Lo sentía todo.
No era una metáfora ni una sensación difusa; era una realidad cristalina, sin pausas. Cada neutrino atravesando la materia, cada muon cayendo desde la atmósfera exterior. Todo cruzaba su cuerpo y quedaba registrado en su mente con una precisión que no le dejaba descanso. Y más abajo, entre las montañas de Afganistán, el estallido seco de los fusiles: una base soviética disparando contra el cielo.
En la cabina de la Quimera todos lo creían dormido, descansando tras el viaje. Alex tenía los ojos cerrados y no dormía.
Iris lo miraba de reojo de vez en cuando desde el puesto de mando.
—Después de todo, es solo un niño —dijo Yuki desde el asiento contiguo, sin apartar la vista de la silla, donde el chico tenía una mano fuera de la manta.
Iris seguía con la vista fija en los paneles holográficos, atenta al pilotaje.
—Lo es... pero es un niño especial.
—¿Cuánto hace que lo conoces? —preguntó Yuki, inclinándose hacia ella.
—Un año —respondió Iris sin soltar los mandos—. Desde que me creó.
Yuki giró la cabeza despacio. Tenía la boca entreabierta.
—¿Desde que te... creó?
Iris se volvió apenas unos grados hacia ella y dejó escapar un leve suspiro artificial.
—No soy humana, Yuki. Lo que vosotros llamaríais un androide.
—No lo pareces —dijo Yuki, examinando la piel de la mejilla de Iris, el brillo de sus ojos, la soltura de sus movimientos—. Cualquiera diría que eres de carne y hueso.
Los labios de Iris se curvaron en una mueca ladeada.
—Su tecnología está siglos por delante de la vuestra. Al lado de ella, lo que conocéis aquí es el primer aeroplano de los hermanos Wright.
Yuki volvió a mirar la litera. Alex no se había movido un solo milímetro.
En la litera, Alex abrió los ojos. La marea de partículas se replegó lo suficiente para dejarlo en el presente.
—Iris —dijo con voz serena pero firme—. ¿Cuánto queda para llegar a Aeterna?
—Unas dos horas —respondió la androide, ajustando el rumbo en los indicadores holográficos.
—Bien. Tú lleva a todos a salvo a Aeterna —ordenó Alex mientras se levantaba y se sacudía la ropa—. Yo tengo trabajo que hacer.
Iris se giró en el puesto de mando y lo miró sin entender, con el ceño fruncido.
—¿Trabajo? ¿De qué coño hablas, mocoso?
Alex se detuvo un instante y clavó la mirada en las dos mujeres.
—Hay un grupo de soviéticos metidos en un buen lío en una base en Afganistán. Obedece.
Sin esperar réplica, se dio la vuelta y echó a andar hacia la parte trasera de la Quimera. A su paso por la zona de carga, los refugiados, apretados entre mantas y suministros, se apartaban en silencio. Nadie le sostenía la mirada.
Alex llegó al fondo del fuselaje y pulsó el panel táctil de la compuerta trasera. El aire helado de la alta atmósfera rugió al entrar y una alarma estridente empezó a sonar y a parpadear en la consola principal.
—¡Alex! ¿Qué demonios haces? —resonó la voz de Iris por el intercomunicador.
El niño no respondió. Sin vacilar, se dejó caer hacia atrás y saltó al vacío. Las nubes se lo tragaron.
—¡Maldito mocoso! —exclamó Iris.
Activó el piloto automático de un manotazo y corrió hacia la parte trasera de la nave, con Yuki pisándole los talones.
—¿Qué ocurre? ¿Qué ha hecho? —preguntó la médica, sin aliento.
—Nada —respondió Iris, con los dientes apretados y la vista en el abismo plateado del cielo—. Simplemente ese pequeño bastardo acaba de saltar de la nave.
El viento rugía a su alrededor con la fuerza de un huracán. A miles de metros de altura, el frío era de varios grados bajo cero, pero no parecía alcanzarlo. El aire le azotaba el rostro y le agitaba la ropa mientras descendía, atravesando capas de nubes espesas en una caída libre impecable.
En el pinganillo, la voz de Iris estalló:
—¡¿Te has vuelto loco?! ¡¿Es que te falta un tornillo en esa cabeza, mocoso?! ¡Responde!
Alex não dijo una palabra. Con la mirada fija en el horizonte, apretó el pequeño botón de la pulsera de su muñeca derecha.
