Ecos del abismo

32

Un rugido grave hizo temblar el aire. Los supervivientes alzaron la cabeza: la nave bajaba sobre ellos, inmensa, y su sombra los envolvió como una losa helada.

Se detuvo de golpe a menos de dos metros del suelo. Yuri, el más alto con diferencia, se encogió y agachó la cabeza para que el casco no le golpeara el cráneo. Nadie sabía qué hacer ni hacia dónde correr. Más de uno tenía los nudillos blancos de tanto apretar el fusil.

A cien metros, agazapado tras las rocas, el coronel reptiloide Volkov esperaba con diez soldados reptil armados hasta los dientes, calculando su siguiente movimiento.

Un soplido de aire a presión y una compuerta se abrió justo encima de ellos. Por el hueco asomó una figura pequeña.

—¿Un niño? —soltó Viktor.

Natasha parpadeó dos veces. ¿Su presunto salvador era un crío? Lo miró bajo la penumbra: no debía de tener más de ocho años, el pelo moreno revuelto, los ojos castaños y una chulería que no le correspondía por edad.

El niño le tendió una mano pequeña, sin titubear.

—Vamos, preciosa —dijo con una sonrisa burlona—. Mueve tu trasero hacia adentro si quieres seguir viva.

Natasha giró la cabeza hacia su padre. Viktor miraba la escena con la boca entreabierta, como quien mira una película desde la butaca. Los demás igual: la mente flotando en otra dimensión.

Sin darse tiempo a dudar, la joven agente del KGB agarró la mano de Alex y saltó dentro. Sobre sus cabezas, las explosiones del fuego enemigo golpeaban contra el escudo de la nave.

En el pasillo de desembarco Natasha levantó la vista y casi chocó con Grov. Aun en su forma humanoide, el reptil era enorme. A Natasha se le erizo la piel.

Uno a uno subieron los cuatro miembros restantes del grupo y, al ver a la criatura, se amontonaron en un rincón y se abrazaron como bebés.

Desde la rampa, Alex echó un último vistazo al claro para asegurarse de que no quedaba nadie. Sus ojos se cruzaron con los de Volkov.

—¿Srakan? —gritó, saludándolo con la mano—. Vaya, vaya. Así que te degradaron, exconsejero.

—¡Túuuuuu! —rugió el reptil, con las fauces abiertas—. ¡Maldito mamífero! ¡Saco de carne con patas! ¡Por tu culpa perdí mi puesto de consejero en la Federación Galáctica! ¡Cuando te ponga las manos encima, te despellejaré vivo!

—Sí, bueno —respondió Alex, encogiéndose de hombros—. Quizá algún día lo consigas, pero hoy no. Tengo prisa. Ha sido un placer... Espera, ¿es al revés? Como sea. Ha sido un no placer volver a verte.

—Mocoso, date prisa y sube —gruñó Grov por el pinganillo—. Esas dos de arriba van a descargar su armamento más pesado y van a cristalizar todo esto.

Alex se despidió con otro gesto y la escotilla se selló a su espalda. En la bodega, los soldados soviéticos seguían arrinconados contra la pared metálica, con los dientes castañeteando. Alex miró a Grov y suspiró.

—Grov, no te los comas.

Y se fue hacia el puente de mando.

El más joven de los soldados se escondió detrás del sargento, y el sargento intentó pegarse a la pared como si pudiera atravesarla.

*Nos va a comer. Madre mía, madre mía. Si me muerde, que sea rápido.*

*Yo no creo en Dios. Pero si existe, que se acuerde de mí ahora mismo.*

Uno se persignó por pura costumbre y miró alrededor, culpable.

*Tiene más dientes de los que caben en una boca.*

Grov los miró de arriba abajo y arrugó el hocico escamoso.

*¿Carne? Puaj. Qué asco. Y encima huelen a sudor frío. A mí me gusta la fruta. Mataría por una piña.*

Fuera, uno de los soldados reptiloides corrió hacia Srakan bajo el viento abrasador.

—¡Comandante, debemos irnos! ¡Van a cristalizar la zona de un momento a otro!

Srakan lanzó un último rugido hacia la nave de Alex, que ya calentaba sus impulsores.

—¡Vámonos! —ordenó entre dientes.

El escuadrón draconarii encendió los propulsores y salió disparado hacia una de las entradas de las naves.

Arriba, las dos naves empezaron a zumbar, un silbido agudo que se metía en los dientes. Las líneas de sus cascos se encendieron en azul fosforescente mientras cargaban los cañones térmicos.

En la cabina de mandos, Alex se plantó ante el panel holográfico. Sus dedos pequeños volaron por los controles: ignición de plasma, potencia máxima a los motores de salto gravitatorio. La nave rugió, los reactores traseros escupieron una ráfaga de luz blanca y salió disparada hacia el cielo, rasgando la atmósfera.

Un instante después, dos rayos de energía pura golpearon el suelo que acababan de dejar. El valle se encendió. Las rocas, la tierra y la vegetación se fundieron de golpe y toda la base quedó convertida en una llanura lisa y brillante de cristal.

La nave ganó altitud hasta la capa alta de la atmósfera, lejos del radar de las naves draconarii. Cuando niveló el vuelo sobre la curvatura del planeta, dejando atrás la columna de humo, Alex tecleó el rumbo hacia su base oculta en Bir Tawil.




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