La recepción de los Marqueses de Lansdowne se celebraba en su residencia campestre de las afueras de la capital, una mansión rodeada por acres de jardines victorianos diseñados con una simetría deslumbrante. Aproveché que mi madre se encontraba concentrada en una conversación sobre bordados con la Duquesa de Leeds, y que mis hermanos disputaban una contienda de pastelitos en el ala norte, para escurrirme por las altas puertas de cristal que daban al exterior. La noche era fresca y estrellada. El murmullo de la orquesta de cuerdas llegaba amortiguado desde el interior, filtrándose entre las hojas de los rosales como una melodía lejana. El aire olía a tierra húmeda, a jazmín y a la serenidad que solo la penumbra puede brindar. Caminé a paso lento por el sendero de grava fina hasta llegar a una pequeña rotonda flanqueada por estatuas de diosas romanas y un cenador de hierro forjado. Me detuve a respirar hondo, apoyando las manos en la balaustrada de piedra.
-sostener la respiración durante demasiado tiempo termina por revelar el cansancio, señorita Vane
La voz brotó de la penumbra creada por las hojas de los cipreses. No me sobresalté, pero mi sangre, atenta y traicionera, ya había comenzado a latir con ese ritmo acelerado y cálido que anunciaba su cercanía antes de que mis ojos pudieran distinguirlo. El Duque de Ravencrest emergió de las sombras del cenador. Vestía su traje negro de gala, impecable y entallado, y esa camisa de lino blanco cuyo cuello contrastaba con la oscuridad de su cabello. Caminaba con la soltura de quien no teme a ser descubierto, como si el jardín entero le perteneciera por derecho absoluto.
-mi lord
Dije, girándome despacio para encararlo.
-empiezo a pensar que el Duque de Ravencrest ha contratado a mis sirvientes para conocer exactamente mis pasos
-no necesito sirvientes para encontrarla, Marie
Respondió con voz grave y pausada, dando un paso hacia el centro del claro.
-su presencia no pasa desapercibida para mí. Para el resto del mundo, usted puede ser una estatua de porcelana perfecta que cumple con el protocolo... pero, para mí, es una antorcha encendida en mitad de un salón lleno de sombras
Nos quedamos en silencio durante un segundo. La distancia entre ambos era de apenas dos metros, pero la electricidad que llenaba el aire volvía ese espacio denso, cargado de un deseo sofocado y de un peligro real que mi madre me había implorado evitar.
-si sabe que no debería estar aquí, ¿Verdad?
Musité, bajando la voz.
-si alguien nos ve a solas en los jardines, mi reputación quedará destruida antes de que termine la noche
-que la juzguen los hipócritas que bailan ahí dentro no me importa en absoluto
Dijo él, dando otro paso firme hasta quedar a escasa distancia. Podía sentir el calor de su respiración y la intensidad abrasadora de sus ojos oscuros.
-lo único que me importa es entender qué es esta fuerza que me arrastra hacia usted cada vez que intento alejarme
-es una imprudencia
Dije, aunque mi tono carecía de la frialdad que deseaba proyectar. Dominic esbozó una sonrisa melancólica, una mueca desprovista de su habitual arrogancia. Extendió la mano en un gesto vacilante, sin llegar a tocarme, pero permitiendo que el calor de su piel rozara el aire cerca de mi mejilla
(La música de la orquesta distante parece transformarse en una melodía envolvente de violines y piano que brota del propio viento nocturno. La escena se vuelve íntima, casi suspendida en el tiempo).
(Dominic - Cantado) Dicen de mí que soy la sombra, un libertino sin razón, un peligro que se nombra para helar el corazón. Pero al mirarte a los ojos, cae la máscara y el honor... ¡Dime qué hechizo me has echado que hasta mi magia siente temor!
(Marie da un paso hacia atrás, dudando entre la razón y el deseo, pero su voz se une a la suya en un contracanto armonioso y apasionado).
(Marie - Cantado) Eres la ruina que me advierten, la tempestad en el jardín, las voces mil que me previenen de no acercarme jamás a ti. Y sin embargo, cuando te acercas, mi propia sangre empieza a arder... ¡Le tengo miedo a lo que somos, pero no puedo responder!
(Dominic y Marie - Cantados juntos) Es un peligro este lazo, un fuego antiguo sin control, atrapados en el paso de esta danza y su calor. Si el mundo entero nos condena al ver la sombra ante la luz... ¿Por qué la noche no me quema cuando me miras solo tú?
(Dominic avanza y toma delicadamente la mano enguantada de Marie. Ella no se retira. Se miran fijamente mientras las últimas notas del dueto se disipan en la brisa).
Nos quedamos contemplándonos, respirando con agitación. La confesión había quedado flotando en la noche, al desnudo, despojada de las máscaras aristocráticas. Ya no podíamos pretender que esto era un simple juego de salón.
-tiene miedo de mí
Dijo Dominic en un susurro, leyendo la inquietud que aún permanecía en mi mirada.
-tengo miedo de lo que representa
Admití con honestidad, apretando ligeramente los dedos sobre los suyos antes de soltar su mano.
-mi madre me habló de su familia, mi lord, y de la magia de la casa Stafford... de lo que le ocurrió a mi padre cuando intentó enfrentarse a su linaje
La expresión de Dominic cambió. La sorpresa cruzó sus facciones, seguida de una sombra de profunda amargura.
-¿Cree que soy el responsable de la tragedia de su padre?
Preguntó, con la voz rasgada por el dolor.
-Marie... yo era apenas un niño cuando mi padre gobernaba la casa ducal. No conozco todos los pactos ni los oscuros secretos que él tejió en el pasado, pero le juro por mi vida que jamás usaría mi poder para hacerle daño a usted ni a nadie de su sangre