El aire frío del amanecer apenas rozaba la piel de Yuki y Alex mientras cruzaban a paso firme el campamento improvisado hacia la tienda del enfermo. Tras la escaramuza de horas antes, la calma se sostenía de milagro: el murmullo de los heridos, el ir y venir de las enfermeras afganas, una cacerola que alguien dejó caer y que nadie recogió.
Dentro de la carpa, la penumbra apenas dejaba adivinar la figura del joven rescatado. Respiraba a golpes cortos, con la frente empapada en sudor frío. Sarah le retiraba el termómetro cuando oyó los pasos. Levantó la vista y la clavó en Yuki.
—Infección grave —dijo, con la voz gastada—. La fiebre sube demasiado rápido y creo que viene de la metralla. Hay que operarlo ya, Yuki. No llega a la noche.
Yuki asintió.
—Preparadlo. Yo me preparo también.
—No —dijo Alex.
Todas las cabezas se volvieron hacia él.
—Lo llevamos a mi nave. Allí tengo el equipo para sacar la metralla sin destrozarle el músculo.
Sarah lo miró sin pestañear. Toda la noche había trabajado junto a un hombre de unos veinticinco años, y ahora, al amanecer, tenía delante a un crío de ocho que le llegaba a la cintura. Abrió la boca y la cerró.
Alex se llevó dos dedos a la oreja y presionó el comunicador.
—Iris, prepara la bahía médica. Extracción de metralla, paciente crítico.
—Bahía lista, Alex —respondió la voz de Iris por el canal interno.
—Llevadlo dentro —ordenó a los hombres que esperaban fuera.
Cuatro de ellos alzaron la camilla y salieron hacia La Quimera. Yuki echó a andar tras ellos y una mano le agarró el brazo. Sarah.
—¿Qué pasa?
—Dímelo tú. —Sarah hablaba pegada a su oído, con los ojos muy abiertos—. ¿Desde cuándo nuestro nuevo amigo es un niño de ocho años?
Yuki buscó a Alex con la mirada. Con las prisas se le había olvidado reactivar el proyector de camuflaje, y avanzaba entre las tiendas con su cuerpo de niño, con las manos en los bolsillos.
—¿Es un alienígena? —preguntó Sarah, casi sin voz.
Yuki tardó en contestar.
—Yo me enteré esta mañana, Sarah. —Respiró hondo—. Pero es humano. Tan humano como tú y como yo. Vamos, que hoy aprendemos algo.
Cruzaron la rampa y el campamento se quedó atrás de golpe: el humo, el barro y la sangre cedieron a un aire frío y limpio, con un fondo de antiséptico. Sarah frenó en seco y se tapó la boca. Las paredes no tenían remaches ni paneles de acero basto, sino una aleación pulida, casi orgánica, gris plomizo, que bebía la luz y la devolvía en un resplandor parejo. Ni un cable a la vista. Del suelo brotaban listones luminosos que se encendían bajo las botas y dejaban ondas azules a cada paso.
Sarah pasó la yema de los dedos por la pared. Estaba tibia, y bajo su palma el gris se volvió dorado.
—Esto no es acero —susurró—. Ni siquiera huele a combustible. Yuki, esto está... vivo.
Yuki apretó los labios y siguió andando. Las puertas del pasillo se abrían en espiral a su paso, sin ruido, hasta la enfermería.
La sala era ovalada. En el centro flotaba, sobre un campo magnético, una cuna quirúrgica de aleación oscura, y sobre ella pendía un brazo articulado con más junturas de las que Yuki quiso contar. Iris esperaba a su lado con un mono térmico de tejido inteligente.
—Paciente en posición —dijo cuando los hombres depositaron al herido. Al tocar la plataforma, la cuna zumbó bajito y se moldeó a la curva de su columna.
—Gracias, podéis salir —dijo Alex. Los camilleros abandonaron la nave sin una palabra, mirando atrás.
Alex dibujó un gesto en el aire y se desplegó una interfaz holográfica. Sobre la cuna apareció el cuerpo del herido en tres dimensiones: esqueleto translúcido, flujo sanguíneo y, en rojo intermitente, las esquirlas clavadas en el músculo.
—La infección ya llegó al tejido contiguo —dijo Iris, y amplió la zona con dos dedos—. La esquirla principal está a milímetros de la arteria.
—Neurobloqueo localizado. —Alex se acercó a una pileta cuyo chorro era un vapor ultrasónico; la mugre de sus manos se deshizo al instante.
Iris apoyó una varilla cilíndrica en el cuello del herido. Un clic neumático. Las facciones del joven se aflojaron, aunque mantuvo los ojos abiertos.
—¿Sin anestesia general? —Sarah dio un paso—. Si siente el corte...
—Solo bloqueo las vías del dolor en la médula —dijo Iris, sin apartar la vista del panel—. Está despierto y estable.
La cuna descendió unos centímetros hasta quedar a la altura del niño.
—Empezamos.
En vez de bisturí, Alex tomó un instrumento fino que proyectaba un hilo de luz azul. El filamento abrió la piel y la selló a la vez. Ni una gota.
—Dios —murmuró Sarah—. No sangra.
Yuki no apartaba los ojos de las manos de Alex. Un niño de ocho años cortaba con el pulso de un cirujano veterano y trabajaba con Iris a base de gestos cortos, sin una palabra de más.
—Pinzas de sujeción magnética —dijo Iris.
Del techo bajó el brazo articulado y de su extremo salieron guías flexibles que se hundieron en la incisión. En el holograma, Yuki y Sarah las vieron sortear los vasos y cerrarse sobre los bordes de la esquirla.
—Extracción sónica.
Zumbido magnético. Con las ondas de ultrasonido, la esquirla profunda subió hacia la superficie como si flotara, sin rasgar nada a su paso.
*Clang.*
El metal, ensangrentado, cayó en la bandeja esterilizada.
—Primera fuera. Iris, la segunda está en la arteria.
Yuki avanzó tres pasos sin darse cuenta.
—Si tiras de ella rompes la pared del vaso —dijo en japonés, muy bajo.
—No voy a tirar —respondió Alex en el mismo idioma—. Voy a disolverla.
Apuntó un emisor verde a la imagen holográfica y apretó el disparador. Un destello. Dentro de la herida el metal no se movió; se deshizo en un polvo fino que el tubo de aspiración se llevó. La arteria quedó entera, latiendo.
—Operación completada —dijo Iris.
Alex retiró los instrumentos e Iris extendió una espuma bio-sintética sobre la incisión. La inflamación bajó ante los ojos de las dos mujeres, la infección se apagó y los bordes de la carne se buscaron entre sí hasta dejar una línea rosada, delgada como un hilo.