El Gran Salón de los Condes de Almack era un espectáculo de opulencia estridente: arañas de cristal de Murano que derramaban la luz de un millar de velas sobre el parqué encerado, faldas de satén de seda que crujían como hojas secas bajo la brisa nocturna y un mar de abanicos en constante movimiento, desplegados como alas de mariposa por damas deseosas de ocultar sonrisas o fingir rubores. Y allí estábamos, perfectamente formados en una esquina estratégica de la sala, resguardados bajo el palco de los músicos. La posición era ideal: nos otorgaba una vista panorámica de la pista de baile y, al mismo tiempo, nos mantenía a una distancia prudencial de la masa de aristócratas sedientos de escrutinio.
-observa a Lady Danbury, Marie, lleva un tocado de plumas verdes tan exagerado que estoy convencida de que, si sopla una ráfaga de aire, saldrá volando por la vidriera del techo
Murmuró Gia tras su abanico de plumas de avestruz, sin mover apenas los labios.
-compostura, Gia. La elegancia consiste en notar los disparates ajenos sin parpadear jamás
Le respondí con voz serena, manteniendo una postura impecable y las manos suavemente cruzadas sobre el talle de mi vestido de muselina blanca con bordados de hilo de plata.
-pues, Félix está a punto de parpadear, o de colapsar
Añadió Gia con una risita ahogada. A mi lado, Félix permanecía erguido como un guardia de la Torre de Londres, con el cuello de la camisa tan rígido que parecía impedirle girar la cabeza. Su mirada era de puro pánico contenido cada vez que una joven de la nobleza pasaba a menos de dos metros de distancia.
-no voy a colapsar, simplemente mantengo la guardia. Si un lord de más de cincuenta años intenta acercarse a bailar contigo o con Gia, intervendré invocando un repentino ataque de tos
Musitó Félix entre dientes, ajustándose los guantes blancos por quinta vez en diez minutos.
-un plan de batalla brillante, hermano mío
Dije con una sonrisa contenida.
-aunque te aconsejo que guardes tus energías. Mamá está librando su propia guerra en este momento
Dirigí la vista unos metros más allá. Mi madre desplegaba el arte de la maternidad estricta disfrazada de gracia social. Mantenía a Luca y a Tyler firmemente caminando a su lado. Luca intentaba disimuladamente deslizar una canica de vidrio bajo el tacón del Barón de Moresby, mientras que Tyler meditaba las posibilidades tácticas de ocultar un pastelito de crema en el bolsillo del traje de Félix. La pequeña Violet al menos permanecía tomada de la mano de mamá, mirando con ojos encandilados los vestidos deslumbrantes de las condesas.
-señorita Vane
La voz de la mismísima Condesa de Almack interrumpió nuestro pequeño oasis.
-que deleite contemplar a la familia más virtuosa de la capital en nuestro salón
-el honor es enteramente nuestro, Lady Almack
Respondí, ejecutando una reverencia impecable, bajando la mirada la cantidad exacta de milímetros que prescribía el protocolo.
-nos hemos enterado de que posee un talento prodigioso para el pianoforte, mi querida Marie. El pianista de la orquesta ha sufrido un desafortunado mareo por el calor del salón...
Continuó la condesa, juntando sus manos enguantadas.
-¿Tendría la inmensa bondad de deleitarnos con una pieza breve mientras el caballero se recupera?
Sentí la mirada inmediata de mi madre sobre mí, cargada de una advertencia silenciosa. Aceptar significaba ponerme en el centro de todas las miradas de Londres... rechazarlo, por otro lado, habría resultado una descortesía imperdonable para la anfitriona.
-será un absoluto privilegio contribuir a su velada
Asentí suavemente. Me desplacé hacia el piano de cola que presidía el estrado lateral. La conversación en el salón comenzó a decaer gradualmente a medida que me acomodaba sobre el taburete. Ajusté mi postura, dejé que mis dedos rozaran las teclas de marfil y tomé aire. Al posar las manos sobre el teclado, la música fluyó como un refugio. Comencé con algo melancólico y lento, luego fui acomplejándolo al mezclar arpegios fluidos con notas graves que resonaban en los cimientos del salón. Por unos minutos desaparecieron la alta sociedad, la rigidez del protocolo y las miradas acusadoras. Sin embargo, a mitad del segundo movimiento, una sensación extraña comenzó a recorrer mi piel. Era un calor vibrante, un hormigueo sutil que nació en la punta de mis dedos y se extendió por mis muñecas: una pulsación invisible que parecía acompañar cada nota que tocaba, como si el aire alrededor del piano se hubiera vuelto denso, cargado de una electricidad eléctrica y magnética.
NARRA EL DUQUE DE RAVENCREST
Permanecer en los márgenes de un baile de la alta sociedad era para mí un ejercicio de profundo aburrimiento mezclado con un desprecio divertido. Apoyado contra una de las columnas de mármol del salón, vestido con mi traje negro de gala y sosteniendo una copa de champán que no tenía intención de beber, observaba la fauna de Mayfair. Las jóvenes me dedicaban miradas furtivas por encima de sus abanicos, mientras que los padres me escudriñaban con pavor y codicia mal disimulada, y las matronas murmuraban entre sí recordando cada escándalo real o inventado que la sociedad atribuía a mi nombre.
«El Duque de Ravencrest. El libertino. El hechicero.»
Dejé que una sonrisa cínica dibujara la comisura de mis labios. Iba a darme la vuelta hacia los jardines cuando las primeras notas de un pianoforte cortaron el murmullo del salón. Era una melodía melancólica, ejecutada con una maestría y una precisión técnica que rara vez se escuchaba en los salones aristocráticos. Intrigado dirigí la mirada hacia el estrado del piano en el otro extremo de la sala. Y de pronto, el mundo pareció detenerse. Allí, sentada con la espalda erguida y la luz de las velas bañando su cabello rubio y sus facciones delicadas, estaba la joven del mercado. Aquella muchacha que me había cantado en mitad del Covent Garden, la que había arrojado mi rosa a la cesta de un desconocido y me había mirado con ojos claros llenos de un desafío helado e inolvidable.