La compuerta trasera de La Quimera se cerró con un golpe hidráulico, sordo, y el murmullo de la ciudad quedó al otro lado. Alex recorrió el pasillo con las manos en los bolsillos.
Iris lo esperaba junto al panel de la entrada, con los brazos cruzados.
—¿Y bien?
—Nada. —Alex se frotó la nuca—. La dirección que me dieron mis padres era una casa de familia, con su jardín y todo. Me abrió la hermana. Dice que Yuki se enroló hace dos semanas en Médicos Sin Fronteras.
—Está en Afganistán. —Alex sonrió de medio lado—. En el valle de Panjshir, en una clínica que también hace de escuela.
—Afganistán —repitió Iris—. Con el ejército soviético ocupándolo desde hace tres años. Y tú sonriendo como si te hubiera tocado la lotería.
—¿Te has creído que me va a echar para atrás?
—No. Ya sé que no. —Iris se pasó la mano por la cara.
—Llevo desde los tres años oyendo hablar de la médica japonesa que atendió a mis padres en Tokio el día de mi nacimiento.
—Ahí tienes de dónde te sale lo de meterte en líos. Tus padres y tú sois iguales. Mira que irse de viaje a Japón con una embarazada a dos semanas de parir...
—Un mes —la corrigió Alex—. Soy ochomesino. Tenía que nacer en octubre y nací el 5 de septiembre. Virgo.
Iris soltó una carcajada.
—¿Tú, Virgo? Los Virgo son curiosos, vale, pero también ordenados. —Le sostuvo la mirada—. Tú eres el caos en persona.
—¿Por qué lo dices? —Alex arrugó el ceño.
Iris pulsó un panel y la pantalla se encendió. Tokio apareció en las cámaras externas, con las copas de los árboles pegadas al casco de la nave.
—¿Que por qué lo digo? Solo a ti se te ocurre aterrizar con La Quimera en un parque, en una de las ciudades más grandes de Asia. Desde que llegamos estoy de los nervios, esperando que algún tokiota se acerque a mirar. ¿Podemos irnos ya?
Alex se rió.
—Ya podemos irnos.
Iris echó a andar hacia el puente de mando. En la escotilla se detuvo, con una mano en el marco.
—Por cierto, ha llamado Alera. Yeon come y duerme sin dar guerra. Y la gatita...
—Se llama Nivi —la interrumpió Alex—. ¿Cuándo vas a llamarla por su nombre?
—Lo que sea. Nivi ya se defiende en español, tiene don para las lenguas, y eso que lleva un mes con nosotros.
Cruzó la escotilla. Alex se quedó solo en el pasillo, y bajo sus pies los motores empezaron a zumbar para el despegue.
La Quimera surcaba el cielo en dirección al valle de Panjshir. Iris, con las manos firmes sobre los mandos, esquivaba las crestas del Hindu Kush sin un solo titubeo.
—Prepárate —dijo a Alex sin despegar la vista del panel de vuelo—. Llegamos en tres minutos.
A través del domo, el valle se abría entre grietas de roca y desfiladeros oscuros. Anochecía. El sol caía tras las cumbres heladas y teñía el cielo de un violeta denso que alargaba las sombras sobre los pueblos de adobe encajonados en el fondo del cañón.
Alex encendió su consola y barrió la zona con los sensores.
—Según la hermana, está en una aldea pequeña, en la parte norte del valle —dijo, ajustando la frecuencia del escáner térmico.
Una luz roja empezó a parpadear en la consola y una alarma sorda retumbó en el puente.
> ALERTA DE SEGURIDAD: Múltiples explosiones detectadas en las coordenadas 35°16'28" N, 69°54'12" E.
Alex giró los sensores hacia ese punto.
—Ahí es. Múltiples explosiones... Espera. —Calibró los receptores de audio—. Rotores de helicóptero. Dos.
Dos siluetas blindadas se dibujaron en el radar: Mil Mi-24 Hind soviéticos, los que los lugareños llamaban «el carro del diablo». Giraban sobre el caserío lanzando cohetes no guiados y ráfagas de ametralladora pesada.
Iris frenó la nave en seco y la dejó flotando a un par de cientos de metros. En el monitor principal, los Hind describían círculos sobre la aldea. Las chozas ardían, el fuego iluminaba la penumbra y la artillería abría boquetes en las paredes. Había cuerpos tendidos en las callejuelas.
—¿Intervenimos? —preguntó Iris, inclinándose sobre los mandos.
Alex no contestó. Apretó los labios y pulsó el zoom de los sensores visuales. La imagen se cerró sobre el patio de la clínica-escuela: junto a los restos de una pared yacían tres niños.
—Intervenimos —dijo—. Escudos.
Iris soltó el aire por la nariz y empujó las palancas. La Quimera rompió su camuflaje óptico y avanzó hacia la aldea.
Abajo, entre el humo, los aldeanos y los muyahidines que respondían con fusiles viejos se quedaron inmóviles. Algo enorme, de líneas pulidas y un rugido que no era de este mundo, descendía sobre el barro con un brillo azulado. Yuki, con la bata médica manchada de hollín y sangre, dejó el torniquete a medio apretar y alzó la cara al cielo.
En las cabinas de los Hind, los pilotos, entrenados contra misiles portátiles, vieron cómo los radares se les llenaban de interferencias. La masa oscura de la Quimera les tapaba el cielo.
Uno de los helicópteros viró y abrió fuego con el cañón rotativo de 12.7 mm. Las balas rebotaron contra el escudo en destellos dorados.
—¡Desármalos! —gritó Alex—. ¡Solo los rotores! ¡No quiero matarlos!
—¡Eso intento, pero no se están quietos! —Iris hizo girar la nave en el espacio estrecho del valle.
La Quimera desplegó un emisor de impulsos electromagnéticos en la panza. Iris disparó contra el rotor de cola del primer helicóptero. La descarga fue excesiva para el fuselaje blindado: en lugar de frenar las hélices, sobrecargó los tanques. El Hind estalló en una bola de fuego naranja que iluminó todo el desfiladero.
El segundo helicóptero picó para huir y soltó una última ráfaga de cohetes. Estallaron contra el escudo frontal y llenaron la cabina de luz blanca.
—¡Nos tiene fijados! —avisó Alex—. ¡Si cae en picado, se estrella contra la escuela!
—¡No queda otra! —Iris apretó el gatillo del cañón de pulso.
Un haz de plasma azul atravesó la noche y partió el fuselaje en dos. La aeronave se precipitó contra la pared rocosa, lejos de las casas, y la detonación retumbó por todo el valle.