, se dio la vuelta y se alejó a pasos apresurados por la avenida.
El silencio que quedó entre Tristán y Eluna se sintió denso, electrificado. Tristán mantenía el pecho agitado, la respiración contenida mientras dirigía su mirada hacia el antebrazo de ella, el mismo que el hombre acababa de sujetar.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Tristán, intentando modular su tono para devolverle la caballerosidad, aunque sus nudillos aún permanecían blancos por la tensión de sus puños cerrados.
Eluna lo miró con los ojos muy abiertos. Sorprendida por la irrupción, pero profundamente sacudida por la reacción protectora de un hombre que, hasta hace poco, afirmaba no querer involucrarse emocionalmente con nadie.
—Estoy bien, Señor Millers... gracias —alcanzó a articular Eluna, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba violentamente en el pecho—. No era necesario que llegara a esos extremos, pero... le agradezco.
Tristán la observó en silencio durante un largo par de segundos. La lucha interna en sus ojos grises era evidente: la barrera del cliente frente a la terapeuta se había resquebrajado de forma definitiva, dejando al descubierto a un hombre dispuesto a cruzar cualquier límite para mantenerla a salvo.
Editado: 24.10.2026