Marcus no se movió de la habitación mientras el sonido de la botella de whisky al estrellarse dentro del cesto de basura rebotaban contra las paredes de roble. Con una determinación helada, sujetó a Tristán por el brazo, lo puso de pie a la fuerza e ignoró las protestas incoherentes del científico hasta meterlo bajo el chorro de agua fría de la ducha.
Minutos después, con Tristán sentado al borde de la cama, envuelto en una bata y con el cabello goteando sobre sus hombros, Marcus regresó trayendo una taza de café negro y denso. Se la puso en las manos con brusquedad.
Tristán dio un sorbo corto, con la mirada fija en el vapor que ascendía del tazón, tratando de recomponer el control que el alcohol le había arrebatado.
—¿Ya terminaste con tu espectáculo? —habló Marcus. Su voz no era suave ni comprensiva. Era fuerte, tajante, cargada de una severidad que cortaba el aire de la estancia.
Tristán frunció el ceño, alzando la vista con irritación.
—No tienes idea de lo que...
—¡¿Quieres perder a tu hijo?! —lo interrumpió Marcus a quemarropa, dando un paso al frente y acorralandololo con la mirada—. ¡¿Quieres seguir viviendo así el resto de tu maldita vida, Tristán?! Si esto es lo que quieres para ti, ¡sé honesto de una buena vez! ¿No sería más sencillo que le entregaras a Matts a la madre de Sofía y te termines de destruir solo en este palacio de hielo?
Tristán se congeló. La mención de entregar a Matts le cayó como un impacto directo en el pecho, haciendo que sus nudillos se tornaran blancos alrededor de la porcelana de la taza.
—Es hora de que busques ayuda por Matts —continuó Marcus sin piedad, alzando la voz para sobreponerse al silencio de la habitación—. ¡Es hora de que te permitas sanar! Nadie podía hacer nada por Sofía, Tristán. Nadie. Su enfermedad se detectó demasiado tarde y tú, como médico, lo sabes perfectamente. Intentaste todo, prolongaste su tiempo lo más que la ciencia permitió, pero su cuerpo no dio más. Ella dio su vida para dejarte un pedacito de los dos en Matts... ¡pero tú te niegas a amarlo de verdad porque prefieres usar el dolor como escudo!
—¡No hables de Sofía! —rugió Tristán, poniéndose de pie de golpe, la voz quebrada por una mezcla de rabia y agonía.
—¡Hablo de Sofía porque se lo prometí antes de que entrara a ese quirófano! —replicó Marcus sin dar un solo paso atrás, encarándolo cara a cara—. Le prometí que no dejaría que te hundieras en la mierda si las cosas salían mal. ¡Y no voy a romper mi promesa solo porque tú quieres jugar al mártir! No se puede ayudar a quien no quiere ser ayudado, Tristán, y tú lo sabes mejor que nadie.
Tristán apretó la mandíbula, la respiración agitada y los ojos grises inyectados en sangre.
—Eluna los ha ayudado mucho —bajó Marcus el tono, aunque la firmeza en su voz permaneció afilada como un bisturí—. En unas pocas semanas logró lo que ninguno de tus monitores ni tus médicos de élite pudo hacer con Matts. Si eres tan cobarde que no puedes verla a la cara porque te da pánico lo que sientes, bien. Busca a otro especialista. Pero sigue creciendo y aprendiendo a ser padre con tu hijo. Y si definitivamente no puedes hacerlo... entonces haz lo que tengas que hacer y termina de destruirte, pero no te lleves a Matts contigo al abismo.
El silencio que siguió a la última frase fue ensordecedor.
Marcus sabía que estaba siendo sumamente cruel. Cada palabra dolía como una estocada, pero había agotado todas las vías diplomáticas durante un año entero. Si ese golpe de gracia no lo hacía reaccionar, tendría que intervenir de manera más drástica para proteger al niño, aunque eso significara perder la amistad de Tristán. Sabía que mientras Tristán siguiera respirando, tarde o temprano se recuperaría del impacto, pero no podía dejar que arrastrara a Matts en su caída.
Tristán permaneció inmóvil en medio de la habitación. La taza de café temblaba levemente en sus manos mientras las palabras de Marcus destruían el último bastión de su autoengaño.
Sin agregar una sola palabra más, Marcus dio media vuelta y salió del dormitorio, cerrando la puerta con firmeza y dejando a Tristán a solas con el eco cruento de la verdad.
Editado: 24.10.2026