Sigue adelante,
incluso con la herida o el peso a cuestas,
sabiendo que cada caída
es también un peldaño hacia el sol.
La verdadera meta es florecer en cada proceso,
aprender a afinar el alma en la tormenta
y mantener encendido, con firmeza,
tu propio farol.
No temas a la densidad del camino,
ni a los silencios que hicieron temblar la voz,
cada pausa enseñó a escuchar el pulso,
cada paso construyó la frecuencia que
hoy te sostiene.
Hay una sabiduría callada en no rendirse,
en juntar los pedazos en la penumbra,
y volver a tejer la propia historia
con hilos de mayor alcance y solidez.
Hoy reconoce el valor de su propio paso,
la quietud que nace al abrazar lo complejo,
y esa capacidad sagrada de hacer de la herida;
un mapa de navegación, y del silencio,
su más firme fortaleza.
Porque un día, al mirar el sendero recorrido,
descubrirás que las sombras de antes
son la luz que hoy ilumina tu marcha.
Y dirás con la paz en el pecho,
tras todo lo habitado y lo luchado:
«¡Qué fuerte fui, qué valiente soy!»
By A.V
Editado: 01.10.2026