Al instante, una extraña corriente energética envolvió su cuerpo. Desde el puente de mando, Yuki e Iris lo veían en las cámaras externas: alrededor de Alex, miles de partículas luminosas comenzaron a materializarse y a ensamblarse a nivel molecular. En cuestión de segundos, una nave idéntica en tamaño, forma y tecnología a la Quimera se formó en torno al niño en pleno vuelo y lo absorbió en su cabina mientras retomaba el control del descenso.
Yuki se llevó una mano a la boca. Iris soltó una carcajada.
—Este maldito bastardo nunca va a dejar de sorprenderme... —murmuró, sacudiendo la cabeza con una sonrisa.
Abrió un canal en la consola de comunicaciones internas.
—Grov.
Hubo unos segundos de silencio, un chasquido de estática y un resoplido pesado.
—Estaba durmiendo... ¿Qué querías, tostadora? —respondió una voz gruesa y adormilada.
—Que sigas a Alex y evites que se meta en líos.
Se oyó un suspiro largo al otro lado de la línea.
—Vale... voy tras él.
Segundos después, la compuerta secundaria del segundo hangar —donde Grov dormía plácidamente hasta hacía un momento— se abrió de par en par. Con un rugido que hizo vibrar el fuselaje, un enorme dragón negro se lanzó al abismo, desplegando sus alas de escamas oscuras para dar caza a su amo.
En pleno vuelo, la sombra del Draconarii cortó el viento hasta emparejarse con la nueva Quimera.
—¿Qué quieres? —preguntó Alex sin apartar los ojos de los mandos.
—Vigilarte —respondió la voz rasposa del dragón por el canal de comunicación. Tras un resoplido, añadió—: Lo siento, jefe, pero Iris me ha dado órdenes estrictas de protegerte y evitar que te metas en líos.
Alex chasqueó la lengua.
—Está bien, lagartija. Entra en la nave, pero no te muevas del hangar.
La compuerta inferior del hangar se abrió. Grov plegó las alas y se deslizó con agilidad hasta la bahía de carga. En cuanto sus garras tocaron el suelo metálico y la compuerta empezó a cerrarse, la colosal masa del dragón comenzó a reconfigurarse. Las escamas se comprimieron, las alas membranosas se reabsorbieron en el torso como sombras vivas y el esqueleto se contrajo. En cuestión de segundos, la bestia de decenas de metros quedó reducida a la estatura de un humano común: una forma bípeda, compacta, que aún imponía.
Una vez sellada la compuerta, Alex ajustó la potencia de los propulsores y lanzó la nave en una maniobra vertical, ganando altura a una velocidad pasmosa hasta quedar varios kilómetros por encima de la base soviética y de las naves que seguían hostigándola.
En el hangar, la aceleración le clavó los pies al suelo a Grov. Un escalofrío le recorrió la espalda.
—Este mocoso está tramando algo gordo —murmuró.
En el patio central de la base, los soldados soviéticos vaciaban sus cargadores contra cuatro naves desconocidas que habían empezado a acribillar la instalación. Disparaban con todo lo que tenían —fusiles de asalto, ametralladoras pesadas, lanzacohetes—, pero era inútil. Unos escudos de energía disolvían la munición antes de que rozara el fuselaje. Por encima, como sombras que cubrían el cielo, otras cuatro naves idénticas flotaban en formación y supervisaban el ataque.
Oculta tras unas rocas en un camino elevado, Natasha observaba la escena sin parpadear.
A unos metros, su padre, Víktor, y su grupo de leales resistían como podían a los ataques del coronel Volkov.
Veinte minutos antes, estaban sentados en su despacho. Había una tetera sobre el escritorio que nadie había tocado y una estufa de hierro que ahogaba la habitación. Volkov los escuchaba de pie, con las manos a la espalda y las botas pulidas, y asentía despacio a cada frase de Víktor, como quien espera a que alguien termine de hablar para decir lo que ya había decidido.
De pronto dejó de asentir. Las aletas de la nariz se le abrieron y cerró los ojos un instante, como quien reconoce un olor de la infancia.
—La sangre del humano mutante —dijo.
Víktor no se movió. Natasha vio cómo su padre cerraba la mano sobre la correa de la mochila.
—No sé de qué habla, coronel.
—Camarada Víktor. —Volkov sonrió sin mostrar los dientes—. La huelo desde que cruzaron la puerta de la base. Está ahí, en esa mochila. No me obligue a pedirla dos veces.
