Edades Incomprendidas

EDADES INCOMPRENDIDAS

 

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Actualizada: Miércoles, 12 de Agosto 2020. 

 

Una Novela de George Little

 

EDADES INCOMPRENDIDAS

 

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 CAPÍTULO 1  

 

EL SEÑOR DARRELL

 

 

 

Londres, Inglaterra, 1903

 

 

 El señor Darrell era mucho más que un hombre agraciado, era un hombre correcto en cierta medida y educado, influenciado por la nobleza de su corazón, la bondad, y bendecido por la fortuna. Aunque sumamente serio cuando no se requería hablar, y que muchas veces cerraba las puertas de sus aposentos para distanciarse de todos, e incluso de su familia cuando no requerían de su atención para algo importante.

Sin embargo, su soltería a sus treinta y ocho años era cuestionada por su familia y algunos amigos cercanos: "¿Cuándo logrará poder casarse para ser un hombre completo y tener herederos a su fortuna y propiedades?". Era la pregunta controversial.

El ser humano sabe que no hay nada tan desesperante como la soledad con la necesidad de sentirse acompañado y hacer el amor en cuerpo y alma, sí, para aquellos que respetaban la ley de Dios y que lo hacían dentro del consagrado matrimonio bajo la bendición Divina. Como se haría sin falta en el mundo del señor Darrell y su familia, que eran respetables feligreses devotos de la iglesia anglicana, la fe que ellos profesaban. Ah, pero esto no parecía inquietarle a él, no al menos ahora. Y era de sorprender a la vista de muchos que pareciera no estar desesperado en vista de la edad media tan elevada que tenía. Lo que parecía disfrutar más de su soledad que le daba tranquilidad y reposo.

*Y el simple hecho de que el señor Darrell sea un solterón e increíblemente casto a su edad, no se sentía tentado a lo inmoral, porque tenía un corazón virtuoso bajo el sello de una conciencia estable ante Dios. Pero estar rodeado de una sociedad londinense de mente torcida en su mayoría, no le resultaba llanamente fácil, sin embargo, se resistía a ser un hombre aventurero con pensamientos libidinosos. Nunca ha querido usar sus riquezas con artimaña para seducir a mujeres; se le conocía como un hombre intachable que no se rebaja, ni se degrada para sujetar a una bella mujer a los abusos de la depravación y del libertinaje, como algunos ricos engañosos y ávidos resultaban ser en secreto, pues se sabe que las riquezas suelen corromper a los hombres. Más bien, era todo un caballero que respetaba la dignidad de las mujeres como seres humanos, una acción que resultaba agradable para ellas, sintiéndose sumamente honradas; pero hasta ahora, ninguna dama había tocado a fondo su corazón, toda su vida solo giraba en atender sus extensos negocios que ocupaba casi todo su tiempo.

Pero un día, su vida daría un giro diferente que cambiaría su destino. Todo comenzó ante un hermoso día de sol resplandeciente, en el corazón de Inglaterra en la ciudad de Londres.

Esa expléndida mañana de abril en primavera, el señor Darrell se encontraba en una breve junta de uno de sus tantos negocios que tenía. Se había presentado como de costumbre, con una vestimenta elegante de manera impecable en presencia de sus tres principales socios de la alta clase inglesa, y cuyos hombres conformaban una compañía familiar; el señor Darrell permanecía erguido frente al cristal de la amplia ventana, tomando una breve pausa con una copa de vino tinto en su mano y su habitual cigarro en su mano derecha.

El distinguido hombre, con una mandíbula ancha, casi angular, que le daba un buen porte a su rostro, estaba en un hermoso edificio histórico, en la planta superior de una amplia estancia, en una de las calles prestigiosas de Londres en la zona de Westminster, donde se podía contemplar la privilegiada vista frente al edificio del Parlamento de Londres, junto a la torre del reloj; al igual que se podía apreciar el río norte de Támesis.

La expresión de sus ojos azules era sumamente tranquila, donde sobre su piel blanca, se apreciaba ligeras arrugas en los extremos de sus ojos. Aquella mirada lo hacían parecer un hombre desprovisto de cualquier preocupación, y con un negocio principal estable y exitoso que su envejecido padre lo había puesto a cargo muchos años atrás. Pero aquel sosiego en su espíritu, aquella tranquilidad que tenía, no le dudaría mucho, acabaría con la entrada de su fiel secretario para comunicarle algo urgente y serio.

—Señor, Darrell —dijo con aire lúgubre.

Su jefe le miró entrecerrando aquellos ojos azules brillantes, solo para mostrar su intriga, pues esta vez, el tono de su secretario parecía claramente muy serio de lo habitual.

—¿Sí? Dime —empezó diciendo con voz profunda, quitándose el cigarro entre los labios y mirando con agudeza a su cercano ayudante.

Su secretario dio unos pasos más hacía a él, haciendo notorio su baja estatura ante un hombre más alto.

—Señor..., solo que... necesito hablarle en privado —aclaró en voz baja su sirviente de mediana edad.

—¿En privado? —Sonó muy serio de repente.

—Esta vez... sí —enfatizó el secretario, con una noble pausa.




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