La campana sonó trece veces.
Iria las contó desde la cama, con la llave negra entre los dedos y el corazón golpeándole las costillas.
La primera campanada había sacudido los cristales de su habitación. La segunda había hecho caer un libro del estante. A la séptima, los perros del vecindario empezaron a aullar. A la décima, alguien gritó desde la calle que el río había dejado de correr.
La decimotercera no produjo ningún sonido.
Iria la sintió dentro de los dientes.
Después, silencio.
Se incorporó. El reloj de la pared marcaba las nueve y doce, la misma hora que había marcado cuando la botella desapareció. En el exterior comenzaban a encenderse las luces de los comercios, aunque el cielo todavía conservaba el color gris del amanecer.
Había dormido menos de una hora.
O quizá no había dormido en absoluto.
Sobre la mesa descansaba el papel que había encontrado frente al taller. Lo había leído tantas veces que empezaba a reconocer las irregularidades de la tinta como si fueran parte de un mapa.
Si estás leyendo esto, significa que todavía queda una versión de ti que puede salvarnos.
Debajo, la dirección.
Y el nombre.
Narel Voss.
Iria se levantó y se vistió. Guardó la llave negra en el bolsillo interior del abrigo y se recogió el cabello con una cinta. Antes de salir, contempló el retrato de su familia que conservaba sobre la cómoda.
Su madre estaba sentada en una silla de mimbre. Su padre permanecía detrás de ella, con una mano sobre su hombro. Iria, a los doce años, sonreía mostrando los dientes que acababa de perder. Elian aparecía junto a la ventana, haciendo una mueca para arruinar la fotografía.
Iria se acercó al retrato.
Durante once años había mirado aquella imagen cada mañana. Recordaba la camisa azul de su hermano, su manía de inclinar la cabeza cuando se burlaba de alguien, el pequeño corte que tenía en la ceja izquierda.
Pero ahora no conseguía recordar su voz.
No la voz que había escuchado la noche anterior. Aquella pertenecía a una memoria encerrada en una botella, una voz que le había advertido que no abriera una puerta.
Buscó el recuerdo verdadero.
Elian riéndose en la cocina.
Elian llamándola desde el jardín.
Elian diciéndole que no tuviera miedo de la oscuridad porque los monstruos eran demasiado perezosos para levantarse temprano.
Nada.
Había un espacio donde debía estar su voz, como una habitación vacía detrás de una pared.
Iria dejó el retrato boca abajo.
No sabía qué le habían quitado.
Pero empezaba a sospechar que alguien había vuelto a quitárselo.
La dirección del papel correspondía a una calle que no aparecía en los mapas modernos.
Iria la encontró detrás del mercado de los relojeros, entre una tienda de paraguas y una casa abandonada cuya fachada estaba cubierta de musgo plateado. La entrada era tan estrecha que tuvo que girar los hombros para pasar.
Al otro lado encontró una escalera descendente.
En el primer escalón había una inscripción:
LO QUE NO OCURRIÓ TAMBIÉN DEJA HUELLA.
Iria sacó la llave negra.
El metal vibró entre sus dedos.
Al final de la escalera había una puerta de madera sin cerradura. La llave se calentó cuando la acercó a la superficie. Una línea oscura apareció en la madera y dibujó lentamente el contorno de una mano.
Iria apoyó la suya.
La puerta se abrió.
Al otro lado había un pasillo lleno de espejos.
No eran espejos normales. Algunos reflejaban la escalera vacía. Otros mostraban la calle bajo una lluvia que caía hacia arriba. En uno, Iria vio a una anciana de cabello blanco que llevaba su misma cicatriz en el labio inferior.
En otro, un hombre la observaba desde una habitación iluminada por velas.
En el tercero, se vio a sí misma de niña, con las manos cubiertas de sangre.
Retiró la mirada.
—No deberías entrar aquí sin compañía.
La voz procedía del fondo del pasillo.
Iria se volvió.
Un hombre delgado, vestido con un uniforme gris, sostenía una linterna. Llevaba un pequeño libro sujeto al cinturón y una pluma detrás de la oreja.
—¿Quién eres? —preguntó ella.
—Depende de quién pregunte.
—Una persona que busca a Narel Voss.
El hombre dejó de sonreír.
Miró la llave que asomaba del bolsillo de Iria y luego el papel que ella sostenía.
—¿Quién te ha dado eso?
—Lo encontré.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
El hombre se acercó. Parecía tener unos treinta años, aunque su cabello estaba salpicado de mechones blancos. Su uniforme llevaba bordado el emblema de los archivistas de Lúmina, pero el símbolo estaba tachado con tinta roja.
—Me llamo Soren —dijo—. Y si esa llave es auténtica, acabas de convertirte en la persona más peligrosa de esta ciudad.
—¿Por qué?
Soren señaló el espejo más cercano.
Iria miró.
Su reflejo había desaparecido.
El cristal mostraba el pasillo vacío, con Soren de pie frente a una mujer invisible.
—Porque el Archivo ha empezado a olvidarte —dijo él—. Y cuando el Archivo olvida a alguien, el resto del mundo termina siguiendo su ejemplo.
Iria se volvió hacia el hombre.
—¿Cómo puedo detenerlo?
Soren cerró la puerta de entrada.
—Primero tendrás que demostrarme que todavía existes.
El registro de habitantes de Lúmina ocupaba una sala circular situada bajo el mercado.
Miles de placas de latón cubrían las paredes. Cada una contenía un nombre, una fecha de nacimiento y una pequeña marca que indicaba si la persona seguía viva, había muerto o se encontraba desaparecida.
Soren caminó hasta una escalera de hierro y descendió dos niveles. Iria lo siguió entre tuberías que exhalaban vapor azul.
—El registro no contiene solamente nombres —explicó él—. También conserva los vínculos entre las personas. Quién es hijo de quién. Quién se casó con quién. Quién compartió una casa, una deuda, una promesa.
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misterio, una novela de fantasía, amor y ciencia ficción filosófica.
Editado: 23.10.2026