Londres, en las primeras horas de la tarde, es una ciudad alimentada por el té de la cinco, el terciopelo importado y, por encima de todas las cosas, el veneno dulce del cotilleo. La aristocracia respira rumores, se nutre de la caída en desgracia del prójimo, del tamaño de las dotes y de las imprudencias que las damas cometen detrás de los abanicos de plumas. Ese día, el paseo familiar por Regent Street y las inmediaciones de Mayfair para mi familia, era un desfile de confirmación, una exhibición pública de impecable alineación moral.
-erguida la espalda, Gia
Murmuró mi madre sin volverse, caminando con la compostura de una reina victoriana en pleno paseo procesional.
-la hija de un barón no camina mirando los adoquines como si buscase monedas caídas
-estaba mirando mi reflejo en el escaparate de la sombrerería, madre
Protestó Gia en voz baja, ajustándose las cintas del bonete con ademán dramático.
-y me temo que este color salmón destruye por completo el tono de mi tez. Parezco una joven aquejada de tisis
-n tienes tisis, Gia, solo tienes un exceso de imaginación y una carencia alarmante de modestia
Intervine con serenidad, ofreciéndole el brazo a mi madre mientras supervisaba de reojo la retaguardia. Detrás de nosotras marchaba el resto de la tropa Vane. Félix, con un traje verde botella recién ajustado por el sastre, intentaba proyectar la madurez de un hombre de mundo, aunque su esfuerzo se veía seriamente empañado por la presencia de Tyler y Luca, quienes caminaban a un ritmo deliberadamente asincrónico, esquivando las baldosas oscuras del suelo como si pisarlas fuera un boleto directo a la perdición. Al final, la pequeña Violet, quien sujetaba con firmeza la mano de Félix, manteniendo a su muñeca de trapo perfectamente erguida en una imitación adorable de nuestra propia postura. La tarde parecía transcurrir dentro de los márgenes de nuestra habitual rutina, hasta que las voces de la ciudad comenzaron a alzarse. Era ese murmullo contagioso que recorre los grupos de damas de la alta sociedad cuando un secreto demasiado grande para ser guardado estalla en la superficie. En la esquina de la plaza, un grupo de vizcondesas se agrupaba tras sus sombrillas de seda. Cerca de los soportales del club de caballeros, tres lores ancianos masticaban sus pipas con expresión ensombrecida. Incluso las criadas que sacudían las alfombras en los balcones de Mayfair se inclinaban hacia sus vecinas para susurrar con los ojos desorbitados. El nombre que volaba de boca en boca, reptando por el aire de Londres como una neblina espesa, era uno solo.
(El ritmo del paseo se estiliza. A medida que la familia Vane avanza por la acera, los transeúntes aristócratas, los criados y las damas de la nobleza parecen unirse en un coro multitonal de murmullos y advertencias)
(Grupo de Damas de la Corte - Cantado) ¿Ha oído el rumor? ¿Sabe quién regresó? El cuervo de la noche su sombra desplegó. El Duque de Ravencrest ha vuelto a la ciudad, cubierto de dinero, de pecado y crueldad
(Un grupo de Caballeros aristócratas en los balcones) Dicen que en París sus deudas canceló, que a más de tres condesas el alma les robó. No tiene corazón, ni fe, ni religión... ¡Es un peligro andar bajo su misma dirección!
(Criadas y Costureras desde los soportales) Guarden a sus hijas, cierren el portón, que el Duque Stafford busca una nueva perdición. Arrogante como el diablo, de mirada de oro y hiel, enreda a las mujeres en sus redes de papel
(Voces Cruzadas de la Sociedad) ¡Un libertino sin igual! ¡Un cínico inmoral! ¡Trae la ruina en la mirada y el escándalo social! ¡El Duque ha regresado, prepárense a temblar!
Ajusté mi sombrilla con un movimiento firme y preciso, manteniendo la vista al frente mientras la marea de cotilleos resonaba a nuestro alrededor.
-Dominic Stafford... Duque de Ravencrest...
Susurró Gia, estirando el cuello con una curiosidad insaciable hacia un grupo de muchachas que comentaban el asunto tras sus abanicos.
-Marie, ¿Oíste eso? Dicen que se batió en duelo en Venecia y que ha roto más de una docena de compromisos oficiales. Dicen que es ridículamente rico y espantosamente malvado
-la gente de esta ciudad dice muchas cosas cuando el té está frío y la tarde es aburrida, Gia
Respondí con una calma glacial, sin modificar el ritmo impecable de mis pasos.
-un duque con mala reputación no es más que un cliché aristocrático. No hay nada de poético en un hombre que vive para el escándalo
-pero dicen que ha regresado a la mansión de Berkeley Square
Insistió Gia, apretando el paso a mi lado.
-¡Se comenta que asistirá a los bailes de esta Temporada!
-entonces las madres de Mayfair tendrán una razón más para perder el sueño y los padres para reforzar las cerraduras
Sentencié con una leve sonrisa irónica.
-a nosotros no nos incumbe. La familia Vane no busca la atención de hombres cuya única hazaña es destruir la paz ajena
Por la esquina de mi ojo, sin embargo, noté la reacción de mi madre. Mi madre se había quedado completamente rígida. Su mano, apoyada sobre la manga de mi vestido, se apretó con una fuerza inusitada, casi dolorosa. La sobria compostura que la caracterizaba parecía haberse congelado en una máscara de palidez repentina. Sus ojos oscuros, habitualmente serenos y calculadores, miraban hacia la nada con una mezcla de horror contenido y alerta felina.
-¿Madre?
Murmuré, bajando ligeramente la voz para que mis hermanos no lo notaran.
-¿Te encuentras bien?
Mi madre tardó un segundo en responder. Tragó saliva con dificultad y ajustó el encaje de su cuello antes de parpadear y recuperar el control sobre sus facciones.
-estoy perfectamente, Marie
Dijo, aunque su tono había perdido esa calidez habitual, volviéndose duro como el mármol.
-simplemente... me desagrada que la suciedad de la alta sociedad contamine el aire por el que caminan mis hijos. Ese hombre... esa familia...