Ecos del abismo

28

El silencio en la aldea era total, pesado como una losa. Nadie se movía; incluso el viento gélido del Hindu Kush parecía haberse congelado ante la mole de tres metros.

Solamente Iris reaccionó.

-¡Grov, aléjate de ella y ve a la nave ahora! -ordenó al draconarii con voz firme.

El gigantesco ser emitió un bufido de vapor y se alejó despacio de una Yuki rígida, con los ojos fijos en la criatura sin pestañear.

-Y tú... -suspiró Iris, girándose para mirar a Alex con indignación-. ¿Te has vuelto loco o qué? ¡Mírala! -señaló a la médica japonesa-. Un poco más y le da un infarto.

Alex se rascó la nuca con gesto inocente, con una sonrisa apenada.

-Sí... creo que me he pasado -murmuró el niño.

De pronto, una voz gutural y profunda sonó a sus espaldas:

-Algo se acerca... -indicó el draconarii, deteniéndose antes de cruzar la rampa de La Quimera.

-Te dije que entraras en la nave, lagartija hiperdesarrollada -le volvió a ordenar Iris.

-Motores -continuó Grov, ignorando la reprimenda y olfateando el aire frío-. Cuatro... a gran velocidad. Y... -se mantuvo callado un segundo, entornando sus ojos amarillos-. Huelo también a humanos por tierra. Los primeros llegarán en tres minutos.

-¡Los soviéticos! -gritó Alex, reaccionando en un chispazo.

Se acercó a Yuki, que continuaba paralizada en su sitio, y la zarandeó con fuerza por los hombros.

-¡Reacciona, mujer! Ya tendrás tu éxtasis de comprensión, ¡ahora hay que largarse! ¡Ya! -Alex se volvió hacia el reptil-. ¡Grov, sube a la nave y enciende los motores! Iris, reúne a todos los refugiados y llévalos a la nave. Tenemos que salir de aquí. ¡Vamos, vamos, vamos!

Yuki volvió a la realidad de golpe, sacudiéndose el estupor. Se giró hacia la gente y alzó la voz con autoridad:

-¡Ya habéis oído a Alex! ¡Reunid a todos y entrad en la nave!

La gente comenzó a correr en todas direcciones presa del pánico. Iris se acercó a paso veloz a Jean y Sarah.

-¿Cuántos son en total? -les preguntó.

-Unos cien -respondió Sarah sin aliento-. Ciento cincuenta si contamos a los muyahidines.

-Bien, llevadlos adentro.

En ese preciso momento, el rugido ensordecedor de los rotores de dos helicópteros de combate comenzó a retumbar entre los cañones de piedra. El refugio volvía a estar bajo ataque.

-¡Solo han entrado ochenta y cinco personas! -informó Iris revisando el contador táctico de su muñeca.

Una mujer afgana salió corriendo de la rampa de la nave, llorando y gritando en su idioma nativo.

-¿Qué dice? -preguntó Jean.

-Dice que hay un grupo de diez niños todavía en la escuela -tradujo Yuki-. ¡No los encuentra dentro de la nave!

De repente, dos helicópteros soviéticos emergieron sobre las crestas y uno de ellos comenzó a ametrallar la estructura del hospital-escuela, levantando surtidores de piedra y polvo.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, Alex y los demás vieron una enorme figura negra salir disparada a toda velocidad. Grov había pegado un salto descomunal, surcando el aire decenas de metros hasta engancharse con sus garras a la cabina del helicóptero militar.

El pesado transporte osciló violentamente. A través del cristal, los pilotos soviéticos comenzaron a gritar en ruso al ver semejante pesadilla reptiliana sobre su parabrisas. Grov comenzó a golpear el cristal blindado con sus puños de escamas hasta que las garras lo reventaron en mil pedazos. Introdujo sus zarpas en la cabina, sacó a los dos pilotos por la apertura y los dejó caer al vacío, estrellándose contra las rocas.

Con el helicóptero fuera de control cayendo a lo lejos, Grov saltó de la aeronave en pleno vuelo y se estampó contra el techo del hospital, colándose en el interior.

El segundo helicóptero abrió fuego de ametralladora pesada contra el edificio. En medio de las ráfagas, la pared del hospital reventó y de ella salió Grov de un nuevo salto. Envueltos entre sus enormes brazos y protegidos por su torso, traía a los diez niños a salvo. Los proyectiles soviéticos impactaban directamente contra las escamas de su espalda, rebotando inofensivamente como si fueran simples guijarros.

-¡Alex! -rugió Grov con voz atronadora-. ¡Necesito un escudo para llevar a los niños a la nave!

Alex activó los emisores de su armadura de combate, que cubrieron su pequeño cuerpo con una línea de luz dorada, y corrió hacia el draconarii.

-¡Iris, si están todos dentro, entra en la nave!

-Están todos menos los muyahidines -informó Iris desde la rampa-. Dicen que nos marchemos sin ellos, que ellos se quedan a cubrirnos.

Los guerreros afganos comenzaron a disparar sus fusiles desde las rocas contra el helicóptero para atraer su atención. Alex no perdió el tiempo contestando: extendió los brazos y activó un campo de fuerza translúcido alrededor de Grov y los diez niños, escoltándolos a toda velocidad hasta el interior de La Quimera.

-¡Iris, todos dentro! -ordenó Alex-. ¡Elévate y sácanos de aquí!

-¿Y Grov? -preguntó Iris mirando al dragón humanoide que se había quedado al pie de la rampa.

-Él saldrá volando -respondió Alex.

-¿Volando...? -se extrañó Yuki.

A través de los monitores externos de la nave, Iris y los demás presenciaron una transformación increíble: la masa muscular de Grov comenzó a expandirse, sus huesos crujieron y de su espalda brotaron dos enormes alas membranosas. El draconarii adoptó la forma completa de un monumental dragón negro, desplegó sus alas y se impulsó hacia el cielo con un rugido que hizo temblar el cañón.

Sin detenerse, el dragón se lanzó contra el segundo helicóptero y le destrozó el rotor de un zarpazo. La máquina perdió altura, giró sobre sí misma y aterrizó a trompicones en la ladera, humeando, con los pilotos vivos pero sin posibilidad de volver a despegar.

-¡Vámonos de aquí ya! -ordenó Alex.

Se giró y miró a Yuki. La médica japonesa tenía la vista fija en los paneles de control de La Quimera.




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