Cada día que paso siento el sereno de mis errores, el frío de mis decisiones y el calor de mi sentir; la noche sucede como cualquier otra y el castigo de la vida es recordar.
El castigo que te brinda no es físico, es emocional; es emocionante ver con qué situación me pondrás, con qué nueva fábula me sorprenderás y qué moraleja me enseñarás.
Sinceramente no espero un aplauso de usted, ni siquiera un abrazo como si fuera mi mujer, o mi madre también.
No la juzgo, no la critico y mucho menos me río de usted, porque sé que si hago eso, entonces en una nueva enseñanza me tendré que ver.
La única que tiene el poder y el derecho de juzgar y justificar las acciones propias o de los demás, la misma que me hace recordar que tenemos libre albedrío y podemos hacer lo que queremos.
La única que nos cobra factura antes de irnos, y la única que nos enseña a base de olvido, dolor y recuerdos.
Linda usted, la que me perdonó por lo malo que hice y la que me ayudó a salir de donde estaba hundido; me otorgó otra oportunidad de vivir, de sentir y de ser alguien nuevo.
Linda usted, que me castigaba dándome todo lo que yo deseaba; linda enseñanza que me brindó, me hizo ver que el perdón no viene de mí, sino de usted, que fue la que me perdonó.