El Armario

Capítulo 1

*ADVERTENCIA: Se recomienda discreción por los temas que esta historia toca. La lectura de este libro es apta para jóvenes adultos y más.

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El hombre caminó con entusiasmo por la banqueta, recorriendo con mirada interesada los escaparates de las tiendas. Se detuvo frente a una que exhibía costosas joyas. Entró dirigiéndose directamente hacia el mostrador donde una joven lo miró boquiabierta. Él ignoró el impacto que provocó en la joven vendedora. Ya estaba acostumbrado a causar ese efecto entre las mujeres.

A su vista no era atractivo, pero a los ojos de las mujeres, sí. ¿Qué veían ellas que pasaba desapercibido para él? ¡Sólo Dios sabía! Lo único que él sabía era que tenía buena altura; unos dos metros. Contaba con una figura atlética gracias a que le gustaban los deportes.

Le encantaba hacer actividades físicas al aire libre. Por esa razón, su piel había adquirido un bronceado que le quedaba bien. Su cabello era rubio cenizo y acostumbraba peinarlo hacia atrás, pero unos mechones rebeldes caían sobre su frente y aunque lo intentara, no había manera de controlarlos.

La nariz y la boca parecían haber sido cinceladas con mucho cuidado por su casi perfección, así le pareció a la joven vendedora de joyas que, sin poder apartar la vista de él, lo escuchó hablar:

—Buenas tardes, señorita.

Ella olvidó respirar por unos segundos al escucharlo. La amable sonrisa de él se amplió y la chica apenas pudo devolver el saludo mientras pensaba que su voz era poderosa, grave y profunda. Quizás el hombre era locutor.

—Busco algo especial —continuó él—. Tal vez un collar.

La chica se obligó a hacer sus pensamientos a un lado para atenderlo. Sintiendo mariposas en el estómago, fue a un extremo del mostrador y tomó algunos estuches que le mostró con manos nerviosas.

Él examinó con atención los collares y después de una difícil decisión, porque todos eran hermosos, escogió uno fabricado con perlas que remataban en un pequeño diamante, mas la alhaja no se veía extravagante.

—Buena elección —murmuró la vendedora y en un impulso, añadió—. ¡Qué afortunada es la mujer que lo tendrá!

Él levantó la mano izquierda y enseñó el anillo que hasta entonces la chica no había visto, luego lo escuchó decir con voz suave:

—Es para mi esposa. En un par de días cumplimos nuestro primer aniversario de boda.

—Felicidades —dijo ella al momento de entregarle el paquete que contenía el collar.

Christian Monarquet agradeció y con eso salió a la calle. Suspiró emocionado al pensar en la sorpresa que había planeado para Marissa. Su esposa no sabía que la noche del aniversario cenarían en el mismo parque donde le había pedido matrimonio año y medio atrás. En el encantador quiosco de ese parquecito le haría entrega del collar y una vez más, le juraría amor eterno.

Aunque en realidad, el que se adornara el quiosco con una mesa, accesorios de los más finos y dos sillas, así como un talentoso violinista, la comida, el mesero y la privacidad requerida, era gracias a Ray Rivas, su mejor amigo, pues él se había encargado de todo a pesar de haberlo criticado porque utilizaría uno de los clichés de película romántica.

Ray duró días diciéndole que si de verdad quería sorprender a Marissa, debía tener una idea original, pero a Chris le pareció buena su idea de utilizar ese parque como escenario de su amor. Volvió a suspirar enamorado. Amaba a Marissa. Tanto así que no podía concebir la vida sin ella y era por esa mujer que podía llegar a ser un romántico cursi, aunque cayera en el cliché.

Pero Marissa era muy curiosa, así que debía cuidarse muy bien para que ella no descubriera el plan ni el collar. Aprovecharía esa tarde para esconderlo, pues él llegaría a casa primero. Por lo que Marissa le había dicho esa mañana, ella llegaría más tarde que él a causa de un trabajo extra en el hospital, en el que trabajaba como voluntaria.

Sonrió al pensar en las obras de caridad que su esposa ofrecía a la comunidad. Ella podía llegar a ser un ejemplo de lo que era la compasión. Así, pensando en la mujer de sus sueños, llegó al estacionamiento donde había dejado su auto. Subió y manejó rumbo a su residencia, situada en una de las colonias más elegantes de la ciudad.

La colonia era privada y minutos después, el guardia de seguridad lo recibió respetuoso. Chris agradeció con una sonrisa cuando el guardia pulsó el botón dentro de la caseta para abrir la reja que impedía el paso a cualquiera que no viviera allí o que no fuera invitado por los mismos residentes.

—Señor Monarquet...

Chris detuvo el auto enfrente de la caseta y levantó el rostro para verlo y preguntar:

—Dime, Mario.

—Su hermano lo está esperando.

Chris frunció el ceño. Con voz sorprendida, preguntó:

—¿Mi hermano?

—Sí, señor. Llegó unas dos horas después de irse usted a la oficina. Creí que la señora Marissa se lo había comunicado.

Las manos de Chris apretaron con fuerza el volante. Miró hacia adelante y con voz ahogada, preguntó:

—¿Ya llegó también mi esposa?

—La señora Marissa no ha salido hoy, señor.




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