Ecos de Fanythiel

Valeria, La Espada de Arcadia.

La provincia de Valdora, al sur del Imperio de Arcadia, era una tierra fértil y orgullosa, extendida bajo la protección de las antiguas murallas de Valdoris, su capital provincial.

Sus verdes praderas se perdían en el horizonte, interrumpidas por bosques de robles y hayas, colinas suaves y ríos de aguas cristalinas que descendían desde las estribaciones montañosas del este.

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Allí, donde la tierra parecía conceder generosamente cuanto se sembraba en ella, vivía un pueblo laborioso, de tradiciones antiguas y carácter firme, acostumbrado a defender con sus propias manos aquello que consideraba suyo.

Los campos de trigo se extendían alrededor de las aldeas como mares dorados durante el verano.

Junto a ellos crecían la cebada, el centeno y la avena, además de legumbres y hortalizas que abastecían tanto a los campesinos como a los mercados de las ciudades.

Los huertos proporcionaban manzanas, peras, ciruelas y otras frutas que encontraban compradores incluso más allá de las fronteras de Valdora.

En las zonas más húmedas prosperaba el lino, utilizado por los artesanos para fabricar tejidos resistentes y apreciados.

Pero la riqueza de Valdora no procedía únicamente de sus campos.

Sus extensos pastos alimentaban grandes rebaños de ovejas, cuya lana era trabajada por generaciones de tejedores.

El ganado vacuno proporcionaba carne, leche, cuero y fuerza de trabajo, mientras que las granjas de las tierras altas criaban caballos especialmente resistentes.

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Los caballos de Valdora eran famosos.

No eran los animales más grandes del continente, ni los más elegantes, pero poseían una resistencia extraordinaria y podían recorrer largas distancias sin agotarse.

Por ello, los establos imperiales habían comenzado a adquirirlos para la caballería de Arcadia.

Los bosques proporcionaban madera para construir viviendas, carros y barcos fluviales, además de carbón vegetal para alimentar los hornos de los herreros.

En los claros del bosque, los apicultores cuidaban sus colmenas y producían una miel espesa y aromática que se vendía en los mercados de Valdoris.

Los ríos, por su parte, no solo proporcionaban agua para los cultivos y el ganado.

También movían los molinos.

Grandes ruedas de madera giraban día y noche impulsadas por la corriente, convirtiendo el grano en harina y permitiendo que los pueblos de Valdora mantuvieran una producción constante incluso durante los meses más duros del invierno.

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Aquel desarrollo había permitido el crecimiento de una importante red de artesanos.

En las ciudades y aldeas podían encontrarse curtidores, alfareros, carpinteros, tejedores, talabarteros y maestros de la forja.

Los talleres de cuero producían botas, cinturones, bolsas, correajes y monturas.

Los artesanos de la madera fabricaban muebles, carros y herramientas.

Los alfareros trabajaban la arcilla extraída de las riberas de los ríos.

Y los herreros de Valdora habían adquirido una reputación especial por la fabricación de herramientas agrícolas, herraduras, armas y piezas de reparación para las legiones.

La provincia también poseía pequeñas explotaciones de plata y otros minerales, además de canteras de piedra utilizadas para las construcciones públicas.

Todo ello había convertido a Valdora en una de las provincias más productivas de Arcadia.

Y en el centro de aquella prosperidad se encontraba Valdoris.

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a capital provincial se alzaba tras unas antiguas murallas de piedra, reforzadas durante generaciones por los antiguos reyes de Valdora y posteriormente ampliadas por los ingenieros imperiales.

Sus calles eran estrechas en los barrios antiguos y más amplias en las zonas construidas después de la llegada de Arcadia.

En sus mercados podían encontrarse productos procedentes de prácticamente todos los rincones del sur del Imperio.

Caravanas cargadas de grano, lana, cuero, vino, herramientas y metales llegaban diariamente a sus puertas.

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Los mercaderes pagaban los impuestos imperiales establecidos en los puestos de control y continuaban su camino hacia las provincias del norte.

Los almacenes de Valdoris rara vez permanecían vacíos.

Y sus caminos, reparados y vigilados por tropas imperiales, habían reducido drásticamente los ataques de bandidos que durante décadas habían castigado a los comerciantes.

Pero aquella prosperidad era relativamente reciente.



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En el texto hay: elfos, duendes, orcos

Editado: 19.10.2026

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