Ecos del abismo

29

—Aquí Grey Wolves 3. Zona protegida, enemigos en tierra eliminados o heridos. Fuerzas de tierra pueden entrar en la zona —dijo en ruso el capitán Andréi Nikoláyevich.

El helicóptero giró una vuelta más sobre la aldea antes de ganar altura. Abajo, el polvo levantado por los rotores aún colgaba sobre los tejados de adobe.

Un GAZ-24 Volga entró por el camino de tierra. Detrás, un poco más lentos, avanzaban dos BTR-60PB con seis soldados cada uno en su interior. Después llegó el sonido atronador de los motores de tres carros de combate T-62, que hizo vibrar las ventanas rotas de las casas y levantó una nube ocre que tardó en asentarse.

El teniente coronel Viktor Petrovich Morózov bajó del Volga. Se quedó quieto un momento, con las botas hundidas en la tierra suelta, y olió el aire: queroseno, metal quemado, ceniza mojada.

—Revisen la zona. Busquen pistas para saber qué demonios ha pasado aquí —ordenó mientras miraba los restos esparcidos de tres helicópteros Mi-24 Hind destruidos y un cuarto aterrizado en mitad de la plaza, sin rotor y con dos pilotos catatónicos—. Que los médicos revisen a los pilotos.

Los soldados saltaron de los blindados y se dispersaron en abanico, con los fusiles cruzados sobre el pecho. Uno de ellos pateó un trozo de fuselaje y lo dejó caer con un golpe sordo.

Del Volga descendieron tres personas más: Natasha Ivánovna Volkónskaya, de la KGB, y dos agentes del GRU. Los del GRU se colocaron a un paso de ella, uno a cada lado, sin mirarla. Natasha se ajustó los guantes y fingió no darse cuenta.

Viktor era un soldado profesional. Había visto helicópteros caer por una ráfaga de DShK, por un Stinger, por un fallo de motor. Se preguntaba: «¿Qué pudo haber destruido a tres helicópteros y dejar a un cuarto inutilizado?».

Las palas del Mi-24 que se había posado eran lo que más le intrigaba. No estaban rotas ni arrancadas. El buje del rotor terminaba en un corte limpio, brillante, como si alguien hubiera pasado una cuchilla por la mantequilla.

Natasha recorría la aldea con pasos lentos, tratando de hacer un esquema de lo que pudo haber pasado allí durante las últimas horas. Marcaba mentalmente cada cosa: los casquillos de 12,7 agrupados detrás de un muro bajo, las huellas de botas afganas que se cruzaban con las de calzado de lona, las marcas de arrastre en dirección a un claro. Había mantas dobladas con cuidado, cajas de medicinas vacías, un cazo de cobre que aún guardaba el calor del fuego.

Entonces, algo brillante y azulado llamó su atención cerca de la fogata central, ya casi apagada. Se acercó.

En el suelo, un poco tapado con tierra, había un extraño cilindro del tamaño de su arma reglamentaria. Dentro de un vidrio que no se parecía a ningún vidrio, un líquido azul iridiscente giraba despacio, aunque nadie lo hubiera movido.

Se agachó sin tocarlo.

—Camarada teniente coronel, que uno de sus hombres traiga una unidad de contención y que los demás busquen cosas raras.

Viktor arqueó una ceja y se acercó a grandes zancadas.

—¿Ha encontrado algo, camarada Volkónskaya?

La agente alzó el cilindro con dos dedos, protegidos por el guante, y lo mantuvo a la altura de los ojos del oficial. La luz azul le tiñó las pupilas. Viktor chasqueó los dedos hacia uno de sus soldados, que corrió hasta el BTR y volvió con una caja de seguridad reforzada, de las que se usaban para transportar documentos de cifrado. Natasha depositó el cilindro en ella y esperó a que Viktor cerrara los cierres con sus propias manos.

—¿Qué cree que es, camarada?

—No lo sé. Pero sea lo que sea, no es de Médicos sin fronteras.

Viktor la miró un instante más de lo necesario. Detrás, uno de los agentes del GRU anotaba algo en una libreta.

\* \* \*

Mientras tanto, el sargento Yuri Alexándrovich Smirnov revisaba el interior del hospital-escuela con otros dos soldados. El pasillo olía a alcohol, a lana húmeda y a algo dulce que Yuri no supo nombrar. Las puertas de las salas estaban abiertas de par en par. En una de ellas había camastros revueltos, vendas sucias en un cubo, una jarra de agua volcada.

—Sargento —dijo uno de los soldados desde el fondo—, tiene que ver esto.

Yuri se acercó y miró. En el suelo había esparcidos lo que parecían apósitos médicos, pero muy raros: del tamaño de una palma, translúcidos, brillaban con una luz azul que no proyectaba sombras. Uno de los soldados los señalaba con la punta del fusil, a distancia, como quien señala una serpiente.

Yuri se llevó a la boca su radio:

—Camarada teniente coronel, ¿me escucha?

—Adelante, Yuri.

—Debería ver esto. Hay cosas raras por aquí dentro.

—Voy para allá. Corto.

Yuri se agachó. Se quitó el guante de la mano derecha con los dientes, porque la tela le estorbaba, y con esa mano, la que tenía amputados dos dedos desde el invierno, agarró uno de los apósitos.

Este comenzó a brillar más intensamente, y un fulgor azul le envolvió la muñeca, los nudillos, los muñones. Yuri lo soltó de golpe y el apósito rodó por el suelo, pero ya era tarde: fuera lo que fuese lo que había en esa cosa, ya estaba en su mano. Y la estaba curando.

\* \* \*

Viktor entró en el edificio junto a Natasha. Desde el fondo del pasillo llegaban voces de conmoción y murmullos que subían y bajaban, como los de una cola frente a una tienda vacía.

Al llegar a la estancia, Yuri estaba arrodillado en el suelo con la mano derecha apoyada en la rodilla. Los dos soldados lo rodeaban sin pestañear, con la boca entreabierta. Uno de ellos había soltado el fusil y ni siquiera lo había recogido.

Viktor bajó la mirada hasta la mano del sargento. El anular y el meñique, que habían volado con un balazo, estaban ahí, completos.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó tajante.

Yuri alzó despacio la cabeza. Elevó su mano y la enseñó frente al oficial, abriendo y cerrando los dedos uno a uno, como quien comprueba una herramienta recién devuelta. Estaban completamente formados, con la piel rosada y nueva, sin una sola cicatriz.




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