Ecos del Olvido

CAPÍTULO 3: EL PALACIO DE LOS SECRETOS

CAPÍTULO 3: EL PALACIO DE LOS SECRETOS

Bogotá, 6 de noviembre de 1985

Hay momentos en la vida donde el tiempo se fractura como un cristal, creando grietas por las que se cuela la eternidad. Para mí, uno de esos momentos comenzó a las 11:47 de la mañana del 6 de noviembre de 1985, cuando sonó mi teléfono en la oficina de la Fiscalía y una voz desconocida me dijo: "Detective Mendoza, necesito que venga inmediatamente al Palacio de Justicia. Hay algo que tiene que ver."

Elena estaba sentada frente a mí, revisando los expedientes de los últimos seis meses. Durante ese tiempo, nuestra alianza profesional había evolucionado hacia algo más profundo y complejo. Habíamos descubierto que la muerte del sicario que mató a Lara Bonilla no había sido casualidad: había sido ejecutado por orden de alguien que conocía detalles íntimos de la investigación. Alguien que tenía acceso a información oficial.

En esos meses habíamos mapeado lo que comenzamos a llamar "La Red del Silencio" como una telaraña que se extendía desde Medellín hasta Bogotá, conectando casos aparentemente inconexos. Elena había desarrollado una obsesión metodológica que rivalizaba con la mía: su apartamento se había convertido en un archivo de horror, con fotografías de víctimas, recortes de periódicos y diagramas que cubrían las paredes como un mural macabro de la violencia nacional.

Pero también había desarrollado otra cosa. Cuando nuestras manos se rozaban accidentalmente al pasar documentos, cuando nuestros ojos se encontraban durante los largos silencios de concentración, cuando ella se quedaba dormida en su escritorio después de trabajar toda la noche y yo la cubría con mi chaqueta sin despertarla, había algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Una intimidad peligrosa que crecía en los intersticios de nuestra búsqueda de justicia.

—¿Quién era? —preguntó Elena cuando colgué el teléfono.

—No lo sé. Dijo que era del DAS, pero no se identificó completamente. Solo que necesitaba verme en el Palacio de Justicia urgentemente.

Elena frunció el ceño. En los últimos meses había desarrollado un instinto casi animal para detectar peligros. Su privilegio de clase inicial había sido reemplazado por una paranoia bien fundamentada.

—Ricardo, no me gusta. ¿Por qué no te dicen por teléfono de qué se trata?

—Probablemente porque las líneas no son seguras. Ya sabemos que alguien está filtrando información.

—¿Quieres que vaya contigo?

La miré durante unos segundos. Elena había cambiado profundamente en esos meses. Había perdido peso, tenía ojeras permanentes, pero también había ganado algo: una dureza en la mirada que antes no existía. La mujer elegante que había conocido en la escena del crimen de Lara Bonilla se había transformado en una investigadora implacable, capaz de pasar días enteros sin dormir persiguiendo una pista.

—Es mejor que te quedes aquí. Si es una trampa, no quiero que estés involucrada.

—Ricardo, si es una trampa, es precisamente cuando más necesitas respaldo.

Tenía razón, pero también tenía miedo. No del peligro físico, sino de lo que podría pasarle a ella. Esa mañana me había despertado con una pesadilla donde Elena aparecía muerta en una cuneta, con los ojos abiertos mirando hacia el cielo, y yo llegaba demasiado tarde para salvarla. Era la misma pesadilla que había tenido sobre Esperanza durante años, pero ahora con el rostro de Elena.

—Dame una hora. Si no regreso, llama al coronel Vargas y cuéntale todo.

Elena se levantó de su escritorio y caminó hacia mí. Por un momento pensé que iba a besarme, y me di cuenta de que quería que lo hiciera. Pero en cambio puso su mano en mi mejilla, sobre la cicatriz.

—Ten cuidado, Ricardo. No podría soportar perderte.

Sus palabras se clavaron en mi pecho como una confesión no pronunciada. Asentí y salí de la oficina, llevándome su perfume en la memoria y una sensación de urgencia que no sabía si provenía del caso o de mis sentimientos hacia ella.

El trayecto al Palacio de Justicia me tomó veinte minutos a través del tráfico denso del centro de Bogotá. Era un edificio imponente de cuatro pisos, construido en los años cincuenta con esa arquitectura republicana que intentaba proyectar solemnidad y permanencia. Albergaba la Corte Suprema de Justicia, el Consejo de Estado y oficinas del Ministerio de Justicia. Para mí, representaba lo que quedaba de la esperanza institucional en un país donde las instituciones se desmoronaban como castillos de arena.

Aparqué mi Renault 12 en la Plaza de Bolívar y caminé hacia la entrada principal. El edificio se alzaba majestuoso frente a la Catedral, con sus columnas neoclásicas y sus ventanas altas que reflejaban las nubes grises de un cielo bogotano típico de noviembre. Había algo solemne y melancólico en esa arquitectura, como si el edificio mismo fuera consciente del peso histórico que soportaba.

En la entrada me identificó un guardia que no conocía. Le dije que tenía una cita con alguien del DAS, pero el hombre me miró con expresión confusa.

—No tengo registro de ninguna cita, detective. ¿Está seguro de que era hoy?

Revisé mi reloj. Eran las 12:15. Decidí esperar unos minutos, pensando que tal vez mi contacto se había retrasado. Me quedé en el hall principal, observando el flujo constante de abogados, funcionarios y ciudadanos que entraban y salían con expedientes bajo el brazo y expresiones de urgencia en sus rostros.




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