Ecos de magia y seducción

Capítulo 7

​NARRA EL DUQUE DE RAVENCREST

​La aristocracia de Londres adoraba las máscaras. Para ellos, cubrirse el rostro con seda, encaje, plumas y oro no era una excepción, sino una exageración de lo que hacían todos los días: disfrazar la envidia con cumplidos y la traición con inclinaciones de cabeza. ​El salón de baile de la Duquesa de Richmond resplandecía bajo miles de velas de cera de abeja, refractando su luz en espejos venecianos que multiplicaban las figuras ataviadas con los disfraces más extravagantes. Yo me encontraba junto a una de las altas puertas de caoba que daban a la galería de retratos, vistiendo mi abrigo de gala borgoña y sosteniendo entre mis dedos una máscara de dominó de terciopelo negro. ​Sin embargo, entre el mar de plumas y sedas, mis ojos buscaban una sola figura. ​La vi avanzar desde el ala oeste del salón. Marie no llevaba un atuendo recargado. Luciendo un vestido de raso blanco de talle imperio con sutiles bordados en hilo de plata y una máscara de encaje dorado que cubría delicadamente la parte superior de su rostro, parecía una aparición mística bajada de un fresco italiano. Su cabello rubio estaba recogido en un peinado elevado con perlas entrelazadas, dejando al descubierto la curva elegante de su cuello. A su lado marchaba su madre, tan vigilante como un halcón, y unos pasos más atrás sus hermanos. La presencia de la familia Vane siempre añadía una nota de insólita frescura a estas fiestas estiradas, pero esta noche Marie destacaba como un diamante entre cristales opacos. Esperé el momento oportuno. En cuanto su madre se distrajo al ser abordada por la marquesa de Winchester y el grupo de hermanos fue arrastrado hacia la mesa de refrescos por las travesuras de los más pequeños, me deslicé entre la multitud, quedando a su lado justo cuando ella se detenía junto a uno de los arreglos florales del pasillo lateral.

​-una máscara de encaje dorado es una elección peligrosa, señorita Vane

Susurré cerca de su oído, en un tono lo suficientemente bajo para que solo ella lo escuchara.

-oculta el rostro, pero resalta de forma alucinante el azul de sus ojos

​Marie se giró despacio. A través de los calados de su máscara dorada, vi sus ojos dilatarse ligeramente por la sorpresa, aunque no emitió el menor gesto de alarma. Su pulso, que pude percibir gracias al hilo invisible de magia que nos unía, dio un salto brusco antes de recuperar la compostura.

​-mi lord

Respondió, dedicándome una inclinación de cabeza tan perfecta como distante.

-veo que tiene el hábito de aparecer como una sombra sin anunciar sus pasos

​-las sombras solo acuden a donde la luz las llama

Contesté con una inclinación de labios, dando un paso más hacia ella.

-debo admitir que la tarde pasada me dejó un sabor amargo. La lluvia de Londres suele ser traicionera

​Marie esbozó una sonrisa diminuta, sutil, cargada de esa inteligencia que me tenía por completo cautivado.

​-la lluvia de ayer fue sumamente inusual, mi lord. Casi parecía provocarla la furia de algún espíritu desencantado

​-o la impaciencia de un hombre que odia ver a las damas de bien en compañía equivocada

Repliqué, sosteniendo su mirada con intensidad. Durante unos minutos, la conversación fluyó entre nosotros de un modo casi irreal. Alejados del centro de la pista, hablamos con una cordialidad pausada, fluida y madura. Marie respondía a mis comentarios con su agudeza habitual, y por un instante creí que la tensión de las últimas jornadas empezaba a ceder, dejando espacio a una complicidad real. Podía sentir el calor de su aura rozando la mía, un abrigo dulce que aplacaba la tormenta constante que llevaba en el pecho. ​Pero la ilusión de paz en Mayfair no dura más que un suspiro.

​-señorita Marie

​La voz brotó a nuestras espaldas con una pulcritud exasperante. Me giré despacio, sintiendo cómo el aire a mi alrededor volvía a densificarse. Lord Harrington avanzaba hacia nosotros. Vestía un traje de terciopelo azul noche y llevaba una máscara de plata fina. Se detuvo a dos pasos de Marie, mostrándole una reverencia intachable e ignorando mi presencia con una audacia que solo la estupidez o la extrema inocencia podían concederle.

​-es un deleite encontrarla aquí

Dijo Harrington, dirigiéndose exclusivamente a ella.

-la orquesta acaba de anunciar el inicio del vals principal de la noche. Me haría el inmenso honor de concederme esta pieza, señorita Marie

​Sentí que los músculos de mi espalda se tensaban de inmediato. Dirigí una mirada fría a Harrington, una mirada que en cualquier otro contexto habría hecho que un hombre prudente diera tres pasos atrás y pidiera disculpas por interrumpir. Marie me miró de reojo. Durante dos segundos eternos, sus ojos buscaron los míos a través del encaje dorado. Me mantuve rígido, con la barbilla erguida y la expresión dura, ocultando la desesperación bajo una máscara de absoluta distancia y orgullo. Mi maldito orgullo aristocrático me impedía suplicarle que se quedara, o exigirle frente a un salón entero que rechazara al lord. Esperaba que ella leyera la súplica oculta en mi silencio, que recordara las estrellas que había encendido para ella en el jardín y el fuego que nos unía. ​Sin embargo, al ver mi postura distante y helada, la chispa de expectativa en el rostro de Marie se apagó suavemente, siendo reemplazada por un velo de cortesía impecable.

​-será un placer, Lord Harrington

Respondió ella con voz clara y dulce. Deslizó su mano enguantada sobre el brazo que el lord le ofrecía. Ver ese movimiento me golpeó en el pecho con la violencia de un impacto físico. Mi corazón dio un vuelco salvaje mientras los veía dar la vuelta y encaminarse con paso fluido hacia el centro de la pista de baile. ​El salón entero pareció abrirse para darles paso. Los músicos del estrado tocaron los primeros acordes de un vals lento y majestuoso. Me quedé inmóvil junto a la columna de caoba, sintiendo cómo el mundo a mi alrededor perdía todo color y sonido, reduciéndose únicamente a la pareja que comenzaba a girar bajo las arañas de cristal. Harrington colocó su mano en la cintura de Marie con un respeto impecable, mientras ella apoyaba la suya en el hombro del lord. Comenzaron a moverse al compás de la música, ejecutando las vueltas del vals con una armonía y una elegancia que provocó murmullos de aprobación entre los espectadores. ​Una ola de celos devoradores, tóxicos y sin control se desató en lo más profundo de mi ser. ​Era un veneno ardiente que me abrasaba las venas. Ver los ojos de Marie fijos en el rostro de Harrington, ver cómo ella le sonreía con amabilidad educada mientras giraban bajo la luz de las velas, desató la bestia que mi hechicería intentaba mantener encadenada.



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En el texto hay: misterio amor magia

Editado: 23.10.2026

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