La noche de otoño había caído sobre la propiedad de los vizcondes de Sterling con una niebla espesa y tibia que se arrastraba entre los robles del parque. La fiesta de recepción en la casa principal era un hervidero de música, risas y la cháchara habitual de la alta sociedad, pero yo necesitaba distancia. Tras la cena, me escurrí discretamente por el camino iluminado por faroles hasta alcanzar el gran invernadero de cristal que se encontraba al final del jardín. El interior del invernadero era un santuario de verdor y calma; el aire olía a tierra húmeda, a orquídeas exóticas y al aroma dulce del jazmín nocturno; la luz de la luna atravesaba los paneles de cristal del techo, dibujando patrones geométricos de sombra y claridad sobre las baldosas de terracota. Caminé entre las hileras de plantas tropicales, dejando que el murmullo lejano de la orquesta de cuerdas adormeciera la inquietud que llevaba semanas creciendo en mi pecho. De pronto, un leve chasquido de cristal a mi espalda me hizo detener la marcha. No necesité darme la vuelta para saber quién había cruzado el umbral. Esa corriente cálida y vibrante que siempre precedía sus pasos, la chispa invisible que hacía responder a mi propia sangre, llenó el recinto de inmediato.
-es peligroso vagar a solas por los invernaderos a estas horas, señorita Vane
Susurró Dominic desde la penumbra de una palmera.
-se dice que en este lugar florecen ciertas especies que despojan a las damas de su habitual prudencia
Me giré despacio, apoyando una mano sobre la mesa de hierro forjado. Dominic vestía su impecable traje de gala negro, sin el sombrero ni los guantes. En la penumbra dorada que filtraba la luna, sus facciones afiladas lucían más suaves, desprovistas por completo de esa máscara de cinismo con la que solía enfrentarse al mundo de Mayfair.
-si no me equivoco, mi lord, la única especie peligrosa que he encontrado aquí ha entrado por la puerta principal tras seguirme
Respondí, aunque la firmeza de mi voz se vio atenuada por la suavidad del entorno. Dominic avanzó a paso lento, con la elegancia que lo caracterizaba, hasta detenerse a solo unos centímetros de mí. Había una seriedad casi devota en sus ojos oscuros mientras me contemplaba.
-he pasado tres días intentando quitarme el barro de las botas, pero me temo que el recuerdo de su risa en aquel jardín se ha quedado grabado con bastante más fuerza
Dijo en un aliento bajo, dibujando una leve sonrisa en los labios.
-mis hermanos fueron profundamente descorteses
Bajé la mirada hacia su chaleco de raso.
-aunque debo admitir que vuestra reacción fue insólita. Esperaba furia, no una carcajada
-con usted, Marie, he aprendido a esperar lo inesperado
Contestó, acortando la distancia que nos separaba. Extendió la mano y, por primera vez sin el pretexto de un baile o un saludo formal, sus dedos rozaron suavemente la línea de mi mandíbula. Su contacto fue como una descarga de calor puro que me hizo contener el aliento. Sus yemas, tibias y firmes, acariciaron mi mejilla hasta posarse en la comisura de mis labios. El tiempo dentro del invernadero pareció detenerse. El rumor de la fiesta distante desapareció por completo, dejando únicamente el sonido de nuestra respiración acelerada y el leve goteo del agua sobre los helechos. Dominic se inclinó despacio hacia mí. Su frente descansó contra la mía durante un segundo eterno, un gesto de una ternura tan profunda e inesperada que sentí una opresión dulce en el pecho. Su aliento cálido rozó mis labios antes de que sus brazos me rodearan con una fuerza protectora, estrechándome contra su pecho como si temiera que me disipara en la niebla de la noche. Me apoyé contra él, cerrando los ojos. Escuché el latido sordo y rápido de su corazón retumbando contra su chaleco. Mi mano se posó en la solapa de su traje, buscando aferrarme a la realidad de ese instante. En aquel abrazo no había hechicería, ni sombras, ni apariencias sociales... solo estábamos dos personas que se buscaban a través de las brechas de sus propios mundos.
-Marie... me está volviendo completamente loco
Susurró él contra mi cabello, sosteniéndome con una delicadeza infinita.
-parece usted muy lúcido para ser un demente, mi lord
Murmuré, manteniendo el rostro escondido en su hombro, disfrutando del refugio de sus brazos. Dominic deshizo el abrazo muy despacio, aunque sus manos permanecieron sujetando mis puños con firmeza. Sus ojos oscuros me examinaron con una intensidad ardiente, casi vulnerable.
-no lo estoy
Admitió con voz rasgada y seria.
-durante años he recorrido los salones de esta ciudad y del continente. He visto a cientos de mujeres coquetear, sonreír y buscar mi atención por mi título o mi fortuna. Jamás una sola de ellas logró inquietar mi sueño por más de una noche. Jamás senti el menor atisbo de posesividad o interés real
Hizo una pausa, apretando suavemente mis manos entre las suyas.
-pero verla a usted caminando con Lord Harrington... verla sonreírle de esa manera tan dulce y abierta en las calles de Mayfair... desencadenó en mí una furia y unos celos tan insoportables que sentí que mi propia magia me quemaba por dentro. Jamás en mi vida había sentido celos por ninguna mujer, Marie. Jamás
Un calor dulce y abrasador se extendió por todo mi ser al escuchar sus palabras. Una sonrisa sutil, genuina y llena de una alegría incontenible se dibujaba en mis labios. Que el temido Duque de Ravencrest, admitiera haberse derrumbado de celos por mí era la prueba definitiva de que lo que existía entre nosotros era real, profundo e ineludible. Sentí que el corazón me daba un vuelco de pura dicha al comprender que el hechicero de sombras había caído rendido a mis pies. Le sostuve la mirada, dejando que mi sonrisa hablara por sí sola, llena de la esperanza de quien ve abrirse un futuro luminoso.
-si esos celos sirven para que muestre lo que hay en su corazón, mi lord, me temo que tendré que agradecerle a Lord Harrington sus atenciones