El día siguiente representó un martirio para Jael, esperaba con ansias el momento en que las Luces se fueran a dormir, no solo porque le impacientaba seguir aprendiendo junto a Doya y tal vez volar de nuevo, sino por la esperanza de toparse otra vez con aquel ángel en el camino. No perdía las esperanzas de verlo después de la próxima canción.
El momento llegó y no lo vio, la desilusión la invadió y su estado de ánimo se mantuvo hasta que estuvo reunida con Doya
—Tengo miedo —murmuró como hablando para ella misma.
Jael se paseaba por el interior de la pequeña casa de Doya, miraba las paredes de troncos como buscando algo entre ellos. Había acabado la lección de ese día y sabía que dentro de pronto tendría que marcharse.
—Te imagino sintiendo todo menos eso —respondió él que estaba sentado en una especie de silla construida con troncos.
—Hay muchos Rebeldes aquí, y aunque todos me agradan, incluyéndote —añadió con una media sonrisa— no quiero estar aquí para siempre ¿Y si no estoy lista?
—Lo estarás, hace demasiadas Luces que nadie ha fallado en saltar, los errores que nosotros cometimos son errores que los nuevos Rebeldes no llegan a repetir.
Jael no prestaba atención a las palabras que Doya le dirigía para tratar de transmitirle tranquilidad, seguía viendo las paredes mientras se apretaba las manos sin parar. Doya le había explicado hace un instante que los Rebeldes Alados habían sido en realidad unos Ángeles y que habían sido diseñados por Azmon con el propósito de cuidar a los humanos habitantes de la Tierra. La Tierra, a ese lugar iban los Rebeldes que saltaban, saltar no era otra cosa que dejar a Hogar y sus alrededores para ir al mundo de los humanos, seres vivos muy parecidos a ellos, solo que no poseían alas, y aunque Jael se sintió muy sorprendida al saber aquella gran diferencia se impactó aún más al saber que tenían completa libertad de hacer lo que quisieran, «libre albedrío le llaman» había dicho Doya.
—¿Me has escuchado?
—...
—¿Jael?
—...
Doya se puso de pie y se acercó a Jael, la tomó por un brazo y le dio la vuelta para que lo mirara.
—¿Dónde estás?
—¿De qué hablas? Estoy aquí —respondió ella parpadeando repetidas veces.
—¿En que piensas?
Jael volvió a mirar la pared, se soltó de la mano de Doya.
—Podemos venir al Límite sin ser capturados por los Rebeldes Alados.
—Así es…
—En Hogar no puedo hacer otra cosa que no sea la rutina de siempre.
—Correcto…
—Si fallo estaré con ustedes para siempre. Repito, todos ustedes me agradan, pero estaría atrapada.
—No fallarás.
—Pero existe una posibilidad. Sueño con ir a la tierra, quiero que me enseñes todo lo necesario para no fallar, solo hay un intento, y eso es aterrador, no puedo permitirme quedarme encerrada con ustedes aquí. Tengo miedo —repitió.
—Eres única de verdad.
—¿A qué te refieres?
—Hay algo en ti que no he visto en nadie más.
—¿Es algo malo? —preguntó con cierto nerviosismo y acercándose fijando sus ojos en él.
—Claro que no —respondió Doya y desvió la mirada con cierto temor y se alejó—. Tu eres… eres… eres casi humana. Como si se hubieran equivocado al enviarte a este lugar, nunca has sido una Fiel.
—Siento que exageras.
—He estado aquí desde el principio, por lo que me contaste estoy seguro de que solo tuviste miedo una vez, o tal vez… tal vez siempre has tenido miedo pero tu valor es más grande. Sea como sea encontraste este lugar el primer día de tu existencia, por eso me rehuso a creer que tengas miedo de saltar.
—¿Cuándo me vas a enseñar?
—Creo que es momento de decirte la verdad.
—¿Cual verdad? —preguntó Jael acercándose y entrecerrando los ojos, inclinó la cabeza a un lado como si estuviera decidiendo entre enojarse o sorprenderse.
—Te lo iba a decir la noche en que llegaste preguntando si había llegado un nuevo Rebelde, te iba a contar la verdad y te iba a pedir que te quedaras, pero luego decidí no contarte nada —explicó y tomó asiento en su improvisada silla de troncos.
—¿Por qué? —preguntó Jael sorprendida y sentándose frente a Doya en otra silla de troncos.
—Hay dos razones…
—¿Cual es la primera?
—Es difícil de decir, porque no estoy del todo seguro…
—Solo dilo, no puedo soportar el no saber.
Doya sonrió antes de colocarse muy serio y mirar fijamente a Jael, colocó sus brazos sobre la mesa, entrelazó sus dedos y la miró.
—Quiero creer que eres el inicio de una rebelión —confesó—, pero no hay nada que lo pruebe, es solo una idea que tengo.
Jael no tuvo palabras, pero sus ojos muy abiertos indicaron que no se esperaba eso.
—Verás, aunque estoy condenado a estar en este lugar, quisiera que todos saltaran, sé que es un ciclo sin fin que no puede romperse, siempre que un Fiel salta otro lo reemplaza, de cierto modo no tiene sentido alguno, como te dije cuando llegaste, hay algunos que nunca han saltado y siguen allá dormidos.