La residencia del Ducado de Stafford en Berkeley Square era un palacio de piedra oscura, grandioso y sobrecogedor, diseñado para recordar a cualquiera que cruzara sus puertas el poder indiscutible del linaje que lo habitaba. Asistir al baile anual del Ducado era el evento cumbre de la Temporada Social. La fachada resplandecía con la luz de cientos de faroles de cristal, y los carruajes de la más alta aristocracia británica formaban una hilera interminable a lo largo de la calle. Mi madre había insistido en que acudiéramos. Para ella rechazar esta invitación habría sido admitir debilidad o miedo ante la casa Stafford. Sin embargo, esta vez yo no marchaba entre el grupo de mis hermanos. Descendí del carruaje apoyada con elegancia en el brazo de Lord Harrington. Vestía un diseño de seda de un delicado color crema con aplicaciones de encaje borgoña en el corpiño y el dobladillo, una elección intencionada que combinaba la pulcritud exigida por la etiqueta con una presencia imponente. Mi peinado alto, sujeto con pequeñas peinetas de madreperla, dejaba al descubierto mis hombros y mi cuello.
-está usted deslumbrante esta noche, Marie, es un verdadero honor acompañarla al salón más exigente de la capital
Murmuró Harrington al entrar al majestuoso vestíbulo de mármol negro.
-es usted muy amable, Lord Harrington
Respondí con una sonrisa educada, aunque por dentro cada fibra de mi ser estaba en alerta máxima. El Gran Salón de los Stafford era un despliegue de opulencia victoriana. Los techos abovedados con frescos dorados sostenían inmensas arañas de cristal que proyectaban una luz viva sobre el parqué lustrado. La orquesta de cuerdas ocupaba un estrado elevado de caoba, y cientos de lores y damas ataviados con sus mejores galas conversaban al compás de las melodías. Acepté una copa de champán que Harrington me ofreció con atenta caballerosidad. Caminamos juntos entre los grupos de la nobleza, haciendo las reverencias de rigor y respondiendo a los saludos con la gracia impecable que se esperaba de mí. Pero por debajo de mi cortesía automatizada, mis ojos recorrían discreta pero desesperadamente el recinto. Desde nuestra amarga discusión en el invernadero de los Sterling, no había vuelto a ver a Dominic. Mi corazón, profundamente herido por su cobarde negativa al compromiso, se batía entre el orgullo de haberle marcado un límite absoluto y un vacío helado que no lograba llenar con las conversaciones impecables de Harrington.
-Marie, si me lo permite por un momento, el Conde de Westbury me ha hecho una seña desde la galería lateral. Desea consultar un asunto urgente sobre las tierras del condado. Regresaré a su lado en menos de cinco minutos
Dijo Harrington con delicadeza, sacándome de mis pensamientos.
-por supuesto, mi lord. Tómese el tiempo que necesite
Asentí, brindándole una leve inclinación de cabeza. Lord Harrington se alejó entre la multitud. Me quedé sola junto a una de las altas columnas de mármol que flanqueaban la pista de baile, sosteniendo mi copa y manteniendo la postura impecable de la dama perfecta. No pasaron ni diez segundos cuando la temperatura a mi alrededor bajó sutilmente. Ese calor conocido, esa chispa magnética que hacía arder mi sangre y acelerar el latido de mi pecho, llenó el aire antes de que pudiera reaccionar.
-permítame velar por su soledad, señorita Vane
Susurró una voz profunda, grave y rasgada justo a mi espalda. Me giré despacio. Dominic Stafford estaba allí. Vestía un traje de corte perfecto en tono borgoña oscuro con solapas de terciopelo negro, un contraste deslumbrante que resaltaba la amplitud de sus hombros y la compostura aristocrática de su figura. Sin embargo, no llevaba la sonrisa arrogante ni la postura indolente de otras noches. Sus ojos oscuros, fijos en los míos, reflejaban una mezcla de cansancio, arrepentimiento sincero y una devoción tan intensa que amenazó con derribar mis defensas en el acto.
-mi lord, no recuerdo haberle dado permiso para abordarme en su propio salón
Dije con voz fría y distante, erguendome con rigidez.
-no lo ha hecho
Admitió él, dando un paso cauteloso hacia mí, manteniendo las manos a la espalda en un gesto de absoluta sumisión.
-y sé que tengo todas las razones del mundo para merecer su desprecio tras lo ocurrido en el invernadero. Fui un cobarde, Marie. Un necio atado a su propio orgullo y a los fantasmas de su apellido
Me quedé en silencio, apretando la copa entre mis dedos enguantados, sosteniéndole la mirada sin parpadear.
-he pasado cada hora de estos últimos días maldiciendo mi propia torpeza
Continuó Dominic en un susurro apasionado, bajando la cabeza apenas unos centímetros hacia mí.
-vine aquí esta noche como un hombre desesperado que necesita pedirle perdón. Perdón por haber dudado, perdón por haber levantado un muro entre los dos y por haber herido el corazón más puro que he conocido
Las palabras resonaron en mi pecho como un bálsamo cálido. Ver al temido hechicero de Mayfair disculpándose con semejante humildad me conmocionó. La rabia que me había sostenido durante días comenzó a disolverse, dejando al descubierto el inmenso amor que sentía por él. En ese instante, la orquesta hizo sonar tres golpes secos de arco y atacó los primeros acordes de un vals dramático, majestuoso y envolvente. Las parejas en el salón comenzaron a disponerse en la pista de baile. Dominic dio un paso más, reduciendo la distancia entre ambos a escasos centímetros y extendió su mano derecha hacia mí, con la palma abierta, ofreciéndome una súplica silenciosa ante todo el salón.
-concédame este baile, Marie
Pidió con la voz rasgada por la emoción.
-solo un vals. Déjeme demostrarle en la pista lo que mi boca no supo expresar con valor
Miré su mano. Miré a la multitud de la alta sociedad que comenzaba a observarnos con murmullos contenidos. Sabía que aceptar significaba desafiar a mi madre, ignorar a Lord Harrington y exponerme al juicio implacable de todo Londres. Debía negarme. Mi razón me gritaba que diera media vuelta y me alejara. Pero al mirar los ojos de Dominic, llenos de una vulnerabilidad real y de un fuego devorador, no pude contenerlo más. Deslicé mi mano enguantada sobre la suya. Un chispazo de calor eléctrico recorrió mi brazo al contacto con su piel. Dominic cerró los dedos sobre los míos con una firmeza desesperada, como si temiera que fuera a arrepentirme, y me guió con paso fluido hacia el centro de la pista de baile. El salón entero pareció guardar un aliento colectivo. Los murmullos de los aristócratas estallaron como un enjambre de abejas tras sus abanicos de plumas, pero la música nos envolvió al instante, aislando nuestro mundo del resto de Mayfair.