La rampa de la Quimera descendió con un siseo neumático que rasgó el silencio de la noche. Alex e Iris no esperaron a que tocara tierra; saltaron al barro con dos maletines de emergencias bajo el brazo.
Los sobrevivientes retrocedieron un paso. Apretaban los fusiles con los nudillos blancos y no sabían si arrodillarse o apuntar. Alex e Iris ignoraron los murmullos y corrieron hacia el patio de la clínica-escuela, donde el polvo aún no terminaba de asentarse.
Yuki estaba de rodillas en la tierra, con las manos rojas hasta las muñecas, hundiendo todo su peso sobre la arteria femoral de un hombre joven. A su lado, un profesor francés de barba espesa apretaba torniquetes hechos con cinturones, y una enfermera británica contaba a voces los pocos suministros que no habían volado por los aires. Los voluntarios cerraron filas sobre el herido en cuanto vieron acercarse a los dos desconocidos.
—¡Atrás! —gritó Yuki en un inglés tenso, con una mano en alto—. ¡Quédense atrás!
—Venimos a ayudar —dijo Alex en japonés. Bajó la voz y se arrodilló junto a ella—. Nos adaptamos a ti. Dinos qué necesitas.
Yuki parpadeó. Su idioma, aquí, en un cañón afgano. Pero la sangre que se le escurría entre los dedos no le dejó tiempo para dudar.
—Ha perdido mucha. —Señaló la pierna con la barbilla—. No nos quedan gasas ni plasma. El depósito cayó con el primer cohete.
—Iris, el sellador.
Iris abrió el maletín y sacó un aplicador cilíndrico. Apartó las manos de Yuki sin pedir permiso, con una delicadeza que no admitía réplica, y descargó una espuma sintética sobre la herida. En tres segundos el borbotón se detuvo. El monitor soltó un pitido sordo y las pulsaciones del hombre se enderezaron.
El profesor y la enfermera se quedaron quietos. Yuki se miró las manos vacías.
—¿Qué es eso? ¿Cómo lo han frenado?
—Bio-sintético. —Iris le tendió una linterna de diagnóstico óptico—. Contiene el shock, pero la metralla sigue dentro. Hay que sacar el resto.
Yuki cerró el puño sobre la linterna y recuperó el mando.
—¡Jean, tráelos aquí! ¡Sarah, ayúdales con la luz! Tienen tecnología médica avanzada, aprovechemos cada segundo.
Durante dos horas el patio fue un centro de triaje bajo los focos portátiles de La Quimera. El equipo de MSF trabajó hombro con hombro con los recién llegados. Alex cargó escombros y fue pegando parches dérmicos sobre las quemaduras; Iris inmovilizó fracturas con férulas de memoria molecular que se amoldaban solas al hueso; Yuki, con Jean y Sarah, se encargó de lo más complicado.
Los gritos se fueron apagando hasta ser gemidos, y los gemidos, el sueño pesado de los sedados. Los aldeanos, al ver que aquellas herramientas extrañas les devolvían a sus hijos y a sus padres, empezaron a acercarse con té caliente en cuencos de barro.
Cuando la última sutura quedó hecha, el cielo sobre el Hindu Kush empezaba a palidecer.
Jean y Sarah se llevaron a los últimos heridos a la zona segura de la escuela. Yuki se dejó caer de espaldas contra un muro de adobe aún tibio por los incendios apagados. Se quitó los guantes, tiesos de sangre seca, y se pasó el antebrazo por la frente. A unos metros, Alex guardaba los viales vacíos en el maletín. Lo miró despacio por primera vez: la chaqueta de vuelo gastada, la postura relajada y alerta a la vez, los ojos fijos en ella.
—Hablas mi idioma. Traes una tecnología que les saca un siglo a los soviéticos y a los americanos, y han derribado dos helicópteros de combate para salvar este puesto. —La voz le salió ronca—. Mis compañeros y yo hemos visto cosas raras en esta guerra, pero esto... Ya no quedan urgencias. Dime quién eres y qué quieres de mí.
Alex cerró el maletín con un chasquido metálico, se levantó y sonrió de medio lado, con cansancio.
—Te quiero a ti.
Yuki no se movió.
—Nací el 5 de septiembre de 1974, en un hospital de Tokio —dijo Alex—. Un mes antes de tiempo. Mi madre siempre cuenta que una joven médica residente se saltó las normas de la guardia para salvarme la vida.
Yuki frunció el ceño y le recorrió el rostro.
—He atendido a muchos occidentales. No esperes que los recuerde a todos.
—Pero yo te recuerdo a ti.
—Eso es imposible. Eras un recién nacido. —Se detuvo—. Mil novecientos setenta y cuatro. Hace ocho años. Ahora tendrías...
—Ocho. —Alex apagó el sistema holográfico de ocultación y dejó que ella viera su verdadera forma—. Es una historia larga. Digamos que ese bebé ya tenía la mente de un adulto.
Yuki entreabrió los labios. No dijo nada.
Alex sostuvo su mirada un segundo de más, como si sopesara hasta dónde empujar. Luego se guardó el aplicador en el bolsillo, miró el cielo que empezaba a clarear y añadió, más bajo:
—Además, veo cosas. De la gente. De ti. Pero eso te lo cuento cuando hayas dormido, porque ahora mismo no me creerías ni la mitad.
—No me creo ni la mitad de lo que ya me has dicho —murmuró Yuki.
—Bien. —Alex sonrió de verdad esta vez—. Eso significa que estás prestando atención.
Al fondo, alguien volvió a gritar pidiendo una camilla. Yuki se puso de pie de un salto, y por un instante —solo un instante— dudó entre mirar al herido o mirarlo a él.
Miró al herido.