Ecos de Fanythiel

La Espada de la Princesa.

La columna militar arcadiana avanzaba lentamente por el antiguo camino que conducía hacia la frontera entre el bosque mágico de Fanythiel y las montañas de Khazad-dûm, la legendaria Moira, como la llamaban los humanos a la morada de los enanos.

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Durante horas, el paisaje había ido cambiando.

Los árboles del bosque quedaron atrás y, poco a poco, la tierra comenzó a elevarse bajo las patas de los caballos.

Ante ellos se alzaba una imponente cordillera de picos nevados, cuyas cumbres parecían atravesar las nubes.

El aire era más frío allí.

Más limpio.

Y también más silencioso.

La columna estaba formada por una centuria completa de Guardias Imperiales de la Guardia Solar de Arcadia, acompañados por mozos de cuadras, arrieros y servidores encargados del tren de bagaje.

Varios carromatos transportaban el equipamiento de los soldados, provisiones y los enseres de las tres mujeres que viajaban bajo su protección.

La princesa imperial Valeria, primogénita y heredera del trono de Arcadia, cabalgaba al frente de la columna.

Apenas había cumplido dieciséis años, pero ya poseía la seguridad de quien había nacido para ocupar un lugar que algún día exigiría mucho más que sangre noble.

Montaba un poderoso caballo de guerra negro.

Vestía una armadura de acero plateado, adornada con finos grabados, con hombreras y muñequeras del mismo metal brillante.

Bajo la coraza llevaba una corta túnica roja que dejaba ver unas larga y musculosas piernas, y sobre los hombros descansaba una capa del mismo color, que ondeaba al viento.

Una espada larga pendía de su cintura.

Su largo cabello negro escapaba parcialmente del casco y se agitaba con las ráfagas de aire.

Sus ojos azules recorrían las montañas con atención, mientras su rostro joven, de nariz ligeramente respingona y labios bien definidos, conservaba todavía algunos rasgos propios de una muchacha que apenas comenzaba a convertirse en mujer.

Precedía a sus dos doncellas que estaban montadas en un lujoso carromato.

Unos pasos por delante marchaba el Primer Centurión Marco Octavio.

Veterano y experimentado, moreno, de apenas treinta y pocos años, guapo y musculoso, observaba el terreno con la atención de quien había aprendido que las montañas podían esconder tantas amenazas como un campo de batalla.

Entonces las vio.

En la falda de la cordillera, allí donde la roca se levantaba casi verticalmente, había una enorme puerta.

No era una simple entrada.

Era una obra monumental.

Dos enormes hojas de madera reforzada con gruesas bandas y placas de bronce se elevaban varios metros sobre el suelo.

Sobre ellas habían sido grabadas decenas de runas Khuzdûl, profundas y antiguas, que brillaban tenuemente bajo la luz del día.

Aquellas eran las puertas de Khazad-dûm.

Marco Octavio levantó una mano.

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—¡Alto!

La orden recorrió la columna.

Los caballos se detuvieron.

Los soldados cerraron filas y los escudos quedaron preparados.

Las lanzas descendieron ligeramente, sin llegar todavía a adoptar una posición de combate.

Marco Octavio contempló las puertas.

Estaban cerradas.

—Y ahora... ¿Qué hacemos? —murmuró.

Como si las montañas hubieran escuchado sus palabras, un sonido grave retumbó en la distancia.

Clac.

Un enorme cerrojo comenzó a desplazarse.

Después otro.

Y otro.

Los soldados permanecieron inmóviles.

Finalmente, las gigantescas puertas comenzaron a abrirse lentamente sin ruido alguno sobre sus pesadas bisagras, perfectamente engrasadas.



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En el texto hay: elfos, duendes, orcos

Editado: 19.10.2026

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