Ecos de Amor

20

Capítulo 20: La primera luz del alba

Aquella noche, el silencio del Penthouse Millers se sintió distinto. Ya no era la pesadez de una tumba, sino la calma previa a un renacer.

Tristán caminó hasta su dormitorio principal llevando a Matts en brazos. Desconectó los monitores innecesarios que solía mantener encendidos por pura paranoia y se acostó en la cama king size junto al pequeño, acomodándolo contra su pecho. Con el ritmo cansino de la respiración de su hijo marcando el tiempo, las palabras de Thomas Carter volvieron a resonar en su memoria con un eco desgarrador: «Papá, ¿yo soy una niña mala? Por eso mamá se fue y tú tampoco estás conmigo».

El pensamiento de Eluna sintiéndose sola, no amada y abandonada por la cobardía de su propio padre en el pasado, le atravesó el alma. Tristán apretó a Matts con extrema delicadeza contra su torso, sintiendo el calor del bebé, y dejó correr las últimas lágrimas de luto, culpa y miedo sobre la almohada. Lloró en silencio, en la penumbra de su habitación, pero al limpiar su rostro con el dorso de la mano antes de cerrar los ojos, se hizo una promesa solemne a sí mismo, a Sofía y a su hijo: aquellas serían las últimas lágrimas que derramaría desde la impotencia.

A la mañana siguiente, el sol apenas despuntaba sobre el horizonte cuando Tristán tomó el teléfono. Marcó el número de Marcus.

Apenas veinte minutos después, el médico amigo cruzaba la puerta del penthouse con el rostro rígido, esperando encontrarse con los restos del desastre de los días anteriores. Sin embargo, se detuvo en seco al entrar a la sala.

Tristán lo esperaba de pie. Estaba vestido con ropa cómoda, sin la rigidez de sus trajes ejecutivos, y la mirada gris que solía estar perdida en la bruma del alcohol lucía clara, enfocada y extrañamente serena.

—Marcus —habló Tristán, rompiendo el hielo con una voz baja pero firme—. Gracias por venir tan rápido.

Marcus cruzó los brazos sobre el pecho, observando con cautela.

—Tristán... si vas a volver a discursear sobre tu derecho a destruirte, ahórratelo.

—No —lo interrumpió Tristán de inmediato, dando un paso hacia él—. Vine a pedirte perdón. Tenías razón en cada una de las palabras que me dijiste ayer. Fui un cobarde, un mal amigo y, lo que es peor, estaba siendo un padre ausente para Matts. Me cegué en mi propio dolor y casi me llevo a mi hijo al abismo conmigo.

Marcus parpadeó, aflojando lentamente la postura al notar la sinceridad absoluta en los ojos de su amigo.

—Te perdono, hermano —dijo Marcus con un suspiro profundo, acortando la distancia para darle un golpe firme y afectuoso en el hombro—. Sabes que solo quería que despertaras.

—Lo sé. Y por eso necesito tu ayuda —continuó Tristán, erguido y decidido—. Quiero sanar, Marcus. De verdad quiero hacerlo. Necesito que me recomiendes al mejor psicólogo o terapeuta especializado en duelo que conozcas. Ya no voy a seguir pretendiendo que puedo controlar todo con mi ciencia. Necesito ayuda para ordenar mi mente, por Matts... y por mí.

Una sonrisa de alivio genuino se dibujó en el rostro de Marcus.

—Tengo al colega indicado. Un especialista impecable que te ayudará a procesar la pérdida de Sofía como es debido —respondió Marcus, asintiendo con orgullo—. Me alegra infinitamente escucharte decir esto, Tristán.

—No es el único cambio que voy a hacer —añadió el científico, mirando a su alrededor.

Tristán caminó hacia los grandes ventanales del Penthouse, aquellos que habían permanecido cubiertos por pesadas cortinas automatizadas desde el día en que Sofía falleció. Con un movimiento firme, presionó el mando de la pared y abrió los ventanales de par en par. La luz blanca, cálida y brillante de la mañana inundó cada rincón de la enorme sala, disipando las sombras que habían reinado durante un año entero.

Luego, se dirigió a la estación médica improvisada que había instalado para Matts. Con decisión, comenzó a desconectar y retirar los monitores de constantes vitales, las bombas de infusión innecesarias y el equipo estéril de grado hospitalario que ahogaba el ambiente infantil.

—Matts ya no necesita vivir en un área de cuidados intensivos —declaró Tristán mientras colocaba los aparatos en una caja para que el personal se los llevara—. Mi hijo está sano. Lo que necesita es un hogar, no un hospital. Y yo voy a encargarme de dárselo.

Marcus observaba la escena en silencio, presenciando cómo el hielo de la fortaleza Millers finalmente comenzaba a derretirse bajo el ímpetu de un hombre que había decidido volver a la vida.




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