Yuri se había puesto de pie. Olov y Gregori tenían ya la mano en el fusil, y en el pasillo se oyeron pasos, más de dos pares.
Víktor sacó el cilindro. Era del largo de un antebrazo, de metal gris, con una mirilla de cristal por la que se veía el líquido azul moviéndose solo, sin que nadie lo tocara. Lo dejó sobre el escritorio.
Volkov lo cogió con las dos manos. Lo giró contra la luz de la estufa. Le temblaban los dedos, y no era de miedo.
—Tanto tiempo —murmuró.
Rompió el sello con el pulgar. Se lo llevó a los labios.
—¡No! —gritó Víktor.
Tarde. Volkov bebió hasta que el cilindro quedó vacío y lo dejó caer. Rodó por el suelo hasta chocar con la pata de la silla de Natasha, y el sonido hueco fue lo único que se oyó en la habitación.
Volkov echó la cabeza hacia atrás. Una luz azul le recorrió las venas del cuello, subió por la mandíbula y le encendió los ojos desde dentro. Soltó una exhalación larga, casi un suspiro de alivio.
Luego se llevó los dedos a la línea del pelo y tiró. La piel humana se le desprendió como un guante viejo y cayó al suelo con un sonido blando. Debajo no había nada que se estuviera formando: había estado ahí todo el tiempo. Escamas verdosas del tamaño de una uña, un cuello grueso, unas garras negras que rayaron la madera. Los ojos amarillos, de pupila vertical, recorrieron la habitación sin ninguna prisa.
—Años fingiendo —dijo con una voz que ya no era la del coronel—. Y ahora ya no tengo que fingir.
El techo del despacho era bajo. Se incorporó, y su cabeza partió las vigas.
Gregori disparó. Las balas se hundieron en el pecho escamoso y la carne se cerró detrás de cada una, como agua. La criatura giró hacia él y levantó una mano. De la palma saltó un arco de luz azul que lo lanzó contra la pared y dejó una mancha negra en la madera.
—¡Fuera! ¡Todos fuera! —rugió Víktor, y empujó a Natasha hacia la puerta.
Corrieron por el pasillo con el rugido pegado a la espalda y las paredes de madera astillándose a su paso. Alguien había dado la alarma en el patio. Cuando salieron a la luz, las naves ya estaban allí.
Ahora Natasha se pegaba a la fría pared de roca, con las uñas clavadas en la piedra, y repetía en su cabeza lo que había visto, sin que tuviera sentido.
«¿Cómo demonios nos hemos metido en este lío?», pensó, con los dientes apretados.
Corrió hasta el borde del terreno y se deslizó en una trinchera embarrada. Víktor se arrastró tras ella, con el rostro cubierto de hollín y sudor, y detrás Yuri, Olov y Gregori, que se sujetaba el costado. Respiraban con pesadez, con los Kalashnikov apretados contra el pecho. A Yuri le temblaban las manos sobre el fusil.
La criatura emitió un rugido que hizo retumbar la tierra bajo sus botas. Como si respondieran a una llamada, de una de las naves superiores bajó un escuadrón de diez seres fuertemente armados que se desplegaron en tenaza para cercar la trinchera.
Víktor miró a Natasha. Le apretó el hombro con fuerza y no dijo nada. Sin munición pesada, acorralados entre el monstruo y la infantería enemiga, el grupo cerró los ojos y esperó. Natasha contuvo el aliento. El frío de las montañas le calaba los huesos.
Entonces, el cielo pareció rasgarse.
Un silbido agudo cortó el aire. Antes de que ninguna de las naves atacantes pudiera reaccionar, un vehículo diferente —más pequeño, más estilizado, y tan rápido que apenas se distinguía— descendió en picado desde las capas altas de la atmósfera y frenó en seco en el centro mismo de la formación enemiga.
Los pilotos de las naves agresoras se quedaron quietos un instante ante aquel intruso.
Ese segundo de duda fue su sentencia.
La pequeña nave no dio tregua. De sus cañones inferiores brotó un destello cegador y seis rayos de energía pura cruzaron el aire, cada uno hacia un buque enemigo, con una precisión matemática. Las explosiones convirtieron el cielo nocturno en fuego y metal retorcido, y la onda de choque hizo temblar las paredes de la trinchera.
En el fondo, Natasha y su grupo miraban el cielo con la boca abierta. ¿Quién o qué demonios acababa de salvarles la vida?