El rugido sordo y continuo del motor del GAZ-24 Volga llenaba el habitáculo, y bajo los neumáticos crepitaba la grava fina. A diferencia de los pesados transportes blindados BTR de la columna militar, que avanzaban delante y detrás, el elegante turismo soviético ofrecía un aislamiento relativo. Dentro, el aire estaba espeso de gasolina, humo de cigarrillo y el polvo seco del desierto afgano que se colaba por las junturas de las ventanillas.
El convoy avanzaba a velocidad constante por la pista de tierra desfondada y dejaba atrás la plaza vacía de la aldea, donde la tira de lona seguía enganchada al rotor roto del Mi-24, ondeando.
Natasha, en el asiento trasero, con el uniforme impecable y las insignias de la Dirección Principal del KGB sobre los hombros, miraba fijamente la nuca del oficial sentado junto al conductor. Tenía la garganta seca y el corazón martillándole contra las costillas. A su derecha iba Grigori, con un fusil AKS-74 cruzado sobre las piernas; a su izquierda, Oleg. Se inclinó hacia adelante y apoyó los antebrazos sobre el respaldo de cuero sintético para vencer los vaivenes del coche.
—Teniente Coronel... pida que pare la columna —dijo, clavando la mirada en Viktor.
El oficial no se movió de inmediato. Tenía la vista fija en el parabrisas, en la nube de polvo que levantaba el blindado de cabeza. Tardó un par de segundos en girar el rostro hacia ella. Sus rasgos, esculpidos por años de disciplina militar y por el viento helado de la estepa, permanecieron inexpresivos, pero en sus ojos grises se encendió una chispa.
—¿Para qué, Comandante? —preguntó con voz pausada, usando el rango de la joven sin perder el tono profesional—. Estamos en zona hostil. Si detenemos los motores, nos convertimos en un blanco estático para cualquier muyahidín con un RPG a un kilómetro a la redonda.
Natasha echó una mirada rápida, casi instintiva, hacia el conductor y hacia los dos hombres que tenía a los lados. Había querido parar la columna para hablar a solas con él, y a solas no iba a haber nada en toda aquella pista. No quería que la oyeran. No quería que lo que estaba a punto de decir terminara en un informe paralelo o llegara antes de tiempo a oídos del mando político.
Viktor captó la dirección de su mirada y soltó una risa corta, grave y áspera, que retumbó seca en el interior del Volga.
—No se preocupe, camarada Volkónskaya —dijo, usando el apellido con el que figuraba la oficial en sus credenciales—. Estos hombres son de confianza. ¿Verdad, chicos?
Al volante, el sargento Yuri, un militar de carrera de manos encallecidas que manejaba con precisión quirúrgica, escupió por la ventanilla entreabierta.
—Le debo la vida al Teniente Coronel desde Panjshir, camarada —rezongó por encima del silbido del motor—. Si dice que nos tiremos por un barranco, yo pregunto a qué velocidad.
Grigori asintió con una leve inclinación de cabeza. Llevaba el uniforme ensombrecido, sin insignias claras.
—Sacó a mi hermano de un nido de ametralladoras en Khost cuando los mandos de Kabul ya nos daban por muertos —dijo, con un tono frío, sin drama—. Aquí no hay orejas extrañas, camarada del KGB. Lo que se dice en este Volga se queda entre esta chapa y la tierra.
Oleg, el otro agente del GRU, más joven, de ojos inquietos y observadores, se golpeó el pecho con el puño sobre el chaleco táctico, una sola vez. No dijo nada.
Natasha soltó el aire despacio. La mirada de Viktor se le había quedado encima, midiéndola, tratando de adivinar qué había detrás de aquella interrupción.
Entonces habló.
—No sé qué hará con lo que llevamos... pero tiene mi apoyo.
Las palabras quedaron suspendidas, compitiendo con el ronroneo del motor. Viktor arqueó una ceja, sin borrar del todo la sombra de esa sonrisa irónica que ponía cuando la situación se volvía absurda o peligrosa.
—¿Su apoyo? —repitió, girando medio torso sobre el asiento—. La única agente del KGB de esta columna me ofrece su apoyo para ocultarle un hallazgo a la estructura del Estado.
Natasha sostuvo la mirada. La luz tenue del atardecer, que entraba por el cristal, le iluminaba la mitad del rostro y dejaba ver una determinación que no pertenecía a los manuales de la policía política.
—Digamos que yo también tengo curiosidad... padre.
El silencio que siguió a esa palabra fue tan denso que pareció apagar el ruido del GAZ-24.
El sargento Yuri hizo rascar los engranajes al cambiar de marcha. Miró por el retrovisor con los ojos muy abiertos, de Natasha a Viktor y de Viktor a Natasha. Grigori y Oleg no se movieron.
Viktor no parpadeó. La chispa de burla se apagó en sus ojos y los hombros se le tensaron bajo la guerrera. Durante tres segundos fue una estatua.
—Sargento Yuri, mantén la distancia con el BTR de cabeza —ordenó sin apartar los ojos de Natasha. Su voz había bajado una octava y se había vuelto peligrosamente tranquila—. Grigori, la radio del coche. Ninguna emisión.
Grigori se inclinó entre los asientos y giró el conmutador del salpicadero. Se oyó un clic.
—Apagada, Teniente Coronel.
Viktor se giró más en el asiento hasta dejar su rostro a un palmo del de Natasha. Olía a tabaco, a polvo seco y a cuero viejo.
—¿Cómo me has llamado? —musitó, en un susurro cortante.
—Sabes perfectamente cómo te he llamado —respondió Natasha, sin pestañear ni echarse atrás—. Y sabes que no entré en la Tercera Dirección Principal del KGB para rellenar informes de lealtad ideológica en esta provincia olvidada de Dios.
Viktor apretó los dientes. La línea de la mandíbula se le marcó con dureza.
—En tu expediente eres Natasha Ivánovna Volkónskaya. Tu padre registrado era un funcionario de provincia —dijo, escupiendo los datos como si leyera un informe—. No conozco a ninguna Volkónskaya con derecho a llamarme así.
—Mi madre cambió los documentos en el registro de Leningrado cuando tú estabas sumergido en aquellas misiones negras —contestó ella, con la voz firme y las manos temblándole—. Se divorció de ti en secreto cuando el aparato del Estado te tendió la trampa y te hizo pasar por agente doble, por traidor. La contrainteligencia estaba encima de la familia. Si ibas al paredón o terminabas en un laboratorio subterráneo, quería que la sombra no me alcanzara. Ocultó que estaba embarazada y se casó tiempo después con Volkónski, un hombre gris, perfecto para los archivos del ZAGS, que no hacía preguntas. Y cuando todo se aclaró, cuando tu nombre quedó limpio en las altas esferas y recuperaste el mando, ella no quiso reescribir la historia. Para los papeles del Estado, yo ya era una Volkónskaya.