En las afueras del pueblo, donde el camino de tierra se estrecha y los pastos empiezan a volverse monte, se alza un árbol que nadie recuerda haber visto joven. Sus raíces se hunden en la tierra como garras retorcidas y su tronco, grueso y lleno de cicatrices, parece más piedra que madera. La gente lo llama El Árbol De Los Amantes.
De día no impone tanto miedo. La luz del sol revela lo que todos conocen: decenas de iniciales talladas en la corteza, corazones gastados por el tiempo, nombres que ya nadie pronuncia. Parejas de distintas épocas dejaron ahí la promesa de un amor que querían eterno, De noche, sin embargo, el lugar cambia. Las pocas personas que se atreven a pasar cuentan que entre las ramas bailan luces frías, pequeñas y silenciosas, que no son luciérnagas. Los más viejos bajan la voz cuando hablan de ellas. Dicen que son almas.
La tradición oral del pueblo guarda tres historias que se repiten siempre que alguien menciona el árbol.
La primera es la de Elena y Tomas. Era 1.947. Se amaban en secreto porque sus familias se odiaban por una disputa de tierras. Una noche de una luna llena fueron al árbol, tallaron sus iniciales dentro de un corazón y se juraron amor eterno. Al regresar los descubrieron. El hermano de Elena disparo a Tomas frente a ella. Elena corrió de vuelta al árbol y se ahorco de una rama baja con el pañuelo que él le había regalado. Desde entonces, dos luces pequeñas giran siempre juntas cerca del tronco.
La segunda historia es la de Rosa. Estaba casada con un hombre mayor que la golpeaba. Un verano llego un fotógrafo de la capital. Se enamoraron. Antes de intentar escapar, tallaron sus iniciales en la corteza. El marido los alcanzo. Mato al forastero a machetazos y obligo a Rosa a volver. Tres meses después la encontraron muerta al pie del árbol, con las muñecas abiertas. Su luz es la más pálida y parece buscar algo entre las ramas altas.
La tercera es más reciente y todavía duele en la memoria del pueblo. Hace unos cuarenta años, Miguel, conocido por su carácter violento, humillo a un anciano en la plaza metiéndole una pistola en la boca. El viejo le juro venganza. Poco después Miguel iba a casarse con Anastasia, una muchacha callada y de sonrisa fácil. En la víspera de la boda fueron al árbol y tallaron sus nombres dentro de un corazón. Al día siguiente, cuando Anastasia esperaba frente a la iglesia con el vestido blanco, el anciano cumplió su promesa y mato a Miguel de un solo tiro delante de todos.
Anastasia nunca se recuperó. Algo se rompió dentro de ella aquella mañana. Dejo de reconocer a su familia. Empezó a deambular por las calles con la misma ropa sucia, el cabello enmarañado y un olor a humedad y abandono. Todas las noches, sin falta, caminaba hasta el Árbol De Los Amantes y se quedaba frente a él, llorando en silencio o murmurando palabras que nadie entendía. Con el tiempo el pueblo dejo de llamarla por su nombre. Se convirtió en La Loca Anastasia, un personaje más del paisaje, alguien a quien los niños miraban con miedo y los adultos con una mezcla de lastima e incomodidad. Nadie sabía que, dentro de su locura, ella era la única que recordaba con claridad el precio que cobraba el árbol.
Habían pasado muchos años desde aquella tragedia. El árbol estaba casi muerto. Las ramas se alzaban desnudas hacia el cielo como dedos huesudos. La gente del pueblo decía que por fin se estaba muriendo de viejo. La Loca Anastasia seguía visitándolo cada noche, cada vez más encorvada, cada vez más frágil.
Fue entonces cuando llegaron Andrés y Marina.
Se conocían desde niños. Crecieron en las mismas calles, jugaron en los mismos solares, compartieron el mismo sol de las tardes de verano. El amor nació sin estruendo, como algo inevitable. Cuando Andrés le pidió matrimonio, Marina dijo que si sin dudarlo. Querían una vida sencilla: una casa pequeña, hijos algún día, envejecer juntos en el pueblo.
Todos les advirtieron del árbol. Les contaron las historias. Les hablaron de la Loca Anastasia y de cómo había terminado. Andrés se reía con nerviosismo. Marina sentía un leve escalofrío, pero también una curiosidad que no sabía explicar. Una noche de verano, tomados de la mano, caminaron hasta el lugar. La luna estaba llena. El árbol se alzaba negro contra el cielo.
Andrés saco una navaja. Con cuidado, tallo las letras en la madera antigua:
A + M
Marina puso su mano sobre la de el mientras terminaba el corazón. Se miraron. No dijeron las palabras en voz alta, pero ambos pensaron lo mismo: que su amor fuera para siempre, que nada los separara.
Se besaron bajo las ramas secas.
Cuando separaron los labios, ella estaba ahí.
La Loca Anastasia había aparecido entre las sombras sin hacer ruido. Llevaba sus trapos viejos, el cabello gris enmarañado cayéndole sobre el rostro y ese olor característico a humedad y tiempo detenido. Los miraba fijamente. No grito ni los amenazo. Solo los observaba con una expresión imposible de descifrar: una mezcla de reclamo, tristeza y algo que parecía casi compasión. Andrés sintió que se le helaba la sangre. Marina apretó su brazo con fuerza. Sin decir una sola palabra, la mujer dio media vuelta y se perdió entre los árboles. Ellos regresaron al pueblo en silencio, con el corazón latiéndoles demasiado rápido, sin entender del todo lo que acababa de ocurrir.
Al día siguiente empezaron las desgracias.
Primero fue el incendio en el pequeño taller de carpintería de Andrés. Las llamas lo destruyeron casi por completo. Después Marina tuvo un accidente en la carretera que rodea el pueblo; el coche se salió en la misma curva donde años atrás habían muerto otros. Salió ilesa, pero el susto fue grande. Luego la madre de Andrés enfermo de repente. Los problemas de dinero se acumularon. Las discusiones entre ellos se volvieron más frecuentes, más amargas.